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Tercera y Última parte

 

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Digan lo que digan todos los que no han dejado atrás su infancia mental y siguen necesitando melodramas en el cine y la literatura, con estructuras tradicionales y digeribles como un Gerber, yo estoy convencido de que lo más importante es que un autor transmita sus vivencias y conclusiones sobre la vida, de la manera más pura y clara. En ese sentido, prefiero a Guadalupe Nettel que a Cristina Rivera Garza, y a Ana Clavel que a Ángeles Mastretta, pero en las cuatro ganan sus preocupaciones por la estructura literaria, las dizque vueltas de tuerca, las filigranas y las linduras infantiles ya caducas, y se pierde la entraña: queda casi sepultada la carne viva que debían entregar. Lo mismo sucede con Laura Restrepo, Claudia Amengual, Norma Lazo, Rosa Beltrán, Candace Bushnell, Sara Sefchovich: todas ellas son capaces de decir mucho, se han torturado sus cerebros lo suficiente como para extraer reflexiones vitales poderosas, pero prefieren los retruécanos de la repostería literaria. Por eso aprecio la honestidad de Sasha Grey, hasta donde le alcanza el conocimiento, hasta donde un cuarto de siglo de vida la ha puesto tras haberlo experimentado casi todo. Sin dialoguitos ficticios para quedar como buena escritora, sin moñitos de regalo, como va:

“A medida que crecía, veía que mis amigas salían con chicos, uno detrás de otro, y siempre encontraban un motivo para dejarlos, se creían insatisfechas o frustradas o utilizadas. Las veía y me daba cuenta de que no quería ser como ellas. Y todas esas chicas ahora están solas, y tengo la sensación de que siempre van a estarlo, porque siempre están a la caza del hombre perfecto. Se han hecho esa imagen en la cabeza de quién es, cómo es, qué hace y cómo se comporta. Y es una fantasía, una fantasía total. El mismo tipo de estupideces que nos han estado vendiendo a las mujeres desde… siempre.

“El príncipe azul. El hombre perfecto. El muñeco Ken. El espécimen perfecto. El soltero de oro. El marido ideal. Porque esos chicos, los imposiblemente guapos, los encantadores, los que hacen que te mueras por sus huesos, los que parecen demasiado buenos para ser verdad…, bueno, por lo general son demasiado buenos para ser verdad. Hay otro término para designar al encantador, una descripción más precisa: Sociópata.

“Es alucinante la cantidad de mujeres que se enamoran de tipos así, que caen en la misma trampa una y otra vez, y luego lamentan el día en que los conocieron. El juego del amor es uno de los timos más antiguos del mundo.”

“Nadie quiere creer que ha sido víctima de una estafa, y menos en el amor. Porque eso duele que te mueres. Probablemente más que cualquier otra cosa en el mundo. Es una patada en el estómago. Enfermas. Te sientes estúpida. Muy, muy estúpida. Así que lo mejor que pueden hacer las personas en esa situación es lo siguiente:

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“Fingir que ya lo habían visto venir.

Fingir que lo sabían desde el principio.

Fingir que no ha pasado.

Empezar de cero de nuevo.

“Y esta vez, se dicen, ha sido la última. Nunca más. Nunca más voy a caer en la misma trampa.

“Pero caerán.

“Caerán porque no saben lo que quieren en esta vida y, hasta que lo sepan, están destinadas a seguir el mismo patrón una y otra vez, destinadas a repetir sus fracasos. Porque van en busca de una quimera. Del hombre perfecto. El marido perfecto. El amante perfecto.

“Y la vida no es así.”

“Y eso no sólo vale para las mujeres. Los hombres también son víctimas de sus propios engaños. Al menos los sensibles. Los que están suficientemente evolucionados para pensar en las mujeres como algo más que un receptáculo conveniente para su semen. A veces están demasiado evolucionados. Piensan demasiado. Ponen a las mujeres en un pedestal, idealizan a su compañera perfecta y la convierten en un modelo inalcanzable y es imposible estar a su altura. Al menos yo sé que no puedo. Y para mí eso es como la receta para una vida de sinsabores y decepción, toda una vida de relaciones fallidas. De ir siempre en busca de don Perfecto y doña Perfecta y acabar siempre con la persona equivocada. Muy equivocada.”

“No estoy diciendo que no crea en el amor, porque sí creo. Y si me obligaran, probablemente diría que es en lo único que creo. Ni en Dios, ni en el dinero, ni en las personas. Sólo creo en el amor.”

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Los pasmos y epifanías de Catherine tras su descenso por clubes de sexo cada vez más retorcidos, sus análisis de más películas clásicas (Sasha realmente se graduó en estudios de cine), y la historia de mujeres que van despareciendo y que parecen estar ligadas a La Sociedad Juliette, son justo lo que deben ser: únicamente el pretexto para que salga la Sasha Grey genuina y nos comente algo verdadero, desde dentro. Así mismo el oficio de Jack, asesor de un político en campaña, tiene como objeto que llegue el momento en que Sasha nos diga las dos cosas para las que cree que sirve la política. De hecho, son de antología sus comentarios supurantes sobre Kim Kardashian, Britney Spears, Lindsay Lohan, Paris Hilton y Tom Cruise. Si bien cualquiera puede decir lo que sea sobre ellos, viniendo de Sasha Grey adopta otra dimensión porque incluye la valentía consciente de cargarse pleitos personales gratuitos que en algún momento le van a cobrar.

Recientemente Tobias Wolff comparó la experiencia de leer un texto literario traducido con la de besar a una novia con el velo en medio, y eso podría decirse a ratos de la lectura traducida de La Sociedad Juliette puesto que sufre una merma considerable, especialmente al no enterarnos de cuáles palabras exactas eligió en inglés para sus escenas sexuales y tenernos que conformar con las guarradas que consideraron equivalentes para la traducción en España.

Sasha Grey se ganó fama de inteligente –incluso de intelectual- desde los tiempos en que asistía a entrevistas para papeles porno. Reza la leyenda que citaba a Sarte y a Dostoyevski (ciertamente, una de sus imágenes más difundidas la muestra sosteniendo un libro sobre existencialismo con ellos como pilares). De lo que no hay duda, es que con su dominio de sí misma –lo digo sin ironía- creó un novedoso perfil de porn star respetable, que en la actualidad le agradecen sus sucesoras. Por ejemplo, una de las nuevas deidades del porno, Stoya, reveló que cuando la contrataron para su segundo filme estaban buscando a alguien “tipo Sasha Grey”. A cambio, Stoya y otras actrices porno reciben tratos asimismo “tipo Sasha Grey”: una productora les paga bien por todo el año, trabajan sólo unos cuantos días en una docena de grabaciones, y descansan el resto del tiempo sin haber sido explotadas en demasía (si cabe la expresión).

De hecho hay un video en el que podríamos decir que Sasha le pasó la estafeta a Stoya. Es uno en el que el célebre James Deen –quien ha actuado para pornógrafas feministas y recientemente para Paul Schrader en The Canyons– está con Sasha como si ésta fuera su amante; entonces llega a casa Stoya –¡quien curiosamente es novia de Deen en la vida real!-, por lo que Grey se ve obligada a esconderse en el armario… desde donde ve que el caballero con el que estaba, ahora cumple sus deberes maritales. Luego, en cuanto Stoya se va, Sasha vuelve a la cama y dispone su ano para la satisfacción del actor que recién acaba de protagonizar un sketch brevísimo sobre el uso porno de los Google Glass.

Paralelamente al desenlace con suspense y gore (no muy trabajados, por cierto, pero es lo de menos) que encauza Sasha Grey en los últimos capítulos de La Sociedad Juliette, deja cerca del final la narración correspondiente a otra de sus especialidades como actriz porno: el sexo anal. Para Catherine es el clímax de sus sueños en duermevela, de sus andanzas macabras y de su exitosa reconciliación con Jack; así que está para no parpadear:

“Estoy preparada para pasar al siguiente nivel, así que vuelvo la cabeza, lo miro a los ojos y le digo: Quiero que me cojas por el culo, Jack. Cógeme duro por el culo.

“Sale de mi coño y estampa su polla contra él, bañando su asta en mi flujo blanco y pegajoso, para lubricarla bien para facilitar su entrada por mi pequeño y tenso culo. Coloca una mano sobre mis nalgas para sujetarse mientras presiona la punta de su pene contra mi ano. Éste se frunce en anticipación. La punta de su pene contra mi ano. La punta de su polla parece enorme mientras él la introduce en mi agujero. Dejo escapar un grito ahogado.

“Su polla lubricada parece enorme y rígida en mi culo, y avanza despacio hacia dentro.

-Te gusta tener la polla en mi culo? –digo.

-Sí –gime él-. Tan prieto…

-Quiero que ensanches mi pequeño y prieto agujero –digo-. Quiero todo tu pollón dentro de mi culo.

“Jack gruñe de placer mientras se desliza lenta y completamente dentro de mí, y empieza a bambolear y a girar las caderas. Jack está bailando en mi culo, y me gusta la sensación. No es un swing. Ni una lambada. En todo caso sería la danza del vientre en su versión más salvaje.

“Sus manos se agarran con fuerza a mis hombros para poder embestirme con sus mazazos. Y sus pelotas húmedas chocan con fuerza contra mi coño.

“Y me gusta tanto la sensación de notar mi culo ensanchado y sondado por su polla gruesa y carnosa que creo que voy a perder el sentido. Siento que estoy a punto de venirme. Siento que estoy a punto de estallar desde dentro.

“Le digo: Jack, voy a venirme. Voy a venirme.

“Y mientras lo hago, mi cuerpo se sacude debajo de él y suelto un aullido de placer.

“Digo: Ahora quiero que te vengas en mi culo, Jack. Quiero que me llenes con tu semen chorreando mi culo.

“Hablarle así, decirle marranadas, parece obrar el efecto deseado y lo lleva al límite. Lo oigo gruñir en señal de que está a punto de venirse. Da una última embestida y su pistola se dispara en mi recámara, su semen estalla en mi culo, y yo siento que me llena por dentro. Él saca la polla despacio, y yo siento su semen denso, blanco merengue chorreando de mi agujero y acumulándose en mi coño.”

Los derechos de La Sociedad Juliette ya se vendieron para trasladarla al cine. Un buen guion y una buena realización podrían mejorar la historia y las escenas; ya veremos. Pero si lo que se desea es conocer la filosofía de Sasha Grey, sus simpatías y antipatías, sus obsesiones, reflexiones, puntadas y su capacidad de convertir las huellas de su cuerpo en palabras recreativas -como si fuera una larga entrevista velada bajo la ficción-, entonces vale mejor ir leyendo su novela, de la cual ya promete secuela. Y es que seguramente ella ya sabe que será una escritora magnífica. Como Elfriede Jelinek. Al tiempo.