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Votar para no anularse

Julián Andrade

 

Terminaron las campañas y entramos en el periodo de “reflexión”, una cursilería que viene del antiguo régimen y que se basa en el absurdo de que nadie debe contaminar las mentes ciudadanas en los próximos tres días.

En pocas ocasiones el desaliento ha sido tan alto, pero la única medicina es el voto. Hay que votar, porque de otra forma no influiremos en la conformación del Congreso ni en las decisiones que se tomen con posterioridad.

En los estados donde se define la gubernatura esto es todavía más delicado, ya que están en juego los próximos seis años.

El voto nulo no vale nada y ni siquiera sirve para elevar el umbral del registro, ya que sólo se contabilizan los sufragios válidos.

Puede ser una fotografía del descontento, pero no ayuda mucho y menos si no se articula en una propuesta de transformación.

La democracia mexicana atraviesa por un momento crucial, porque se tiene que transitar de la forma en cómo se eligen las autoridades, que está de algún modo resuelta, a la del ejercicio mismo del poder, que es donde se encuentra el nudo de nuestras controversias.

Es ahí donde el ejercicio del voto se vuelve crucial, porque la integración del Poder Legislativo es un mandato, que por lo pronto puede indicar hasta dónde se quieren equilibrios o salvoconductos para avanzar en una agenda determinada.

Entre quienes promueven la anulación hay personas de buena fe y otras cegadas por la soberbia. Los primeros están hartos de la situación y no ven una salida clara y los segundos consideran que partidos y políticos son la misma cosa, por lo que no merece la pena elegirlos.

En el primer caso hay que insistir en que justamente la indignación puede ser el motor de la llegada de nuevos jugadores y también del apoyo a los que, desde los partidos tradicionales, sí quieren que las cosas cambien.

Los segundos olvidan que el que generaliza absuelve y que ello no ayuda en nada a la construcción de una mejor ciudadanía que propicie gobiernos eficaces y comprometidos.

Los partidos no son iguales. Tan sólo plantearlo es absurdo y nuestra pluralidad lo demuestra. Pueden no gustarnos mucho, pero hay 10 opciones en la boleta, que por lo pronto cumplen con todos los requisitos para participar y cuya permanencia está en manos de los ciudadanos.

Buena parte de los cambios positivos que se han logrado en las últimas décadas, y de modo destacado las distintas reformas políticas, es por la participación y en las urnas.

**Esta columna se publica con el permiso del autor en este sitio. El link original lo encontrará en: http://www.razon.com.mx/spip.php?page=columnista&id_article=263633