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La democracia del rey

Julián Andrade

Decía Felipe González, el expresidente de España, que uno de los errores de la transición fue no hacer hincapié en la historia y en particular sobre los saldos de la Guerra Civil y la dictadura de Francisco Franco.

La ausencia en el conocimiento del pasado, provoca que no se entienda  el costo de la división y la paralización que proviene del pensamiento cerrado y totalitario.

La libertad es un frágil cristal y a veces solemos olvidarlo si no tenemos claro el esfuerzo que implica su preservación.

Muchos jóvenes no tienen, por desgracia, ni la menor idea de ello.

Esto se revirtió desde hace algunos años, e inclusive se votó una ley de memoria histórica, que entre otras cosas repara el daño de la guerra al permitir a los nietos de refugiados convertirse en ciudadanos españoles de origen.

Motivos hubo para no hacer una revisión exhaustiva del pasado, y en particular los de no atizar el fuego mientras se construía la ingeniería constitucional que derivaría en la democratización.

Eso fue el desarme del régimen de Franco, una apuesta por buscar un  punto de acuerdo en el presente y un horizonte de expectativas compartidas, bajo reglas claras y asumiendo la pluralidad, no solo ideológica, sino autonómica.

El rey Juan Carlos I tuvo un significativo papel, porque entendió y pronto, que el futuro no podía ser el que representaba la España profunda y de derecha, tutelada por la iglesia, sino la que con visión empujaba hacia la apertura y el cambio con profundidad.

Con el tiempo esto se celebró por todos los actores de la vida española y sobre todo por aquéllos que dejando atrás rencores y afrentas, se pronunciaron por una idea europeísta y moderna.

La monarquía parlamentaria es hija de esos esfuerzos y de las particularidades que convirtieron a España en una de las democracias más vigorosas de Europa.

Parece sencillo, pero no lo fue, porque existían intereses en contra y múltiples acechanzas, como las del intento de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981  y del cual escribió con puntualidad Javier Cercas en Anatomía de un instante.

Otro tanto hizo el terrorismo de ETA, abonando con su salvajismo en las tesis restauradoras.

Pero hoy el tiempo es distinto y  la abdicación de Juan Carlos I, en favor de su hijo Felipe, también hay que verla a la luz de un serio debate sobre la pertinencia de las Casas Reales en escenarios distintos, no solo a los más remotos, sino inclusive a los de las últimas décadas.

De ello tendrá que ocuparse el próximo monarca y a sabiendas de que su reto es grande, porque la figura de su padre no puede entenderse por sus últimos escándalos, y en particular por su afición a la caza de elefantes, sino por la voluntad que lo llevó a convertirse, junto a la generación de quienes eran hijos de la guerra, en los mejores guardianes de la paz.

Vendrá, sin duda, una etapa interesante y acaso una época distinta para España.


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