La Incertidumbre por #RodolfoGarcíaMateos. #Futbol

Nuestro articulista más querido ha hecho, desde Guadalajara, una serie de escritos filosóficos que serán publicados en exclusiva por Noticias en 3 minutos.

A propósito de futbol, Rodolfo García Mateos nos presenta “La incertidumbre” y emulando a George Lucas empezamos por la Quinta Parte.

Disfruten.

 

La incertidumbre (Parte 5 y última)

                                           ¿Te vas o te quedas? Esa ha sido, en todo momento, la única cuestión.

 

 

 

Indiscutiblemente el futbol es una alegoría de la penetración masculina: queremos que los nuestros cuiden su portería como si fuera el rincón de su dignidad y que profanen el arco de los rivales hasta que pidan clemencia.

Durante los partidos de futbol los hombres nos sentimos en una especie de tregua de noventa minutos en la que -viendo las tribunas de los estadios llenas, escuchando las narraciones y los comentarios, y sabiendo de cierto que millones se encuentran siguiendo el partido- dejamos de disputarnos a las mujeres.

Por esa hora y media consolamos nuestra inexorable soledad gracias a la certidumbre de que es soledad de muchos. Nos tranquiliza suponer que en el transcurso del partido (infundadamente, claro) ninguno de nosotros ha de continuar la inclemente, despiadada y encarnizada batalla por la conquista femenina.

Las mujeres quieren ver ganar a su Selección para hacerse la ilusión de que cuentan al alcance con hombres genéticamente superiores a los que tienen las extranjeras; en otras palabras, que los machos que les quedan cerca son óptimos, y en teoría su esperma es mejor que el de los foráneos. A los hombres los torneos locales nos permiten darnos una idea, siempre inacabada, de nuestra propia raza, es decir, de cuáles son nuestras aptitudes físicas individuales para sobrevivir –como si eso se definiera grupalmente-, pues es lo que se pone a prueba en los deportes de alta competencia. Así mismo sentimos que un enfrentamiento contra extranjeros es ni más ni menos que la hora de la verdad. Y precisamente porque las justas entre selecciones nacionales son mediciones entre “razas”, se pervierte la esencia cuando se incluyen naturalizados.

Lo que todos sentimos a través de las proezas de nuestros compañeros de territorio (del mismo modo en que nos enorgullece que algún mexicano sea nominado al Oscar, o gane el Nobel o haya inventado el televisor a color) es que no es imposible llegar a los cuernos de la luna, que nuestra raza acomplejada bien puede vencer a las hegemónicas, y que así como ellos lo lograron nosotros también podríamos hacerlo en cualquier momento pues estamos hechos del mismo barro, aunque prefiramos nunca creérnosla para no dejar de revivir el júbilo de la inverosimilitud una y otra vez, en lugar de enfriarnos de soberbia. Y es que el mexicano, por idiosincrasia, generalmente es más aguerrido si el reto es probar que el rival no es más chingón, y menos dado a refrendar su condición de favorito.

Adicionalmente es curiosa la aflicción de todo un estadio, o incluso de gran parte de un país, tras la derrota ante el seleccionado de otra raza: a todos los invade la sensación de inferioridad irremediable como especímenes, con toda la congoja que la idea conlleva silenciosamente en el interior: “Los otros podrían ganarnos a nuestras mujeres; nosotros no podríamos conquistarlas, menos aún defenderlas. Los otros demostrarían mejores atributos.”

Quizá ya sea un lugar común decir que los deportes reflejan el funcionamiento de cada sociedad, pero no por eso es menos cierto. Por ejemplo, los mexicanos siempre estamos divididos entre los que apoyan al débil, reflejando sus espíritus rebeldes, contestatarios, y los que se suman al fuerte, a la leyenda, evidenciando su fe en el Sistema, porque eso les ha funcionado o porque siguen esperanzados en que les funcione algún día.

En nuestro inconsciente más profundo lo que ocurre es que nos identificamos, ya sea a través de los jugadores de un equipo o de un contendiente solitario, concretamente con la proyección de la batalla llevada a cabo en contra de rivales para ir previendo cómo nos iría contra adversarios que temprano o tarde merodearían a nuestra pareja o familia. Entonces, dependiendo del resultado, nos anima ver que sí podríamos ganar o nos deprime la cucharadita de sensación de derrota que nos anuncia.

Pero asimismo somos aficionados a los deportes en general porque gozamos atestiguando y juzgando los génesis, esplendores, caídas y decadencias de los prototipos de especímenes óptimos: los atletas, lo cual es un resumen de la fugaz vida fértil.

 

En Guadalajara los americanistas siempre fueron quienes quisieron demostrar su presunta superioridad a través de la pura valentía de irle a ese equipo, de hacerse distinguir –de la masa chiva- sólo en eso, al no poder comprobarlo ellos mismos en otras áreas de la vida. Paradójicamente había sectores de la sociedad tapatía, tan soberbia en general, donde abundaban los seguidores del América, contradiciendo su bandera de ser únicos y excepcionales.

Los atlistas, de manera similar, proliferaron en las últimas décadas también con el antagonismo al chivismo como única bandera.

En el resto del país irle al equipo de la localidad implica sentirse incluido y representado por éste (aun cuando se encuentre repleto de extranjeros, no importa: los ven como aliados para defender el territorio donde se encuentran sus mujeres y familias) contra los posibles invasores de las demás ciudades; irle a las Chivas lleva inherente el sentirse identificado de preferencia con ese ejército puramente hecho en México; irle al América tiene motivos semejantes a los que se suscitan en Guadalajara, y ser aficionado de cualquier otro club estrambótico, dominguero (¿qué sé yo?: del Toluca en Morelia o de los Tigres en Pachuca), no es más que una forma de intentar destacarse como muy original entre quienes no salen de las mismas opciones.

El meollo de las aficiones deportivas está en querer demostrarles a los demás que deberían confiar en uno -porque un marcador favorable de nuestro equipo dizque pone en claro a todas luces que uno suele tomar buenas decisiones-, y que les conviene y más les vale quedar en nuestras manos.

Cualquier afición se basa en querer demostrar que se tiene la razón; los estadios no se llenan para ver esa especie de ballet masculino (no sólo lo digo con jiribilla, también en el sentido estético) que es el futbol, sino para tratar de influir en el destino de los jugadores durante el partido, de modo que te acaben dando la razón y así poder restregárselo a todo mundo después con el orgullo adicional que da presumir el haber asumido un riesgo –ir al estadio- más allá de ver el partido en la tele como villamelón, fruto de la “firme certeza” y la “fe” en la escuadra.

Cuando pierde nuestro equipo sentimos que ha caído por los suelos nuestro bono personal; tememos que ya nadie va a entregarnos la estafeta de un liderazgo, ni siquiera una mínima confianza, en un momento clave. En cambio si nuestro equipo gana –o mejor aún, si sale campeón- creemos que merecemos que todos nos digan que somos dueños de la verdad, tanto en las polémicas deportivas como en todos los demás temas y circunstancias.

 

Por otra parte, hay que imaginar la carga de pulsión violenta que debe mantener un futbolista durante hora y media sin pausa para disputar por tierra y aire cada balón, para intentar burlar rivales y evitar ser burlado a toda costa. Quien ha jugado lo sabe: cada segundo es un conflicto a ultranza y sin tregua que se canaliza, en teoría, sanamente. El “yo me muestro”, “a mí no me rebasa éste”, “yo gano, no me dejo de nada ni nadie” por delante… un retrato de nuestro proceder en la vida entera.

“Llevamos el futbol en la sangre”, dicen retóricamente algunos jugadores, y es más cierto de lo que se imaginan. Pero lo que verdaderamente está en juego es el lucimiento de las aptitudes para la supervivencia. E incluso empanzándose con cervezas los espectadores se juegan esa misma noción sobre sí mismos… y hasta sus mujeres se suman, aunque no compren el canje. (“Desarrollar un orgullo nacional exagerado es siempre un signo de que no tienes mucho de lo cual enorgullecerte”, acusa Houellebecq.) Queremos ver al hombre orillado a sacar de sí toda su fiereza; y en caso de guardarse un poco, habrá de criticársele. Porque esto del futbol es la suplantación lúdica de las guerras (por las mujeres), y aunque se rige bajo cláusulas y restricciones racionales para proteger relativamente la integridad física, el espectáculo debe exhibir la voluntad de matar o morir en el intento.

Las mujeres en edad reproductiva valoran mucho a los machos jóvenes de reflejos instantáneos (como deportistas acostumbrados a afrontar adversidades inauditas que se convierten en espectáculos) porque esperan tal cual la protección bravía; sin embargo, el paso del tiempo y la ausencia de situaciones de vulnerabilidad extrema hacen que luego prefieran el entretenimiento versátil: a hombres chispeantes, cultos, ocurrentes, que instalen la faramalla de que muchos temas son interesantes.

 

Observar minuciosamente el futbol es campo fértil para filosofar sobre actitudes, conductas grupales e individuales, intenciones, malicias, torpezas, concentración, reacción, desconcierto, agresión. La empatía nos permite adivinar o deducir el peso que tuvo cierto ánimo o pensamiento en cada jugador, o en todo el equipo. Se pueden identificar la templaza, la soberbia, el desdén, un despiste, un susto, un parpadeo, la presión, la ira y el manejo de la frustración: la personal y la de los contrincantes. Si no fuera por todo ello, y también para imaginar cómo alguna ciudad, un país o cierto sector social habrán de vivir los efectos emocionales del marcador final, ver partidos no tendría ningún chiste. El futbol y otros deportes muestran tanto de la naturaleza humana –en particular del macho- como el cine y la literatura.

Quienes se indisponen a apreciar todo esto son igualmente los que nunca alcanzan la sabiduría.

Lo que hay que ver siempre es al animal ante las circunstancias… En el futbol, en el resto de los deportes, en las ficciones y en todas los demás pasajes de la vida diaria.

Todo lo que atendemos, futbol, películas, noticias, realities, fotos ajenas, videos, textos, canciones, todo, sin saberlo, nos interesa para ir conociendo la condición y las reacciones humanas, y así prepararnos para sobrevivir ante sus sorpresas.

Vemos deportes, largometrajes, documentales, teleseries, noticiarios; leemos libros, cómics, revistas, portales, nos enteramos de chismes, indagamos en la Historia y observamos a la gente en la calle, todo por la misma razón: para entender nuestros propios actos y analizar la innumerable variedad de estímulos que definen los de los demás con tal de incrementar a la larga nuestras posibilidades de sobrevivir.

Y aún mejor: en el fondo queremos ver -en las ficciones y los deportes- al humano puesto ante circunstancias extremas, adversas, devastadoras, para atestiguar cómo sale su animalidad más recóndita y cómo la emplea para librarlas con vida, y así aprender de ello.

Ser espectadores de tiempo completo es un efecto más de nuestro temor al peligro, la latencia en reposo de nuestro estado de alerta.

La conciencia humana es igual a miedo; pero la conciencia ignorante se transforma en pánico, el cual la mayoría trata de calmar con fantasías y rezos. Sin embargo, la receta milagrosa del alivio es muy distinta: Cuando, como en el ajedrez, se tiene el conocimiento de cómo funcionan las piezas que hay en el tablero, en la vida, cuando se dilucidan los porqués del comportamiento humano y su naturaleza veleidosa, es posible anticipar no una sino varias jugadas, se pueden ir calculando algunos de nuestros actos, vislumbrar próximos escenarios y prever ciertos movimientos que realizarán los demás en reacción a los nuestros: no para imponer nuestras voluntades, no para hacernos los chingones, no para “ganarles” a los “contrincantes”, sino para alcanzar el nirvana genuino que consiste en liderar nuestra propia mente y lograr la victoria sobre el desánimo.

 

Sin duda, la congregación de jóvenes en edad reproductiva se concreta en los antros más que en cualquier otra parte; e inclusive la música imperante ayuda para que nadie se enfoque más que en mirarse y olerse como los poodles en los parques.

Al integrarse a la dinámica de evaluaciones veloces y superficiales durante el baile es indispensable gustarse mucho uno mismo y tener la seguridad de destacar entre la sobreoferta de cuerpos en movimiento para que el eventual rechazo no conlleve un saldo depresivo.

Prácticamente todas las mujeres bailan –incluso las gordas, aferradas en sobreponerse a su complejo fingiendo que también están felices con su cuerpo y pese a que saben en el fondo que no se les mira como a las demás sino como lo que son: gordas bailando – porque su naturaleza es lucir e intuyen que les basta con moverse, contonearse un poco y titilar para convocar inmediatamente la atención impetuosa de los machos a la redonda. (Por eso pareciera que sólo los gays se desviven bailando: porque se sienten focos de atracción de hombres y de envidia de mujeres.) Para ello las entrenan desde niñas, aunque no sea premeditadamente, poniéndolas a practicar con el aro el hula-hula.

¿Y qué es lo que concretamente quieren anunciar las hembras al bailar? ¡Pues su fertilidad! Un estudio realizado por científicos de la Universidad de Göttingen, en Alemania, resolvió que cuando las mujeres bailan durante su ovulación “son vistas más atractivas que cuando no están ovulando. La investigación señala que esto se debe a que las variaciones de estrógenos afectan la tensión y fuerza en los músculos, los ligamentos y el tendón, lo que hace que los movimientos femeninos tengan pequeñas variaciones”.

Los hombres no necesariamente zapatean por instinto: algunos hacen el esfuerzo (más bien suavizando impulsos de origen violento, pues la supervivencia del macho depende en esencia de su brutalidad potencial; eso explica que los negros, bajo su apariencia de buenos bailarines y perfectos deportistas, en realidad se la pasen presumiendo sus facultades para sobrevivir en la jungla, lo cual genéticamente es igual de válido para la ciudad), y los que lo consiguen con elegancia -tipo John Travolta-, en sus pasos y contoneos lo que intentan declarar es: “Ven chica, yo te cuidaré y te trataré muy bien”.

Para dar más pruebas de que bailar no es de hombres, suele pasar que en un momento dado de algún evento únicamente haya mujeres para la pista; aun así bailan en grupo. Su objetivo: evaluarse secretamente las unas a las otras, a ver cuáles serían las que atraerían más hombres. Por el contrario, no ha nacido el grupo de hombres –heterosexuales, claro- que se pare a bailar cuando no se aviste mujer alguna a la redonda ni como espectadora. Pregúntesele a cualquier hipócrita que esté queriendo contradecir esto. Lo cierto es que, con lo descompuestos que pudieran verse, son los bailes que de repente se realizan en soledad los que valen como auténticos: así sin cálculos ni pretensiones, esas meras contorsiones casi epilépticas surgidas de la euforia y que nadie atestigua son las únicas que cuentan… nada más.

¿Una última prueba? Los burdeles o tables. Ahí la música es indiscutiblemente bailable, y dicha misión la cumplen las strippers. Pero por más ritmo que retumbe de las bocinas ningún hombre se levanta a contonearse: se quedan sentados porque en su naturaleza no está el ponerse a danzar. Así de fácil. Y las mujeres que se rehúsan a entenderlo caen en la primera mentira de los bailarines embaucadores… de muchas por venir.

 

Los hombres no solemos constatar nuestra existencia sino hasta que estamos dentro de una mujer y vemos en sus gestos y escuchamos en sus gemidos (ese lenguaje exclusivo para dirigir la pauta sexual), aunque sean de dolor –en un remilgo, pues, que pruebe que nuestro embate viril se siente-, que como energía y materia viva provocamos algo real en nuestra contraparte humana.

Las mujeres que no quieran mermar su capacidad de seguir idealizando a sus parejas deben ser conscientes del riesgo que junto a los placeres conlleva el que experimenten con otros penes, porque cualquier mínima diferencia en longitud, grosor, dureza, inclinación y ergonomía la van a vivir en su interior al cien por ciento, cosa que nosotros no podemos presumir. Los hombres sentimos las vaginas sin discriminación: por una parte, sólo nos envuelven, así que lo máximo que llegaremos a detectar es cuáles son más resbalosas, jugosas, aceitosas, granulosas, milimétricamente regordetas, laxas, secas o ajustadas (cuyo caso muchos sobreestiman, aunque con base en la fantasía de estar cavando profundidades inéditas para ella); el problema es que asimismo son camaleónicas: durante el acto pueden pasar de la delgadez a la hinchazón, de la resequedad al charco, del letargo a la succión y de la cerrazón a la holgura. En cambio el falo es uniforme, apenas con algunas graduaciones en erección. Así que la nitidez sensorial con la que una mujer puede recordar la singularidad de cada pene es algo que nosotros no podemos hacer con cada vagina. Los hombres podemos recordar las vulvas –cuyos dibujos sí son irrepetibles-, aunque siempre va a preponderar en la memoria la energía y maleabilidad del resto del cuerpo en acción. Pero en lo que se refiere a la propia vagina en su consistencia y desempeño específicos, la remembranza termina por ser un tanto vaga.

Los hombres no añoramos vaginas si tenemos una que nos acoja; en cambio las mujeres corren el riesgo de anhelar ciertos penes el resto de sus vidas, lo cual da lugar a fantasmas venenosos en la relación.

 

Los hombres, mientras se están postulando para novios, actúan todos los requisitos que establece la tradición: abren puertas y portezuelas para la dama, no dicen majaderías, le llevan rosas, en fin: saben que están siendo evaluados de forma extenuante.

Las mujeres durante todo ese tiempo tienen el control. Pueden pedir, exigir, truncar y hacer desatinar, no importa: todo les será concedido.

Cuando al fin la hembra determina que el candidato es confiable, cuando ya está aprobado porque la ha hecho sentir protegida, proveída y entretenida, cuando ya siente que todo apunta a que sus ilusiones de un futuro prometedor serán cumplidas y entonces pasa a entregarse sin reservas, todavía hay algo que ocurre en el hombre antes de que se inviertan los papeles.

Esto que voy a aseverar lo he constatado con todo tipo de sujetos: desde los que han tenido pocas mujeres hasta los que han tenido un sinfín, con los jóvenes y los viejos, fueran guapos o feos, todos, sin excepción, al momento de estar follando a una nueva mujer que nos gusta no nos la creemos: “¡Guau! ¡Me la estoy cogiendo! ¡La estoy penetrando! ¡Tengo a… en mi cama! ¡Se lo estoy haciendo en doggy style! ¡No puede ser!”

Debido a lo anterior cada hombre necesita una serie de cogidas hasta que por fin se la crea, y ese número sí es variable: algunos precisan de tres o cinco follones, otros de doce o quince, pero todos requerimos una tanda de sesiones sexuales mientras estamos enceguecidos de gloria, hasta que en algún momento exacto volteemos a ver ese cuerpo desnudo, observemos la vagina que aún escurre semen, revisemos de reojo y por encima del hombro las nalguitas vencidas, el cabello enredado y la espalda trémula por la respiración agitada, y sin más pleitesías soltemos una convicción en el interior: “¡Ah!, muy bien, ese cuerpo es para mí. Esas nalguitas están a mi servicio. Ese orificio es para mi pene”.

A partir de ese momento el hombre pasa a tener el control.

De alguna manera como marca el certero adagio acerca de que la mujer aprende a gustarle el hombre del que está enamorada, en tanto el hombre aprende a enamorarse de la mujer que le gusta, igualmente es un hecho que el capital que estaba reservando celosamente la mujer ya fue entregado; la inversión está hecha, ya no le queda nada por condicionar.

Y es entonces cuando aflora el verdadero “Yo” del hombre: se acabaron las caballerosidades anacrónicas, los modales excesivos y la actuación.

Si el hombre se lo propone puede mantener el control e imponer sus propias reglas ahora. En caso de que le soportara a la mujer el teatro de tener amigos, puede empezar a renegar de ellos… Y como ese ejemplo, en todo.

Las mujeres astutas intuyen que ese parteaguas amerita que empiecen a administrar el coño, es decir: a improvisar en el difícil arte de exigir el cumplimiento al máximo del macho en todo lo que ella quiera y disponga a cambio de no dejarlo con las ganas. No obstante lo más común es que se “enculen” al mismo tiempo y cuando despierten ya no sepan ni cómo fue que quedaron tan sometidas… como en un doggy style extendido a la cotidianidad.

Erróneamente mujeres y hombres continúan la disputa del control bajo la amenaza de no llegar al matrimonio o a la vida conyugal (con yugo, como los burros); y cuando ya se encuentran cohabitando siguen extorsionándose… pero ahora con el terrorismo de la separación.

 

Nadie soporta a nadie, esa es la verdad. Y peor aún, nadie se soporta a sí mismo. Pero aun así todos quieren ser soportados por alguien pese al costo terrible de tener que soportar en correspondencia. Por eso lo más recomendable es aprender a soportarse a uno mismo y ya: problema resuelto.

Únicamente así, viviendo feliz en soledad, ningún amor puede hacerte daño pues el abandono deja de ser una amenaza: uno pasa de la felicidad en pareja mientras dura al otro tipo de felicidad maravillosa en solitario, y viceversa, y viceversa. ¡Listo! ¡Genial! ¡No hay declives: pura dicha constante!

La vida es incertidumbre. Lo entendí hace mucho, ¡pero hasta ahora sé vivir con ello! Tristemente, saber vivir es habituarse a los cambios sin espantarse, y seguir… y seguir, y seguir en soledad, es decir: en el más vulnerable de los estados frente al salvajismo imperante afuera. La puta Vida es incesante agitación, transformación, cambio de piel. Bienvenido sea lo que sea.

Apenas si somos movimiento irregular de vibraciones agrupadas, por enésima vez expandidas y en víspera de una nueva retracción. Por algún motivo irrisorio nos empecinamos en heredar nuestro diseño específico. La inteligencia resultante del “mejor diseño”, llevada a su máxima expresión, se topa con una última observación: ¡Es viable empatar las ansiedades de nuestras conciencias individuales con la solidaridad de especie! ¡Podemos ser dichosos y a la vez organizarnos para que todos sigamos así! Pero mientras no lo demostremos, no dejaremos de ser lo que hasta la fecha hemos sido: viles máquinas de genes ensimismados.

Si algo he comprendido es que la vida exige que en todo momento nos resignemos ante el ingobernable y díscolo azar, pero también que si tanto necesitamos saciar la religiosidad de lo esperable –o sea: un poco de certidumbre, porque al parecer la incertidumbre es la kryptonita de la mente humana-, entonces hay que enfocarnos en que en la vida nomás hay de dos sopas, que igual se sirven calientes o frías: de conformidad o de inconformidad. Tener metas, desear dizque “superarse”, ambicionar destinos y bienes materiales, aspirar a conquistas y triunfos, y querer novedades y cambios constantes, es la vía de la inconformidad perenne, de la insatisfacción y la insaciabilidad, del conflicto y las disputas, sin paz ni descanso. Contentarse con lo que a uno le toca en el momento presente, con lo real y existente, con lo que a su vez puede ser cambiante y novedoso aunque provenga de lo mismo, sin pretensiones irrealizables o lejanas, con la mentalización del deseo puesta al servicio de lo asequible y lo cercano, con la valoración máxima del instante en el que coexistimos y de las personas que nos acompañan, sin regateos, y también con la alerta de que las desgracias terminarán haciendo de las suyas porque la desintegración y la muerte son adaptaciones de la propia Vida, conduce a la dicha de vivir en plenitud de circunstancias, conformes porque así lo decidimos y lo llevamos a cabo de tiempo completo, y de igual manera nos acercaremos a la muerte: sin arrepentimientos, pendientes ni pánicos.

Cada quien elige la de su preferencia: inconformidad o conformidad. Es en ese punto que los senderos se bifurcan. Y es justa, graciosa y específicamente en la oportunidad de elegir el rumbo, tras haber comprendido las ofertas y características de ambas opciones, donde aflora la majestuosa ventaja de la cacareada conciencia humana… ¿Pero qué diablos pasa después? ¡Que la mayoría escoge -quizá por no preguntárselo, quizá por no conocer las condiciones de la disyuntiva o… inconscientemente- la inconformidad en sus vidas! Por eso estamos como estamos.

El futuro es de la conformidad pues el gran conocimiento lleva a la sabiduría, y la gran sabiduría desemboca en la conformidad. La productividad y la obsesión por el progreso, los ascensos, el éxito y la ostentación, tan fomentadas en las décadas pasadas, no dan para más.

Incapaces para conseguir suficiente alimento por sí solas, las ratas, las hormigas y las cucarachas se acercan adonde hay animales más grandes que acumulan comida y no siempre están alertas, como los humanos, y ahí les gorronean un poco. Los hombres en cambio podemos dejar de agredirnos, somos capaces de vivir en paz, no hace falta esperar a que todos en el mundo se conviertan en hikikomoris para que sea una realidad. Llegaremos a verlo. Así las cosas, sin matarnos y extendiendo con ciencia e inteligencia nuestras vidas, ocuparemos más espacio en el planeta. Por eso frenaremos lo necesario la inercia de tener hijos… hasta que el mundo valga la maldita pena el inconveniente de haber nacido.

 

Todo el sistema de ascensos sociales, los símbolos de éxito, la cultura, la comicidad, las destrezas, el atrevimiento y la creatividad son vías a las que hemos recurrido los varones, a lo largo de la historia, en el intento de cada uno por destacar del resto y obtener la distinción justo en el único sitio donde eso es posible: en el vientre y la mente de una mujer… la cual, para concederlos, a su vez exigirá lo más parecido a un reino seguro y lleno de vida fantástica, repleta de mentiras para no enfrentar la pobre (si así se quiere, o si se prefiere maravillosa por simple) realidad. Las ciencias y las artes son derivaciones avanzadas de dicho intento masculino por diferenciarse de los demás machos competidores. ¿Que si le han servido a la humanidad? Está en duda. Al menos en nombre de la ciencia nos siembran cánceres con conservadores y miles de toxinas provenientes de fósiles, o diabetes con sus edulcorantes de jarabe maíz, y luego nos alargan la vida para que paguemos sus medicamentos. ¿Quiénes inventaron los refrescos, el plástico, la sal de uvas? ¿Pastores, campesinos? ¡“Científicos”, por supuesto!

Cualquier oficio –el de abogado o contador- no es más que un compendio de conocimientos y entrenamientos, títulos que apenas si son la supuesta prueba de que se lleva en la mente una especie de temario y, en algunos casos, cierto adiestramiento: “Soy bióloga.” / “Soy ingeniero en sistemas.” / “Estudié Comunicación.” ¡Guau! Pero nadie es nada (las abejas, por ejemplo, desempeñan labores varias y no por eso se andan con ridículas distinciones; los humanos coexistimos igual que los borregos o las zarigüeyas, pero nos resistimos a apreciarlo). Nada realmente importa.

Las mujeres no necesitan enfrascarse en ningún ridículo sistema de diferenciaciones en vano. A ellas les basta con mostrarse, dejarse ver, estar ahí, que al cabo tienen su inminente realización en el vientre. Tan es así que por eso tienen el ¿derecho?, ¿privilegio?, ¿la obligación? de pintarse, enderezarse los pechos y andar en tacones: su misión es lucirse.

Claro que la presión de la civilización las ha orillado a sofisticarse como requisito para la convivencia, para no sentirse inferiores que sus congéneres y hasta para tener el donaire de buscarse un hombre que hubiera elegido sofisticarse también. En otras palabras, quizás a partir de cierto momento algunas se proponen ligar cantantes, empresarios o conductores, “estrellas” en general pues, y para fulgurar entre ellos –“Una mujer vale el deseo que despierta”, sentenció una guionista francesa- se lanzan a los terrenos donde éstos andan, revistiéndose también de profesiones rimbombantes; aunque ni así –¡sean sinceras!- logren divertirse a sí mismas, como tampoco nosotros nos bastamos en el fuero interno, y menos aún consiga cada una alzarse categóricamente –ni por medio del prestigio, ni del estatus económico, ni a través de un caballero cotizado- por encima de sus demás congéneres. Pero también por eso, por tener la certeza instintiva de su autorrealización en el embarazo tarde o temprano, las mujeres dejan sus conflictos siempre en segundo plano: se traicionan, se humillan, odian estar juntas porque en su naturaleza no hay un sistema jerárquico –como entre hombres- en el que estén dispuestas a ceder por respeto y admiración a otras, pero ninguna termina afectada de por vida… porque procrear es lo de veras prioritario y cada una conserva su calidad de deidad, y lo demás resulta a la hora de la hora más que secundario.

El hecho de que en siglos pasados celaran de manera pedernal la fidelidad de la mujer y persiguieran el tener hijos varones para heredar sus fortunas fue la máxima perversión social. A consecuencia de ello las mujeres se enrolaron en una lucha de siglos para sacudirse esas cadenas, para poder alcanzar la realización social (o sea, la percepción meritocrática del entorno), y –ansiosamente, como nosotros- para enfrascarse en amasar fortunas que puedan heredarles a sus hijos o hijas como les plazca, o meramente con el fin de dotarse a sí mismas del nicho provisto de alimentos y seguridad necesarios para prescindir del macho, lo cual prácticamente anula su capacidad de “amar” según la tradición, pues la base del amor consistía en sentir que se le necesitaba a la otra persona: en creer por lo menos que se dependía de ella.

Por eso la independencia y la autorrealización femeninas desembocan en la antítesis del amor: en el menosprecio, en la indiferencia de tener o no un hombre como pareja, y en la intrascendencia de que éste se quede a su lado o no. (¿Qué necesidad de hacernos sentir más inútiles, más insignificantes y más indistintos si ya de por sí los machos somos organismos muertos en vida?)

Sea como sea, ninguna mujer se queda con el alivio contento de haber tenido un amor que duró hasta la senectud, sino con una amarga dicotomía que navega a diario del agradecimiento y el aprecio al reclamo silencioso por haberle entregado la vida a un hombre que dejó un saldo a medias entre la felicidad y la infelicidad.

Así que la leyenda del amor, al fin, ha muerto.

Pero esta maldita especie no va a alcanzar la felicidad sino hasta dentro de mucho tiempo: cuando se haya entendido que la urbanización y la tecnología no son más que basura y desencanto sobre la faz de la Tierra; cuando las mujeres hayan comprendido que imitar todo lo que hacemos los hombres a consecuencia de no tener la facultad de embarazarnos, gestar y parir, no condujo más que al caos generalizado (¡Entiéndanlo: los hombres somos sus mascotas! ¡Tenernos sueltos en busca de ama, nomás porque ustedes quieren perseguir el estereotipo inculcado de la mujer “liberada”, ha desatado la peor guerra, sin brújula y todos contra todos!); y cuando vuelvan hembras y machos a su esencia animal pero con todo el aprendizaje milenario acumulado, que se resume en el apego y la lealtad (pese a que deriven de la conciencia de la muerte, convirtiéndose en pánico al desahucio y a la soledad): en encumbrar la conexión mental en pareja, volviéndola inmune a las tentaciones físicas… que para algo deben servir la memoria -aunque hubiera generado la conciencia de la muerte- y la empatía.

Entretanto, la participación femenina en todas las áreas de competencia –o en la “ampliación del campo de batalla”- a la larga (muy a la larga) puede que acabe dándoles a éstas su sello tradicional: apaciguando, sensibilizando y en general mejorando las condiciones esenciales del muladar que teníamos los hombres.

Ante el avistamiento de un futuro próximo en el que los individuos de ambos géneros serán solitarios y autosuficientes, huraños y afortunadamente pacíficos, los varones entonces deberemos irnos acostumbrando a que no tendremos que proteger ni proveer como antes a las féminas pues en el entorno no habrá muchas amenazas que sofocar. Para llegar a ello el feminismo habrá sido el puente lógico, doloroso, sí, pero asimismo indispensable; el fin lo valdrá.

 

La noción misma del concepto de la existencia tiene un cimiento material, perecedero, terrestre. “Existe” lo que tiene forma, función, materia, simbolismo o energía; pero tiene que ser algo. Empero sin materia ni simbolismos ni energía ni tiempo, ¿queda lugar al concepto humano de “existencia”? No. Lo que haya acaso haciendo cualquier cosa que no esté entre la energía, la materia y el espacio-tiempo no “existe” según lo que el humano entiende por existencia.

Sencillamente no puede haber continuidad de esta vida a una siguiente porque nuestra mente y sentimientos fueron sólo una vinculación instintiva con nuestro cuerpo animal. Es elemental que nuestra conciencia, voluntad y sentimientos –que en conjunto muchos podrían llamar “alma” o “espíritu”- no son más que enlaces y consecuencias de circunstancias humanas, las cuales ni de lejos podrían tener una continuación más allá de la muerte. Si una persona es generosa, es porque así necesita sentir que invierte en la voluntad favorable de los demás; si un padre educa a su hijo para no ser cruel es por el propósito de que sobreviva lo más a salvo posible, y si quiere que su hijo sobreviva pues es porque su instinto egoísta se lo exige por encima de la supervivencia del prójimo, es decir, de su interés por el bien de la especie; en fin: las buenas acciones y las buenas intenciones sirven durante la interacción entre humanos, y ahí se agotan.

Creer que esta vida humana tendrá una secuela es darle demasiada importancia a este tránsito corporal gobernado por la energía, los genes y los instintos. Si no hicimos daño fue para mantenernos a salvo; si defendimos a nuestros familiares fue porque ellos son la extensión de nuestra supervivencia genética, de nuestro diseño; si ayudamos a muchas personas fue para sentir un poco más útil nuestra existencia; si comulgamos más a fondo con la Naturaleza fue porque entendimos un poco más la Vida en la Tierra. Pero eso tiene una funcionalidad aquí. El nombre de nuestros seres queridos es sólo un ruido que convenimos para llamar su atención; todo nuestro cariño, todas nuestras buenas intenciones, todas nuestras buenas obras tuvieron como único motor real la lógica más natural, el mismo instinto de supervivencia del resto de los mamíferos.

Así pues, creer que se habrá de perpetuar la importancia de nuestra estancia en la Tierra es la forma más ridícula de sobredimensionar la trascendencia de lo que aquí ocurre. Imaginar que hay un espacio celestial en el que te estarán esperando con los “brazos” abiertos tus seres queridos (o setenta y dos vírgenes a las que se le renueva el himen, como apetecen los musulmanes) es no entender que al morir el cuerpo simplemente muere todo lo que él mismo se desplegó para su subsistencia: el lenguaje, la ética, la pareja, la familia, la comunión social. De ahí no se desprende ningún “valor” que deba trascender su vida misma como humano. Creer que sí, puede ser muy tranquilizante para poder andar por aquí pensando que cada circunstancia tiene sentido; y precisamente para que sea un relajante para la vida es que se les hace creer a muchos que esto es una “prueba”, una posibilidad de ganar el premio del Cielo por buena conducta en la categoría de cada momento vivido. Si a esas vamos hubiera sido más factible creerles que esta vida más bien es el auténtico Purgatorio. Por lo demás, los rezos y jaculatorias con que despiden los deudos a sus muertos en los funerales no son más que mantras para apaciguarse ellos mismos; para creer que no se extinguió del todo quien se fue, pero sobre todo para no encarar la dura idea de que a sus cuerpos les deparará la misma suerte.

 

Libros, música, teatro, platillos, series de televisión –que nos permiten encariñarnos con la “compañía” de ciertos personajes, verlos casi como amigos-, tantas pataletas de la existencia, tantos testamentos de vida, tantas ganas condensadas de dejar dicho: “Viví e hice esto con mi pensamiento y cuerpo, con mi neuromotricidad. Las cuerdas que circularon durante mi estancia en la Tierra valieron mientras duraron en mi organismo, ¡por favor, constátenlo!” Y uno lo constata… y lo disfruta: pinturas, revistas, programas, películas, discos –que acompasan la sangre-, información científica, filosofía, chistes, diseños de vestuarios, servicios de hotel, muebles, cocteles, todo, todo. ¿Que si valen? ¡Claro que valen! ¡Muchísimo! Porque mientras atestiguamos esos testamentos nos entretenemos (es decir, dejamos que el tiempo se largue; lo cual, contrario al dogma, es la única redención: perder el tiempo y alejarnos de la tragedia de ser nosotros mismos es la clave de todo), nos sentimos menos solos y más solos al mismo tiempo, y nos inspiramos para tratar de dejar algo también creyendo que nuestra participación transitoria en la Naturaleza tuvo utilidad, que tuvo sentido. “La suma de la utilidad de todas las personas de todas las épocas está plenamente contenida en el mundo tal como es hoy”, concreta Kundera en La inmortalidad.

¿Para qué queremos extender nuestras vidas, para qué vivir más? ¿Vivir para buscar otras personas que nos quieran? ¿Para perseguir orgasmos que nos calmen, haciéndonos sentir que merecemos que se repita la tragedia en más seres humanos? ¿Para demostrar que existimos, que valemos? ¿Vivir, para qué? ¿Para seguirnos anidando por instantes en otras mentes? ¿Para tranquilizarnos pensando que tendremos tiempo de mejorar nuestros méritos rumbo a la “Historia”? ¡Patrañas! ¿Prolongar otro poco la vida? ¿Para qué demonios? ¿Para continuar peleando contra automovilistas frenéticos? ¿Para seguir atestiguando cómo el armatoste del mundo trágicamente cambia de tablones a diario, hasta que sea el turno de desecharnos? Mucha gente vive con un motor de venganza de tiempo completo, es patético.

¿Perseguir la posteridad para que se memoricen las sílabas de nuestros nombres? ¿Para que se difunda nuestra fotografía o nuestra imagen en movimiento? ¿Para que nos identifiquen por los números de nuestras fechas de nacimiento y muerte, tal y como se les identifica a presidiarios y futbolistas? ¿Para que circulen en las mentes del futuro nuestras ideas, y así otros se sientan jubilosos con lo que descubrieron de sí mismos preparándose para lucirse ante sus contemporáneos con nuestra referencia apenas como un símbolo, un puente hacia su “interior” dormido?

Perseguir la posteridad: una entrega por los demás que nunca es realmente por ellos sino por uno mismo. La posteridad: esquelas, ramos, réquiem, ventas postreras, programas especiales, una temporada de moda. Nada por lo que valga sacrificar las sensaciones del momento.

El consuelo lo brinda Cioran: “La vida es soportable tan sólo con la idea de que podemos abandonarla cuando queramos. Depende de nuestra voluntad. Ese pensamiento, en vez de ser desvitalizador, deprimente, es un pensamiento exaltante. En el fondo nos vemos arrojados a este universo sin saber por qué. No hay razón alguna para que estemos aquí. Pero la idea de que podemos triunfar sobre la vida, de que la tenemos en nuestras manos, de que podemos abandonar el espectáculo cuando queramos, es una idea exaltante. (…) No necesitamos matarnos. Necesitamos saber que podemos matarnos. Esa idea es exaltante. Te permite soportarlo todo.”

En efecto la idea de dejar el suicidio siempre para otra ocasión apacigua los peores momentos. Aunque, ciertamente, ¿cuál es la maldita diferencia entre esperar una enfermedad súbita y avasalladora en la vejez, o a que se presente un accidente fulminante en la juventud, y que uno decida con predeterminación el día y la hora de morir?

 

Inicialmente los primates, con señas y gruñidos, después de cazar y quizá ya dominando el fuego, se ponían a relatarse que una ardilla o algún otro animalejo había entablado comunicación con ellos, y de ahí surgieron las fábulas.

Posteriormente, por ejemplo ante un incendio lo único que sus cerebros e información podían colegir era que el “dios del fuego se había enojado”; y cuando caía un diluvio de temporal, pues que era ahora el “dios del agua” el colérico; y si se presentaba un tornado, pues entonces “el dios del viento”: la ignorancia con respecto a las causas y efectos de los fenómenos naturales la resanaban con fantasía. De ahí que cada cultura le diera vuelo a una mitología propia. Y luego, para ahorrarle más trabajo al cerebro, entonces resultó más cómodo creer que incendios, diluvios, nacimientos, abortos, muertes, número de hijos, accidentes, incapacidades, rasgos, enfermedades, reyes, terremotos y niveles socioeconómicos los decidía “un solo Dios” todólogo.

El creer en Dios estorba para poder crearse una ética humanista basada en el razonamiento, es decir, en el entendimiento fundamental del ser humano como animal, sumado a la desesperación que le produce la conciencia de la muerte.

Si bien las religiones alegan que imponen códigos de conducta que ayudan a la sana convivencia, el estar actuando por condicionamiento, por temor al castigo o a no recibir el premio posterior a la muerte (“Dios sabrá por qué tengo que vivir esto.” / “Este sacrificio me dará indulgencias.” / “Pos es la voluntad de Dios.”), impide reflexionar y por ende actuar con convicción. Los católicos piensan que los ateos y agnósticos actuamos por rebeldía, que afirmamos no creer en Dios como quienes critican al Presidente; realmente no creen que no creemos, sencillamente porque no podemos saber qué podría haber más allá de la muerte en el remoto y ridículo caso de que hubiera una continuidad emanada de la disección biográfica del manejo de nuestros neurotransmisores.

Sea como sea, no hay mayor falta de respeto al “Gran Diseño”, a LO INCOMPRENSIBLE –es decir, al porqué de que La Vida exista- que figurarlo, pringarlo de explicaciones humanas y hasta de impositivos caprichos personales. Decir que Dios es Uno, en singular, o que imparte leyes y tiene voluntad no es más que un insulto pues se trata del tipo de conceptos, de comprensiones limitadas a las que se constriñen nuestras capacidades cerebrales (cualquier teólogo sincero estaría de acuerdo en ese punto). No importa cuánto forcemos nuestros cerebros viscosos a darse explicaciones fuera de su alcance, lo único que podemos es informarnos acerca de lo que vivimos y de lo que nos rodea.

Lo que es innegable es que los humanos estamos lejos de tener el control de nuestras vidas y entorno. Y más vale admitir –de alguna manera como los judíos, que aceptan que algo está por encima de ellos, lo cual no necesariamente es una idea demasiado propia de Dios sino concretamente las rudimentarias exigencias de la Torá- que no podemos ganarle, ni imponernos, al… llamémosle Destino, Caos, o como se quiera. Sólo así, en vez de sentir frustración cada que irrumpieran los contratiempos, las trabas y las insidias, todos sentiríamos un alivio regocijante ante el simple hecho de que una hora, un traslado o un fin de semana hayan transcurrido sin desgracias.

Nadie más tendría que esperar a la desaparición de las personas que lo quieren y de lo que puede ver a la redonda para deslumbrarse entendiendo que esa era la felicidad que tanto se le conminó a buscar lejos.

 

La felicidad es una decisión. Podemos colmarnos de alegría con tan sólo pensarlo. Y aun cuando las pérdidas son agonías y toda separación o desprendimiento es un Apocalipsis, tanto unas como otros son parte de la vida; así es y punto.

Paradójicamente lo mejor que puede comprar el poder, el dinero y la genialidad es tranquilidad. Y vivir satisfechos depende tan sólo de la simple decisión de serlo; la clave es la introspección.

La introspección nos lleva a comprender que está de sobra seguir luchando: sólo hay que organizarnos.

Así que ni duda cabe: después de todo, bien podemos clamar: “¡Estúpida Naturaleza, estúpida Vida, estúpida conciencia!”, e inmediatamente después de sacar el berrinche determinar: “Pues muy bien, ahora puedo vivir como cualquier otro animal: respirando, obedeciendo a los instintos, siguiendo dócilmente sus mandatos –hambre, sed, sueño, miedo, lascivia, agresividad-, pero también puedo regularlos para estar en paz el mayor tiempo posible… hasta que algo irrumpa y arruine esa paz, lo cual puedo tomar igualmente con calma.”

Cada experiencia, información acumulada, adiestramientos, placeres previos, desgracias, el abandono, la aprobación, el estatus, la solidaridad o la enemistad de los demás va incorporando un sentimiento, digamos el “sonido” de un instrumento que no es musical sino sensorial, de lo que resulta con el tiempo una orquesta emocional en nuestro interior, que es la que nos determina lo dicho: la partitura exacta de la templanza en el estado de ánimo para enfrentar el instante siguiente, el próximo episodio, trátese de lo que se trate: conversar, ligar, negociar, dormir, pelear, comer, caminar, hacer nada.

Nuestra verdadera pareja es el azar; y si uno quiere, puede vivir permanentemente enamorado de ella.

La Liberación consiste en desentenderse de las ansias del cuerpo, de bloquearles el paso a todas y cada una de las instrucciones del entorno, del Sistema, del ego sociocultural; eso basta. En la mal llamada desesperanza está la asimilación más radiante, la más reconfortante, la más deliciosa; en la renunciación se encuentra la vida misma, la conexión con el resto de lo que la conforma, la uniforme extinción instantánea de todo, la felicidad en la nada, la pobreza de los objetivos, la riqueza de voltear alrededor, la paz de sentirse uno realmente a sí mismo. La recomiendo.