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La KGB en Coyoacán

Julián Andrade

Afinales de los años setenta se detuvo a un par de espías rusos que intercambiaban información en una pizzería que estaba debajo del cine Pecime cerca de avenida Universidad en la Ciudad de México.

Los diarios de la tarde, Últimas Noticias y Ovaciones, se dieron gusto con la nota.

Era de algún modo, lo que ya se sospechaba, los agentes de la KGB tenían una presencia importante y trabajaban como en las películas.

La embajada de Moscú tenía el misterio que suele estar atado a las grandes conspiraciones y las marcas de la historia.

Pero las detenciones eran una minucia si se comparan con lo que hicieron décadas antes (1940) en la calle Viena, en Coyoacán.

Ahí Ramón Mercader (alias Jacques Mornard) le clavó un piolet en la cabeza al constructor del ejército rojo y uno de los líderes indiscutibles de la Unión Soviética: León Trotsky.

De ello escribió Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros, una de las novelas más intensas y acabadas de su bibliografía.

Reconstruye la vida de Mercader, la dureza del entrenamiento y la minuciosidad con la que José Stalin y sus sicarios planearon el asesinato.

Escrita en varios planos, la narración transcurre en la Guerra Civil española, la Rusia estalinista (en el contexto de la Segunda Guerra), el México cardenista, la Unión Soviética después de Stalin y la Cuba de Castro.

Pero es sobre todo la vida de un escritor en la isla, la tormenta íntima de conocer a un personaje (Mercader) que cambió el destino del mundo a la mala.

Padura ingresa en la vida de Mercader, en las locuras fanáticas de la madre de éste, Caridad del Río, y en el mundo del espionaje antes y durante la Guerra Fría.

Por momentos es perturbadora, porque la esencia repelente de Mercader se desdobla en su calidad de víctima, también, del odio que desplegaba Stalin, uno de los hombres más poderosos y desquiciados de su tiempo.

Del paso de Mercader por la cárcel de Lecumberri, luego de ser detenido por los guardaespaldas de Trotsky, apenas se ocupa Padura, aunque desliza que el silencio que mantuvo durante años fue el único lazo que lo ató a la vida, ya que de otro modo habría muerto en manos de los agentes de la KGB.

Mercader murió enfermo en La Habana, quizá envenenado por quienes lo prepararon para un crimen mayor.

Padura acaba de recibir el premio Princesa de Asturias, un reconocimiento a una de las mejores prosas de nuestro tiempo.


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*Esta columna se publica con el permiso del autor en este sitio. Su link en La Razón la encontrará en: http://www.razon.com.mx/spip.php?page=columnista&id_article=264778