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foto: Twitter

Sasha Grey en Guadalajara

Por supuesto que era lo más esperado de esta Feria Internacional del Libro.

A lo largo de toda la semana fue un misterio si estaría Sasha Grey en persona durante la presentación de su libro La sociedad Juliette.

En el programa oficial no había duda: la presentación se llevaría a cabo el jueves cinco de diciembre a las siete de la noche. Pero el espacio donde se incluye el nombre del autor con su asistencia confirmada se hallaba vacío. Tampoco aparecía el del o los presentadores. Asimismo estaba prevista la firma de libros al punto de las ocho. ¿Quién rayos podía firmar ejemplares sino la autora misma? Y sin embargo, nadie garantizaba la presencia de la ex actriz porno más importante en lo que va de este siglo.

Semanas atrás circuló inclusive un supuesto comunicado desmintiendo la invitación de la FIL a Sasha Grey; querían evitar a toda costa lo que finalmente ocurrió: que los pasillos de la Expo se inundaran de aficionados al porno.

El miércoles se extinguió el misterio: Circuló confidencialmente –pues solicitaban sigilo y confirmaciones- la invitación a los medios para cubrir la conferencia de prensa de La sociedad Juliette a las diez de la mañana del viernes 6 en el Salón 1. Eso significaba que sí acudiría Sasha a la presentación de su novela en el enorme salón Enrique González Martínez la velada del jueves. Los días previos había imaginado algunos escenarios: Que hubiera un enlace vía satélite con Sasha, como sucedió el año pasado con E.L.James por ejemplo, o que efectivamente hicieran una presentación sin la autora, como las ha habido en la FIL, ante lo cual seguramente la mayoría de los asistentes se hubiera largado al instante, mentándole la madre a Julio Patán, a Grijalbo, a la FIl, a Raúl Padilla, a la Expo, a Peña Nieto, a Obama y al Universo.

Procuré llegar el jueves a las seis y media de la tarde, esperando encontrarme con una fila larga para entrar. Al acercarme vi unos letreros que anunciaban: “Evento La sociedad Juliette 19hrs Cancelado”. No me sorprendió. Era demasiado regalo para ser cierto. Había que conformarse con la realidad. Y la realidad tapatía no incluye que Sasha Grey pise nuestra tierra mojada y respire nuestro aire mugriento.

Decidí quedarme a atestiguar cómo los ríos de adolescentes, los viejos rabo verdes, las parejas agradecidas y las seguidoras envidiosas llegaban a toda prisa, para llevarse el mismo chasco y retirarse todos alicaídos y desilusionados.

Entonces recibí una llamada del director de Noticias en 3 minutos, en la que me revelaba la reciente circulación de otro comunicado de Grijalbo en el que se aseguraba la reposición del evento para el viernes a la misma hora y en el mismo salón. Así que me fui a ver la semifinal Toluca contra América con la esperanza renovada.

La conferencia de prensa siempre no se realizó a las diez de la mañana del viernes, pero sí a la una de la tarde. No estuve allí. Duró escasamente media hora. Supe que se abarrotó de medios, aunque muchos quién sabe a quiénes les pidieron prestados sus gafetes de prensa para poder ingresar. Sasha iba radiante y discreta. Con blusa blanca y botitas negras. Maquillada a la perfección.

Pero lo bueno iba a ser a las siete de la tarde. Ella misma tuiteó el link al canal de la FIL, con el objeto de que todo el mundo pudiera ver en vivo la presentación.

Llegué diez minutos antes y atestigüé lo increíble: había un cerco de seguridad conformado por los jóvenes voluntarios (estudiantes de la Universidad de Guadalajara en su mayoría), que con la leyenda “CONTROL” en sus uniformes negros estaban tomados de las manos impidiendo el paso.

Al ver mi gafete de prensa me permitieron acceder a un extremo donde estaban alrededor de sesenta colegas con chalecos, cámaras, tripiés y micrófonos. Pero en el otro extremo había, calculo, más de dos mil quinientas personas hacinadas y sedientas.

Durante la espera, un mozalbete que sostenía con su mano temblorosa un ejemplar de la revista Himen practicaba la declamación de un poema dedicado a la ya actriz de Hollywood. Afortunadamente a los de “prensa” nos permitieron ingresar primero, y fue así que logré ubicarme en el centro de la cuarta fila, a seis o siete metros del estrado. El chico nervioso del poema se sentó a mi derecha. De inmediato consultó a ver si habría intercambio de preguntas y respuestas. “Dependerá de la voluntad de la autora”, le respondieron. Él quería aprovechar el micrófono para su declamación. En algún momento celebró, volteando hacia sus compinches: “¡Al fin mi vida tiene sentido!”

Por las dificultades para ir dejando pasar al público, el inicio de la presentación se retrasó veinte minutos. El enorme salón se repletó hasta las paredes. Muchísimos quedaron fuera. Supuse que ingresarían a la fuerza, pero no.

La puerta interior se entreabrió. A partir de ese momento, contados fueron los que no se perfilaron hacia ese punto, apuntando las cámaras de sus teléfonos justo al intersticio. ¡Qué alfombra roja del Oscar ni qué nada!: aquí eran mil quinientos paparazzi esperando la aparición de la diva de sus duermevelas.

Y entonces salió Sasha Grey con su misma blusa blanca, fresca, sus botitas, su cabello negro azabache y un sombrero tropical que seguramente se compró o le obsequiaron en el pasillo.

Gritaron, chiflaron, había geeks, “emos”, había rabo verdes, escritores famosos, intelectuales ignotos, hippies, hipsters, y sobre todo había muchas más chicas de las que imaginé: jovencitas desatadas, adolescentes con acné, veinteañeras, treintañeras. Las observaba tratando de deducir si estaban ahí porque les gustó el libro y admiraban a la novel escritora como tal, o porque se trataba ni más ni menos que de su gurú sexual, su gran maestra, y en todo caso también hacían blow jobs como ella.

Sasha Grey, acogida por el barullo, se paró en la tarima y lo primero que hizo fue tomarle una foto con su smartphone al público presente, a su público fiel en Guadalajara. Enseguida se sentó en su lugar, con Julio Patán a su derecha y Cristóbal Pera a su izquierda.

Julio Patán le hizo preguntas bobas en español, sobre si era una novela acerca de la soledad, sobre si el cine de Buñuel –más allá de Bella de día– la había influenciado, si además de Ojos bien cerrados la había influido La Naranja Mecánica, de Kubrick, etcétera. En algún momento la elogió afirmando que La sociedad Juliette es una novela escrita con muy buen ritmo, con “pulso narrativo” dijo, con personajes creíbles, de lectura agradable; aparte le preguntó si intencionalmente no utilizó citas literarias, y por último –pues la historia apunta a una sociedad secreta de poderosos perversos- que si no le parecía que hay mucha gente que suplanta la religiosidad con teorías conspirativas, pues creer que “alguien” es capaz de manejar el mundo no puede ser sino otra forma de canalizar la religiosidad perdida; a lo cual Sasha Grey siempre respondió en inglés, y particularmente respecto a la última pregunta dijo algo así como: “No conozco a nadie que no se quiera creer Dios”.

Lo gracioso fue cuando Patán avisó que leería en español un fragmento de la novela, y acto seguido el coro de la audiencia soltó un estentóreo “¡Nooooooo!”. Entonces permutó el orden: “Que Sasha lea primero en inglés y luego yo en español.” Y otra vez: “¡Noooooooo!” “Bueno, ¿entonces no leo?” “¡Noooooooooooo!”, festejaron al unísono que Patán al fin entendiera el mensaje.

Sasha Grey leyó un episodio con su voz tersa y familiar, el cual incluía los suficientes “my ass” y “fuck me, Jack” como para que la multitud obtuviera la experiencia que fue a buscar: para que todos, pues, entraran en una especie de trance porno con Sasha Grey encabezando la misa.

La lectura de Saha culminó con un aplauso sonoro y sexy, y con suspiros. La firma de libros se llevaría a cabo en el mismo salón. Los organizadores pidieron hacer fila, pero ¿cómo demonios hace fila una multitud apelotonada donde no cabe un alfiler? Ya no me quedé a ver. Sasha se retiró un momento. Con un altavoz anunciaron que firmaría libros pero que no iba a estar permitido que se tomaran fotos con ella. Más tarde le echaría un vistazo al titular de un medio peruano: “Causa más revuelo Sasha Grey que Vargas Llosa”. ¡Pues claro! ¿Que “mil jóvenes” con tal escritor?, ¿que “mil jóvenes” con tal otro?: nada se comparaba a lo que acababa de ocurrir. Afuera del salón el cordón de seguridad se mantenía inexpugnable. Todos los excluidos se ponían de puntillas cuando abrían brevemente alguna de las puertas, con la ilusión de ver a lo lejos por un instante a Sasha, o un pedazo de ella. Su presencia fue el gran acontecimiento, no de la FIL, sino de la ciudad.

Al salir les envié mensajes a mis hermanos y a un par de amigos. “Estuve a seis o siete metros de Sasha Grey. Ahora puedo morir en paz”, le puse de broma a uno de ellos.

 

 

Rodolfo García Mateos

Rodolfo García Mateos

 

Rodolfo García Mateos