La Incertidumbre parte uno. #RodolfoGarcíaMateos

La semana pasada publicamos la quinta parte de esta serie de reflexiones del querido escritor jalisciense  Rodolfo García Mateos. Hoy les traemos orgullosamente la primera parte.

 

Disfruten

 

La incertidumbre (Parte 1)

 

Somos la única especie que ha “evolucionado” hasta alcanzar la conciencia de la muerte, pero sólo la malgastamos persiguiendo el halago.

Ya sea que nos enfrasquemos en buscar el enriquecimiento, la fama, la victoria sexual, el confort o hasta causas sociales, no es nada de eso concretamente lo que queremos encontrar, sino su aparente derivación, es decir: la compañía, la envidia o la admiración. El halago, bajo cualquiera de sus formas, solamente nos dice (o nos permite decirnos silenciosamente): “Es valioso que existas”.

Nacemos bajo el azar de un género, de la belleza o la asimetría, la suerte de la unión familiar o el desconsuelo de antecesores que sufren por la separación o el abandono, y esos accidentes definen la relación que tendremos con nosotros mismos hasta que llegue el momento de entender que el único hogar lo tenemos en el cuerpo y la mente (sensaciones, estado de salud y rica conversación interior), que todo lo demás, alrededor, es mero artificio.

En la niñez nos sentimos todos pequeños, vulnerables: ajenos al círculo de los gigantes, los adultos, sin importar qué tan bien nos envuelvan entre ellos. Aún inconscientes, recibimos de su parte lo que percibimos como tips para que nos admitan: puede que nos alienten a hacer alguna gracia o que nos conminen a quedarnos calladitos, puede que aparenten escucharnos con cuidado si pronunciamos algunas borucas o que nos aplaudan si le damos una pamba al piano afirmándonos que de grandes seremos pianistas.

Es así que los cimientos de nuestra personalidad se van desarrollando sin que los elijamos. Buscamos ser aceptados en el círculo de los adultos y más o menos vamos enterándonos de cómo hacerle para que nos pongan atención y así sentir que nos dan la bienvenida a la vida: hablando o en silencio y quietecitos, lanzando una pelota o rasgando una guitarra, encabezando la retirada de los demás niños (lo cual por supuesto que nos festejarán) o mostrando un dibujo del que sabremos que nos dirán “Qué bonito” con notoria condescendencia. De no encontrar una constante, entonces sobrevendrán los berrinches y las pataletas: el hambre de atención es implacable. Desde los primeros atisbos en que se descubren las otras formas de aprobación, de trato, cariño y custodia que les brindan a otros niños -quizás empezando por los hermanos, primos, vecinos, compañeros de kínder- es que nace el complejo de inferioridad (que se convertirá en ansia por ocultarlo) del que nadie se librará hasta la muerte.

Esas serán las raíces de lo que luego entenderemos como identidad, gustos, preferencias, vocación. Porque enseguida llega la pubertad, justo cuando empezamos a percatarnos que todo lo que nos piden los adultos a la redonda (familiares, profesores, visitas en casa) se resume en que los imitemos.

Simultáneamente vamos notando que en muchas ocasiones nos dan consejos, sugerencias y recomendaciones de lo que ellos no son, dejando entrever, en sus lecciones, lo que quisieron para sus propios destinos, los dogmas que todavía no se sacuden o lo que sus respectivos adultos les impusieron creer y buscar. Cuando una persona defiende el catolicismo, el platillo típico de su tierra o a su cantante favorito no está defendiendo en concreto al Vaticano y a todos los papas de la Historia, y menos aún al cantante como persona: lo que hace es defenderse a sí mismo, defender todo aquello que lo ha constituido, porque de eso está hecha su identidad, de eso está conformada la noción de su existencia.

Con la conciencia de la adolescencia puede que se dé el quiebre definitivo puesto que la reflexión es inevitable: “Todos los que me rodean me exigen que los imite, todos quieren dibujarme según ellos mismos han sido o según sus frustraciones, así que si de imitar se trata, pues prefiero imitar a otros”.

Es entonces que algunos adolescentes -los que decidieron romper con las figuras de autoridad, quizá por una serie de desencantos, talvez por haber acumulado sufrimientos asociados a ellas- empiezan a mimetizarse con la estrella de rock, el líder del barrio, el personaje de la tele, en fin, con otros modelos que no le hubieran impuesto.

No existen realmente la vocación y el talento. Las habilidades que parecen naturales son el fruto lógico de haber crecido con el mecanismo de la condescendencia hacia quienes nos generaron expectativas sobre cierto tópico, o en su defecto la rebeldía de querer demostrar que se equivocaron al no obsequiarnos su confianza. (Las destrezas físicas son otra cosa: si se despliegan en el área adecuada pueden lucir potenciadas. Jordan encajó perfectamente en el básquet y Messi en el fut; hubiera resultado inútil que lo hicieran a la inversa.)

Con los años iremos tomando decisiones con respecto a la construcción de nosotros mismos y creeremos haberlo hecho libremente; sin embargo, ya todo estará prefigurado: desde la desesperada necesidad de imponer nuestro derecho de piso en este planeta (en caso de no haber sentido la aceptación incondicional de nuestros padres), hasta la pasión y dedicación por nuestras aficiones o especialidades, como quiera que sea devenidas de haber accedido a imitar a alguna de las figuras de autoridad que nos rodearon, o -por el contrario- de haber roto con éstas y empezado a seguir arquetipos alternos.

Luego, entre más acorazamos las decisiones que vamos tomado, más nuestras las hacemos y más nos tatuamos de ellas, pese a que terminemos siendo rehenes del conjunto de determinaciones con las que quisimos definirnos en distintos momentos: “Soy lesbiana” / “Soy parrandero”. Primero, pues, nos ponemos etiquetas y luego las defendemos para convencernos de que la autodeterminación es el sentido de nuestras vidas. Nadie escapa de ser un sofista.

¡Y cataplum!: Ya envejecimos cuando, con suerte, advertimos que hemos recorrido la vida buscando conquistar una autoestima que no nos regalaron en la infancia, o –viceversa- tratando de refrendarla en el exterior sin lograrlo. Llega demasiado tarde el momento de entender que nos hemos arrojado a mil batallas esgrimiendo lo que creemos que somos sin que en realidad lo hubiéramos elegido del todo pues es posible detectar en qué momento se suscitó la exigencia o la rebeldía previa que detonó cada una de nuestras características, aficiones y metas. La mayoría de las veces lo que creemos que somos no es más que el conjunto de expectativas que a cada quien le sembraron padres, abuelos, hermanos: todos los que quisieron ver surgir de la persona a cierto héroe que imaginaron, utópico. A partir de ello no habrá nada que nos satisfaga tanto como complacerlos porque desde niños nos amaestraron así.

Pero es bastante triste saber que esas expectativas que nos sembraron –las cuales regularmente se resumen en destacar, ganar y enriquecerse- no son más que las que les infundieron por tradición a ellos: con la cruz de las frustraciones consecuentes como una maldición en cadena. Y todo porque no hay quien no quiera envejecer con la tranquilidad de que sus prolongaciones de vida, sus hijos, sean orgullos para presumir de sí mismos (igual que las anécdotas biográficas que les narran a los jóvenes, con tal de que no perezcan junto con sus cuerpos).

Quizá sea muy evidente que los científicos y los estudiantes de posgrados siguen jugando a la escuelita; es posible que eso les brinde tranquilidad, armonía con la sociedad y sentido a sus vidas; pero en realidad todos nos seguimos preocupando por cómo seremos evaluados: en cualquier circunstancia, en cualquier lugar.

 

En concreto las características más evidentes en el comportamiento de cada individuo son los mecanismos de defensa animal que (según su noción de sí mismo como espécimen y las experiencias que lo han definido) tiene al alcance: el tono de voz, el grado de desenvoltura, cuánto necesite hablar; en general toda su conducta –la pose agresiva, insegura, de sabelotodo, extrovertida y protagónica, o introvertida y discreta- es la forma que ha desarrollado para restarle amenaza al entorno, es decir, para disminuir el riesgo de ser atacado por los demás.

La chica que explota su sensualidad, escotada, de minifalda, que se carcajea, en realidad cree que así -esperanzando a todos los machos a la redonda (aunque provoque la envidia y la insidia de las demás mujeres)- reducirá el peligro del espacio en el que se encuentre; por igual la chica tímida, dócil, obediente, de voz lánguida y vestuario púdico se ha habituado quizás a que con esa diligencia los que la rodean se conmueven, se ablandan, y es así que mantiene segura su integridad; es lo mismo con los hombres que de tiempo completo andan con los hombros alzados, el mentón en alto, queriendo imponerse, gritando, palmeando, sometiendo aunque sea con el pretexto de la carrilla: sólo así consiguen la tranquilidad de que no serán agredidos (aunque precisamente sean éstos los que prefieren confrontarse de vez en cuando a golpes con tal de acabar con el miedo de una vez por todas); igual los “agachados”, los encogidos de hombros, los que no miran a los ojos y jamás alardean prefieren esa conducta (pese a que posean colecciones enteras de comics de superhéroes) para no verse orillados a enfrentar peligros ni amenazas:

Todos, pues (bravucones, coquetas, sumisos, graciosos, escandalosas, timoratos, engreídas, “líderes”, patéticos, tiernas, quejosas, albureros, “borregos”, convenencieros, mandones, obedientes, mentirosas, mártires, sonrientes, gentiles, groseros, modosas, pederos, agradecidos, gesticulosos, callados, chismosos, metiches, catequistas, animadoras, malencarados, embusteros… todos), se desenvuelven animalmente –o sea, emiten sonidos y despliegan movimientos- para lo mismo: para sobrevivir el momento con el menor daño posible.

 

Nadie siente nada hacia alguien más. Esto no es fácil de escuchar para quien esté seguro de querer a su pareja, a sus hijos o a sus hermanos, pero todo sentimiento es en función de uno mismo.

El pánico que nos invade al pensar en la posibilidad de la muerte de un ser querido es un pesar egoísta: sufrimos porque con su muerte se desvencijaría una parte integral de nuestros planes de vida, que obviamente lo incluían entre lo prioritario; ahoga la certeza de que nos sentiríamos solos y ya no contaríamos con su compañía para que nos solace; desgarra por dentro el saber que, con su muerte, moriría también el registro que llevaba de nuestra propia vida: moriría quien fuimos frente a ese ser, moriría todo el tiempo que dedicamos a escenificarnos ante sus ojos, a que nos asimilara en su mente.

Por eso el fallecimiento de un ser querido genera tanto caos en nuestras vidas, igual que un abandono amoroso o un despido laboral: en un instante se esfuma lo que con tanto esfuerzo y tiempo fuimos… y duele pues es una probadita de cómo también nos habremos de esfumar para siempre.

Cuando un hombre contempla apasionadamente a una mujer no la admira a ella sino que se fascina a sí mismo, celebrándose por haber logrado estar a su lado. El profesor cincuentón que logra conquistar a la alumna se sentirá jubiloso y –según le dirán todos- “rejuvenecido”, pero la verdadera razón de su emoción es que pensará en las décadas que han transcurrido, en todas las derrotas acumuladas, en las humillaciones y los desprecios a los que fue sometido durante tanto tiempo, y volteará a su alrededor y sentirá que ahora, al fin, todos se la “pelan” porque tiene a una chica que ya quisiera cualquiera. El ánimo revigorizado no será más que el hecho de poder descargar el odio y la frustración de antaño, y festejar que hasta los jóvenes de la edad de la chica están perdiendo contra él.

Por su parte la alumna que seduce al profesor no siente “amor”, lo que la exulta es descubrir el poder de dominarlo… quizá como se acostumbró a disfrutar dominando a su propio padre, desde niña, con sus encantos. De hecho la mayoría de las mujeres son caprichosas por culpa de sus padres varones… Pero bueno, todos somos esclavos devotos del género superior: el que tiene el don de crear la vida.

Dice mucho el que un término como “estado civil”, tan contundente y definitorio en la función individual ante la sociedad, lo que anuncie (sintetizado en una argolla opaca en el dedo anular) sea la disponibilidad o indisponibilidad de buscar pareja. Pero hay un motor más allá del sexo, el de la autoestima: la impetuosa persecución para que nos hagan sentir que no estamos vivos en vano, porque todo alrededor nos dice que nadie haría falta y que cada uno se la pasa ensimismado.

Todos sufren por sus dilemas entre buscar la felicidad a través de símbolos que satisfagan la expectativa de sí mismos sembrada por otros, y la desesperación de no estarlos consiguiendo y castigarse por ello. Pero todo mundo está en eso. Ahí no cabe nadie más. Los demás entran como fichas en el tablero… Tristemente sólo es posible analizar los actos y las motivaciones de un individuo por el significado, valor e implicaciones que le representan las personas que lleva en la mente apenas como factores para su diseño personal.

Muchas veces la alegría se deriva de poder sentirse exultante con uno mismo por cómo te recibe el momento presente, por estar siendo partícipe o inclusive únicamente testigo de la experiencia que te envuelve, calificable como todo un “acontecimiento”, pero hay que preguntarse: ¿Cómo se generó en mí la necesidad de asociar esto con la alegría? ¿Por qué surgió? ¿Exactamente qué, en el pasado, la produjo? ¿Por qué tengo que obedecer esa condicionante?

Después del infortunado e inopinado nacimiento y del azaroso crecimiento lo único que nos mueve es el instinto de supervivencia.

Es éste el que nos vuelve a condicionar la libertad.

De por sí cualquier observador sabe que la libertad no existe:

Un individuo, por ejemplo, puede ser libre de decidir si le llama por teléfono a otro; pero en caso de querer hacerlo depende de marcar un número determinado y esperar a que la línea funcione, que no dé tono de ocupado ni desvíe al buzón, y que esa otra persona se disponga a contestar, dependiendo de los actos condicionados que estuviera realizando antes de que irrumpiera la llamada.

Otro individuo puede ser libre de elegir dónde comer. Pero tiene que constreñirse a los restaurantes cercanos. No puede elegir comer, dentro de media hora, en Roma o París si se encuentra en Guadalajara. Así que está condicionado a un número limitado de lugares a la redonda. Ya ahí puede ser libre de seleccionar un platillo, el cual deberá estar incluido en el menú y cuya concesión dependerá de que tengan los ingredientes en la cocina. La libertad de comer en Roma, pues, terminó sujeta a que otros hubieran surtido bien la despensa en el restaurante de la localidad.

Uno puede seleccionar un canal de televisión entre cientos, un sitio web entre miles o una película en la cartelera del centro comercial, pero esas y sólo esas van a ser las opciones, tal y como ya están hechas; además es inimaginable la cantidad de condicionantes que influyeron en cada uno de los creadores de los programas, filmes y páginas a la hora de elegir los temas, los propósitos, las expiaciones personales y las promociones (ya sean los intereses de empresa, los compromisos publicitarios o las limitaciones definidas por los presupuestos); en fin, la libertad simplemente no existe. ¿Cuál vendría a ser la diferencia entre ordenar una película de PPV y darle el beneficio de la duda a otra que va arrancando en un canal básico si cualquier opción puede ser decepcionante o sorprendente para el espectador? Únicamente la sensación de que estamos controlando algo, aunque no sea así ni remotamente.

Pero lo trágico es cómo nuestra noción de libertad depende de la obsesión inculcada y generalizada por adornar el estatus de espécimen que nos tocó.

Cada ser humano va por la vida agregándose “accesorios” para elevar su percepción de sí mismo como espécimen (o séase, de su “autoestima”): consigue un título universitario, se hace de estatus hasta donde le sea posible, buena ropa, un automóvil, estilo, elegancia, un empleo, quizá de cultura o una cuenta en el banco, de virtudes que se le facilitaron, como comicidad, desparpajo, egolatría, o sencillez, amabilidad, la gracia de hablar otro idioma o tocar un instrumento, en fin: todo con el objetivo de poder sumarse una plusvalía que lo haga considerarse un mejor espécimen para así sentirse merecedor de escoger a su vez un buen espécimen del sexo opuesto con el propósito de optimizar su reproducción, es decir: de trascender su propia muerte, mejorado.

Ninguna de las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra etapa reproductiva fue libre: creímos que la carrera, el oficio, la ropa, el deporte, las aficiones, los gustos, los destinos turísticos, los escogimos con libertad; pero no. Lo que mueve a la humanidad es el ansia individual de sentirse mejor espécimen. Todos quieren presumir fama, fortuna, tributos, anécdotas, éxitos, experiencias, diplomas, aplausos, y es así que ingresan al absorbente sistema económico: “Para que te sientas como exige tu expectativa de autoestima, cómprate tu ropa en tal sitio” / “Para que la luzcas acude a bailar a tal otro” / “Este es el auto que te recubre y te mejora” / “Tal es la ciudad que debes visitar y en tal hotel se hospedan los dioses”.

El sistema económico –la orquesta de las ambiciones- secuestra a todos y los hace ir por la vida como zombis, cumpliendo con labores, preparando viajes, gastos, compras, cursos, y concertando dónde acabarán exhibiéndose como especímenes reproducibles –en la playa, en el antro, en la plaza-, con la autoestima hasta donde la tengan. Por eso es curiosa la gente bella, pagada de sí, sin necesidad de sumarse nada: se saben buenos especímenes y eso les basta; no les hace falta –a menos de que les hubieran sembrado la presión por revalidarse en otros terrenos- ni siquiera aparentar inteligencia… eso es para acomplejados de su físico.

Los eventos sociales, las pasarelas de bellezas en el cine y la televisión, las fotografías radiantes en las revistas e internet, las congregaciones humanas en playas, centros comerciales o inclusive en redes son invocaciones a la atracción física, la cual obedece íntegramente al instinto de procreación: basta con que al humano se le despierte el deseo sexual (con una foto de Katy Perry o una de William Levy o de Mark Zuckerberg, por ejemplo), para que sienta la ansiedad de alcanzar ese objetivo (a Katy Perry, o verse como Levy o sentirse Zuckerberg, y viceversa), ante lo cual no queda más que ir en busca de dicho “objetivo” (que no necesariamente es alguno de ellos, sino quienes se nos hayan metido en la cabeza que son sus equivalentes al alcance), y es así de fácil que consiguen la reacción que pretenden: hacernos trabajar y gastar para incrementar nuestro atractivo. Una erección no es sino el recordatorio de que estás aquí para procrear, que no te hagas guaje. Y por supuesto, el sexo protegido es un lujo intelectual (recurso que nos hemos debido ingeniar al saber a conciencia que el apareamiento es la Meta de Todo y el Consuelo Insuperable de la Nada, en vez de habérselo dejado a los tiempos y ritmos del instinto, como las demás especies). El hedonismo es una falacia: no hay placer que no provenga de la confabulación del cuerpo en pos de su supervivencia (alimentos variados), su seguridad (el confort, casa, entretenimiento, amistades, servidumbre, alcohol) o su reproducción. Tan es la reproducción la chispa de todos los demás actos durante la vida fértil que por eso es tan deprimente llegar a la menopausia y a la disfunción eréctil: la chispa se pierde y es necesario admitir que sólo queda encaminarse hacia la extinción.

 

Las mujeres tienen una relación muy intensa con su interior orgánico. Como están conscientes que el interior de su cuerpo será cuna de vida, no se desentienden de lo que ahí dentro esté ocurriendo.

El hombre arroja al exterior su esperma sin sentir apego por él.

La mujer recibe en su interior cualquier cosa, y la hace parte de sí.

Por eso es habitual que el hombre no se quiera poner condón y que la mujer se vea en la necesidad de insistir en usarlo. Para él, el semen es algo que ni siquiera recuerda que le pertenece; para ella, un agente externo que habría de invadirla.

Esto también explica el que muchos hombres perciban a ciertas mujeres prácticamente como muñecas inflables… con vida (les llaman “nalguitas”), y que para las mujeres sea un tanto más difícil hacerse a la idea de que los hombres dentro de ellas sean tan sólo armatostes que mueven dildos de carne. Aunque precisamente el condón ha propiciado que a las mujeres de la nueva generación les sea indiferente introducirse cualquier pene: desde sus primeras relaciones sexuales se dan cuenta –muy en el fondo- de que en concreto lo que las penetró fue un condón relleno, así que con facilidad después admiten consecutivamente otros condones rellenos en su interior –sin mayores cargos de conciencia: como si aquello fuera apenas poco más que un “faje”- en vez de sopesar con meticulosidad las implicaciones –en cuanto a compromiso, sentimiento y posibles consecuencias- de hacerlo con cada nuevo hombre, como era menester antes de que el preservativo acabara con la relevancia del apareamiento selectivo, en pro de una sexualidad plástica.

Antaño la indiscriminación sexual estaba frenada gracias al peligro de las enfermedades venéreas y el riesgo (o la posibilidad) del embarazo; pero ahora con la proliferación del condón como apagafuegos la promiscuidad estropea por completo el orden emocional de todos, porque ni hemos desarrollado una mentalidad que anule la posesividad amorosa ni se ha abolido la idea de la fidelidad y la exclusividad de la pareja como una prueba de la suficiencia personal.

Lo natural es que la mujer sea la encargada de moderar la sexualidad pues sencillamente su cuerpo no podría pasársela de embarazo en embarazo con cualquier gandul desde la primera menstruación y hasta el climaterio. Para ellas la noción de su autorrealización a través de la reproducción es un proceso largo, paciente, de esperar a elegir un buen macho, nueve meses de gestación antes del parto y luego reposo; para nosotros, sólo segundos de eyaculación que queremos repetir incansablemente. Si algunas religiones depositan en ellas la responsabilidad del pudor, en realidad no hacen más que traducir una necesidad elemental de la naturaleza. Como la especie humana no cuenta con períodos específicos de celo, o al menos no nos constreñimos a aparearnos durante la ovulación, es entonces la moral, en términos generales, la que protege la selección natural, la evolución de la especie (o la no degradación de ésta; como sea, lo que se pretende conscientemente es que los hijos salgan guapos porque todas las señales de la vida diaria hacen creer que son ellos los más felices y los que sobreviven en mejores condiciones).

Al ser las mujeres quienes tienen la facultad exclusiva de parir, tranquilamente el resto de sus vidas pueden ver al fruto de su supervivencia y sentir que es suyo, pues surgió, emergió, se desprendió y brotó de ellas. Los hombres vamos a ciegas (por más que se nos pueda parecer un hijo) sin la certeza que da sentir la prolongación de la supervivencia, buscando con desesperación –y salvajismo machista- definir el legado y las pertenencias en puros artificios.

(Acaso relaja temporalmente a un hombre tener una hija. Nada como dejar de luchar por la seducción de chicas habiendo engendrado a una que cree que su padre es lo máximo. ¿Para qué diablos invitar a cenar a la secretaria si la hija espera en casa? Pero eso dura… ¿quince años?)

Paralelamente a la búsqueda de una autoestima que haga sentir a un humano merecedor de reproducirse con otro equivalente o mejor, la libertad se sujeta a otra condicionante: la ansiedad por enterar a todos que estamos vivos, debido al pánico a la intrascendencia o a morir sin “dejar huella”…

Cuando los padres -frustrados por cómo serán recordados ellos mismos por “el mundo”, es decir, por cada persona con la que se toparon a lo largo de sus vidas- crean una alta expectativa de los hijos como especímenes, los hijos entonces no hallan cómo ser valorados por el prójimo con la misma grandilocuencia con que los tasaron sus papás.

Cada decisión -supuestamente libre- que va tomando todo ser humano a lo largo de su vida en interacción con los demás está condicionada por la angustia de percibir el sinsentido de la vida (al menos bajo el entendido de que como sentido nos enseñaron a perseguir la trascendencia histórica, lo cual es un fiasco y un absurdo) y no querer reparar en él. De esta manera algunos buscan que su “mundo” los recuerde por poner siempre buena música (es decir, que la mente de los testigos de su existencia los asocie con un soundtrack exquisito), otros por saber escoger los mejores vinos (y entonces ellos mismos se conviertan en recuerdo agradable, gracias al efecto con el que fueron percibidos), unos más por ser socialistas, otros por haber levantado un emporio y dar siempre noticias de prosperidad, muchos por haber acumulado una fortuna; algunos quieren anidarse en la mente de los demás por el mérito de ser elocuentes, otros por bailar bien, otros por haber recorrido continentes (sin entender nada) y unos más por entender mucho sin haberse movido.

Todos quieren ser vistos, todos quieren ser protagonistas, y se crean la escenografía adecuada para exhibirse. Nada más. El ansia por restregarle nuestra existencia al prójimo nos hace ir por la vida emprendiendo acciones, a cada momento, que inconscientemente no tienen más que dicho propósito…

Y sin embargo nunca seremos la síntesis que hubiéramos querido: esa soñada antología de lo que sólo nosotros mismos habríamos escogido para el diseño de nuestra imagen que habitará en los demás. Siempre nos va a sorprender que quienes supuestamente mejor nos definen, ignoran mucho de lo que creemos esencial sobre nosotros, y que quienes más nos conocen (por nuestros actos vistos desde la barrera) nos perciban –y nos describan- muy distinto de lo que presumíamos.

Uno hace su propia escenificación de sí mismo en todo momento para la mente del prójimo: el que trata de dar un pésame pronunciando frases de alivio sólo quiere exhibir su “don de palabra”; el que toma el teléfono para resolver un asunto quiere mostrarse eficaz; el que elige un restaurante agradable para un convite, más allá de disfrutar el momento al máximo, quiere ser visto rodeado del lujo necesario para tranquilizarse con la idea de que el recuerdo que se llevarán los demás, de él y gracias a él, será majestuoso… Y a la vez todos quieren que el “mundo” se olvide de sus momentos de descontrol, de sus arranques de ira o de las etapas de dificultades económicas; vamos, nadie quiere que se le asocie con malos momentos. La conciencia de la muerte nos lo exige, sofocando nuestra última posibilidad de libertad: “¡Tenemos poco tiempo para anidarnos en la mente de la humanidad lo mejor posible, no hay segundos que perder, no hay que malgastar las oportunidades de esta cuenta regresiva!”

Por eso se desea público, masas de desconocidos, la mayor cantidad de testigos posibles. Ahí la trascendencia pareciera comprobable, pero realmente “nadie se acuerda de nadie” de verdad; quizá sólo la pareja, la familia. No somos más que una improvisación artificial: actores y guionistas de una película espontánea que no existe.

Vivimos de, en y para la percepción ajena. A falta de espectadores, muchos evitan desesperase creyendo que desde el cielo hay “alguien” que mira y juzga.

La agitación mediática, el vértigo del internet, la obsesión por la fama y el reconocimiento, una mínima sensación de protagonismo en medio del mar de anonimatos en frustración permanente (que entre más contactos de Skype, Whatsapp y Facebook se tengan, más se constata y peor se siente) propicia la insatisfacción crónica de querer más y más atención, pero sobre todo genera la más intensa envidia por querer vivirlo todo a la vez. Es así que, desde la adolescencia, se busca impresionar con el atrevimiento de beber alcohol, luego con el de probar drogas, enseguida la sexualidad en todas sus formas, y así más y más experiencias extremas que asimismo se sientan en el cuerpo –sadismo, masoquismo, bisexualidad-, que constaten la vitalidad con una repercusión en la sensaciones. Lamentablemente el impacto en los demás nunca basta.

Somos una generación alcohólica y drogadicta pues nos urge sentir el cuerpo, calmar el ímpetu de restregar la existencia, olvidar por un instante las expectativas que había sobre lo que debíamos ser y simplemente existir, cosa que ya no puede fluir sin efectos, en sobriedad.

Así las cosas, nada como asistir a un evento masivo. Y si es un concierto, mejor. Por un lado, los grupos musicales los elegimos primordialmente con el objetivo de obtener la definición que conlleva el excluirnos de todos aquellos que prefieren géneros a nuestro juicio detestables (ergo, todo en su vida seguramente es detestable), de modo que el suceso se convierte en una especie de congregación de correligionarios (De por sí, en la vida diaria las afinidades musicales son una moneda que vale para comprar empatía y sociabilidad). Y por el otro –y más importante aún-, en los conciertos masivos (igual que en un estadio lleno con motivo de una justa deportiva) nos refugiamos entre la multitud y por ese rato todos nos apartamos del ensimismamiento (relativamente, pues el significado y las evocaciones de las canciones son de espectro individual), dejando que el espectáculo –esperado con disposición idólatra- nos haga confluir en un mismo sentido de la vida, en una sola mira (el escenario, acompasado con luces hipnóticas), que por unánime alrededor parece indiscutible aunque sea efímero. Quizá del mismo modo acudimos al cine, escuchamos radio o vemos televisión, y por igual necesitamos noticiarios, periódicos y YouTube: para que con sus firmas nos certifiquen, durante un engañoso momento al menos, que la atención unánime confluye en una sola dirección: en unos cuantos acontecimientos, en cierto número de personas. Porque de no ser así, sería imposible darle seguimiento a la atención que pide y merece cada individuo en el planeta.

Generaciones completas pelearon por liberar a sus sociedades de despotismos, abusos, ataduras, carencias e injusticias. Sin embargo, los descendientes de tantos logros libertadores también quieren liberarse pero ahora en particular del tedio de que nada tenga sentido; liberarse de una condición humana no elegida, condición que nos permite asimilarnos como lo que somos: no más que las tortugas o los zorros, pero que también nos orilla a creer que eso es mísero e insignificante.

Casi nadie aguanta la soledad porque carcome la idea de estarse extinguiendo sin testigos. Quien abre las ventanas y pone la música fuerte únicamente quiere trasmitirle a la atmósfera el clamor de que ahí dentro está alguien vivo. La soledad administrada, es decir, la oportunidad de un rato a solas en medio del tráfago, es un lujo; pero cuando alguien necesita ir a leer a un café no es que necesite el ambiente, sólo precisa sentirse… visto.

“No te aguantas ni solo”, suelen decirle a alguien que se malhumora. Pero a los que de verdad No Se Aguantan Ni Solos se les ve llegar a los lugares públicos –bares, restaurantes, cafés- esperando encontrarse con alguien, y como aún no está no tardan en tomar el celular: les da pena estar en riesgo de ser plantados, han crecido bajo la idea de que la soledad es un fracaso.

Lo cierto es que son contadas las personas que gozan de una relación agradable consigo mismos: estando a gusto con su contemplación, con sus sentidos, con su charla interna. La inmensa mayoría busca compañía porque prefieren consumirse a través de quien sea (viendo a un animador de tele, escuchando a un locutor, volteando hacia el monitor que transmite un partido de futbol equis o absortos por horas en algún videojuego), menos consigo mismos…

Viajar, mudarse de país o inclusive aprender otro idioma -¡vaya meta: comunicarse con humanos de otras latitudes!- es un odio contra lo que a uno lo tocó ser (de alguna manera como quienes se hacen cirugías plásticas) y probar el simulacro de cómo habría sido el haber nacido en otra parte, con otro ambiente y entre otra gente. Qué difícil es que alguien entienda que se puede huir del espacio donde uno surgió (el cual lo definió por completo: le enseñó los ruidos guturales necesarios para comunicarse con quienes lo rodeaban, llamado idioma, que a su vez cuenta de origen con ciertas tradiciones de asociación de ideas, condicionamientos psicológicos ocultos y múltiples códigos de integración, de autopreservación, a los que jamás tendría acceso alguien que lo adopte como lengua secundaria; también le generó un aspecto físico, o “raza”…), y que puede simular un escape (una tapatía marchándose a Japón, por ejemplo) pero nunca podrá huir del espécimen condicionado en todos sus aspectos según el entorno del que proviene, que es. Un canguro australiano no se volvería rata por estar en México, un salmón noruego no sabría distinto en Chile, y un futbolista naturalizado en la Selección Nacional será aplaudido unánimemente por los aficionados, pues supondrán que el resto del mundo ignora “el detallito”, pero en su fuero interno cada uno de éstos sentirá durante el festejo de sus goles un hueco en la autenticidad del júbilo, un dejo de trampa, de cierta invalidez.

Los cambios genuinos, las transformaciones verdaderas en el interior, las revoluciones anímicas están al alcance de la mente, de la imaginación, de la capacidad de renovar las perspectivas. No se necesita nada más; o acaso lo máximo que puede lograr otra fuente (la visita a un continente lejano, la mudanza de casa o la nueva pareja) es motivar uno de esos cambios mentales, pero es capaz de vivirlos en mucho mayor medida el lector que va de un lado a otro a la velocidad de las páginas sentado en el mismo sillón, que el trotamundos que viajó con cien de latas de atún para no gastar en comida durante su estancia en Europa y vuelve con las mismas anécdotas que la divorciada cuyo paseo se limitó a que los guías de turistas la dejaran bajarse a tomar fotos diez minutos exactos en cada uno de los monumentos principales.

La idea de “empezar una nueva vida” no es más que el deseo de que otras personas comiencen a registrarnos en sus mentes a partir de un momento dado.

Cada individuo, claro, se entusiasma cuando las percepciones que tienen de él los demás le brindan un reflejo de sí mismo satisfactorio, pero con las fallas que se acumulan con el tiempo luego se desanima y lo más fácil es que deserte o se desentienda de quienes construyeron una imagen suya que ya no considera idónea. Algunos saben aceptar que ninguna biografía está exenta de errores, de fracasos, de desencantos, por lo que se disponen a seguir siendo leales a quienes historian y a quienes los están historiando. Otros no soportan la imperfección e insuficiencia de sus biografías e intentan encontrar quienes empiecen a historiarlos desde cero, desde el momento presente, a partir del cual creen que debería empezar su “próspera” biografía, y no antes; éstos son errantes de mentes: se encuentran, se entusiasman con la idea de empezar a historiarse ahora sí impecablemente, y huyen en cuanto ya no les gusta su borrador. Una y otra vez.

Normalmente los errantes de mentes están ansiosos por hacerse de todo un club de fans, pero no recuerdan ni los nombres de los demás; entonces persiguen experiencias cada vez más extremas con el silente objeto de saberse en situaciones “apantallantes” pues creen que ahí estará el parte aguas de sus vidas; y sin embargo los testigos con los que se topan son otros ensimismados, otros que no piensan más que en su propia participación en “escena”, nunca en la de alguien más.

Por eso ya es tan común que las parejas se graben en video durante el coito, se usen espejos, etcétera: les urge verse a sí mismos impactantes. De por sí el hecho de adoptar posiciones espectaculares en la cama y realizar grandes faenas es un desaire evidente al placer concreto a cambio del placer que le otorga a la autoestima el estar quedando en la mente de la otra persona como una máquina de follar implacable.

Todo ser humano quiere protagonizar; también quien se queda en silencio o se conduce con discreción elige que esa sea su forma de protagonismo (quizá porque así lo fueron amaestrando).

La amistad o la vida en pareja es un convenio de protagonismo mutuo: “A mí me dejas estelarizar, me pones atención, me atestiguas, y a cambio yo también te prestaré atención, te daré un seguimiento y tendrás tu protagonismo.”

Es así que todos, sin excepción, nos volvemos insoportables para cualquiera: nos excedemos en protagonismo y no hay quien no se canse de ceder su atención si siente que no es correspondido.

Nadie puede asimilar concretamente la integridad del otro. Sólo se es capaz de concentrarse en uno mismo y de ahí parte la idea que nos haremos acerca de los demás. Es la empatía la que hace la diferencia entre la bondad y la maldad: habrá quien no robe, no asesine o no se meta con una casada, pero en el fondo evita todo eso porque no quisiera que le ocurriera a él; igualmente quien da una limosna lo hace luego de proyectarse a sí mismo mendigando o con hambre. Los que golpean, los que humillan, los que pisotean, temen menos por sí mismos y se arriesgan.

Incluso quienes dicen ser amigos, en realidad sólo persiguen dos motivaciones. Una es la de tener referentes para su imagen pública, proyecciones de su autorrealización (“Mira, te presento a…”). Y la otra es la de invertir en no quedarse solos. Incluso cuando un amigo socorre en un momento difícil no es que viva la verdadera compasión, no siente ni sufre igual. Acompaña y apoya, pero en la debilidad del afectado encuentra su fortaleza; y como es consciente de que en algún momento le tocará sufrir, entonces invierte en bonos de solidaridad para cuando los necesite. La motivación, como siempre, puede ser benévola pero no deja de ser egoísta.

Por culpa de vivir para las percepciones, resulta entonces que ser feliz depende de encontrar la armonía entre la noción de uno mismo y la evaluación que otorgan los demás: El hombre que se enorgullece por haber llevado a su familia de vacaciones no es feliz por el hecho en sí, sino por haber quedado ante los suyos y ante la sociedad como un padre espléndido, complaciente. La actriz famosa, de autoestima alta(nera), seguramente se siente feliz en los momentos en que parecería unánime la admiración que le dedica la gente, no así cuando su imagen se derrumba ante el público. Al filántropo no le hace feliz hacer el bien sino ser aplaudido como tal. Una pareja suele sentirse “feliz” en la etapa de la devoción, cuando es tan exagerada la percepción del uno hacia el otro que hasta la autoestima se sorprende, pero dejan de sentir esa felicidad cuando ya no son capaces de impresionarse mutuamente, cuando ya decayó la magnificación infundada, cuando ambos ya están conscientes de sus fortalezas y debilidades, y ya ninguno se presta a exagerarle la autoestima al otro… Ser feliz para la mayoría, entonces, consiste en haber logrado que la imagen que cada quien quiere de sí mismo se parezca lo más posible a la que perciben los demás.

Los que no encuentran su lugar, los que sienten que nadie alrededor les hace justicia, los que no soportan su entorno, infumables a su vez para los que conviven con ellos, simplemente se sienten frustrados porque no hay una armonía entre sus autoestimas y las percepciones que les otorgan; bulle en sus fueros internos la rabia de que el mundo no vea en ellos a los héroes que les diseñaron y aún no deducen que nunca eligieron cargar con tal mensada a cuestas. Las personas quisieran ser juzgadas por sus intenciones, aspiraciones, pensamientos y transformaciones, su evolución interior. Sin embargo, todos juzgamos por los actos y somos juzgados igualmente por las acciones concretas que nos alcanzan a registrar los demás cuando nos topamos en sus caminos.

Y justo porque apenas si nos juzgan por nuestros movimientos animales, nuestros arranques, nuestros gestos (“Me habló muy agresivo” / “Sí, lo hizo con otro”), razón de más para no seguir soñando con convertirnos en ídolos.

Si desbrozamos un poco las expectativas inculcadas, si relajamos tantito la obligación de destacar, la obsesión por restregar una superioridad indemostrable, entonces descubriremos un reducto más personal, más tranquilo, más sencillo de dejar fluir.

La verdadera libertad es indiferencia, “voluntad de suerte”. Es estar conscientes de que la vida no tiene ningún otro motor más que el del instinto de supervivencia, el cual define todas nuestras decisiones.

Decía Cioran: “No es posible consolarse de la nada del mundo mediante la fuerza, sino mediante la soberbia. El hombre es demasiado soberbio para rendirse a la evidencia. Y entonces inventa la existencia.”

Las religiones disfrazan el sinsentido de la vida. La esperanza del Cielo o la Reencarnación, o lo que sea, tranquiliza a la gente y le permite vivir inmersa en el sistema económico, consumiéndose sin reparar en los verdaderos motivos de sus actos. Igualmente viajar, mudarse, cambiar de oficios, conocer incansablemente gente nueva, no son más que distracciones externas para no llegar a las respuestas más profundas del interior. Pasársela explorando estímulos en el exterior es la vía más sonsa de evitar confrontar el sinsentido de la vida (que al entenderse se vuelve trascendente pues consiste escuetamente en sentirla y ser parte del esplendor de todo lo vivo alrededor, que a su vez requiere que nos deslicemos hacia la muerte en pos del reciclaje).

La verdadera libertad seguramente llega cuando no te importa si vives o mueres, si comes lo que escoges o te lo elige el mesero (de entre algunas opciones preestablecidas por el sabio apetito, que suele preferir los nutrientes que le hacen falta y repeler los ingredientes que no le hacen bien), si engordas o enflacas, si te coquetean o te sacan la mirada (al fin que es sólo un juicio sobre ti como espécimen: “Reproducible” o “No Reproducible”), si te insultan o te halagan (al cabo que tan sólo es una opinión acerca de cómo te llevarán en sus mentes).

¿Libres los humanos? Libres las demás especies vivas que no están conscientes de la muerte y por ende no se angustian ni frustran ni se aburren, que no se añaden nada como especímenes y que no se ocupan de posar y distinguirse para alojarse en ninguna mente creyendo que ahí habrán de eternizarse, sin pánico a morir sin dejar “huella”.

Cioran de nuevo: “Los otros seres viven; el hombre se esfuerza en vivir. Es como si nos miráramos al espejo antes de cada acción. El hombre es un animal que se ve viviendo”.

Nos hemos inventado una “realidad” en función de la infidelidad. Las mujeres tratan de entender por qué su macho quiere preñar a más. Y el hombre quiere explicarse el por qué la hembra prefirió a otro. Los celos entran como cuestionamiento a quien uno es como espécimen. Increíblemente, lo que se dice de un bebé o de un niño pequeño (“Ay, salió muy bonito” / “¡Uy!, pues salió feyita, se parece a la abuela”) es realmente lo que cuenta durante toda la vida fértil: cómo se ve cada quien y qué nivel ocupa con relación a los prototipos cotizados. El alargue de la tercera etapa de la vida, la de la reproducción, y con ella la Psicología, la Filosofía, las Artes y el capitalismo giran en función de eso.

Al final de cuentas la vida de cualquier terrestre se resume en comer, dormir, excretar, copular, enfermarse y sanar.

Las guerras, el abuso, el estrés, el desarrollo urbano y tecnológico, el tráfico, la defraudación, la infidelidad, la obsesión por el estatus, la fama y el prestigio, por el enriquecimiento, por imponer políticas y religiones, por marcar fronteras y delimitar posesiones, todo desemboca en el absurdo propósito de comer, dormir, excretar, copular y sanar “mejor” que los demás (como si la vanidad fortalecida, el liderazgo, la tranquilidad de la autorrealización, el poder o los bienes materiales incidieran patentemente en las sensaciones concretas; al revés: porque las ambiciones nunca cumplen lo que prometen, por eso son insaciables. ¿O quién asegura que el magnate que se llevó a la ex primera dama –junto con una dotación de Viagra que no logrará su cometido- a una isla privada de Indonesia disfruta más el sexo, la siesta y le cae mejor la comida, que el tepiteño con su chica en la vecindad, o el carioca en la favela o el tapatío del Sauz?). Todos gravitamos en un cierto equilibrio emocional: nadie goza de una proporción de alegrías que se eleve demasiado por encima de sus angustias y nadie vive sufriendo abismalmente más de lo que obtiene de contento.

Salvo contadas excepciones, todos buscamos que el entorno –el “mundo”- nos otorgue plusvalías para nuestras autoestimas. Es eso lo que nos vuelve corruptibles prácticamente a todos: un soborno, una propuesta sexual, una oferta de “crecimiento”, cualquier símbolo de posible plusvalía para la autoestima solemos pelearla desesperadamente, a ciegas. Tan miedoso es el ser humano –a la traición, a la humillación, a la vulnerabilidad-, que estúpidamente le da mucha más importancia a un error, a un accidente del carácter, a una falla de otra persona, que a todos los aciertos y virtudes que aquélla hubiera desplegado con anterioridad. Así como el temor a la oscuridad es un mecanismo instintivo que aún mantenemos de los primates, también lo es el distanciarnos y desconfiar de quien nos hizo sentir traicionados, es decir, atacados cuando nos encontrábamos confiados, incluso creyéndonos protegidos por esa persona: cuando teníamos la guardia baja. De racionales no tenemos nada.

Únicamente el dejar de buscar plusvalías nos haría incorruptibles. Estar conscientes de que la avidez por restregar la existencia se transforma, volcada con todo su peso, en un protagonismo que nos hace buscar el éxito, parejas envidiables, la imposición de nuestro nombre y la admiración de los que nos rodean (trofeos, pues, para ostentar), es acaso lo que nos libera de la corruptibilidad. Es lo que nos permite vivir entregados a lo que vale la pena: el instante, con lo poco o mucho que ofrece en su limitación natural, y la compañía de los pocos seres con los que vale compartir este intermedio incierto que es la vida.

Pero nada es más nefasto que el que vayamos por doquier empecinados en demostrar que existimos, peleando en las avenidas, imponiéndole a los demás nuestro derecho de piso, desesperados por encontrar chispas en el vacío, luchando contra los molinos del aburrimiento, golosos de dinero y coquetería: simples pataletas, alardes inconscientes, feroces, ofuscados, egoístas.

 

El impulso irreprimible por aparearse con cualquiera físicamente agradable es lo que nos impide vivir absortos la utopía de la fidelidad; pero aquél no es otra cosa que la inercia continua del Big Bang, la cual nos gobierna -a través de las caprichosas cuerdas de energía que nos constituyen-, sin darnos la menor chance de impedírselo (aunque posteriormente el pensamiento sea capaz de moderarlo), exigiéndonos que vayamos precociendo la vitalidad óptima de la próxima generación, y las subsiguientes.

No es una congratulación lo que una abuela moribunda lanza cuando dice enorgullecerse de que su nieta sea hermosa; tampoco es un síntoma primerizo de infidelidad el de la mujer que siente que se le revoluciona la sangre y todo su organismo cuando su propio marido le presenta a un hombre apuesto: es simplemente el arrastre voraz de la Vida, que toma a los humanos como instrumentos efímeros para continuar ella misma por los siglos de los siglos, como lo ha hecho. Somos viles transportistas de cromosomas.

En síntesis completamente todo lo que hacemos –desde los primeros saludos del día hasta las despedidas antes de dormir, pasando por cada uno de los momentos de interacción con cualquier animal e inclusive los ratos de sublimación de la soledad (como cavilar, arrepentirse, reconvenir, planear y soñar)- son fuegos artificiales con los que dinamitamos el tiempo con tal de sentirnos útiles durante esos lapsos: aceptados en la Vida; todo para evitar confrontar la idea de que no tenemos más que la soledad en sí, que a su vez engloba todos los deleites y todos los sufrimientos, la cual podemos reproducir en cadena o dejar que se extinga para castigarla. Crear nuevas vidas, cuando sabemos perfectamente el peso de cargar con la conciencia –y con ella la inconformidad del cuerpo, la ansiedad perenne de la mente y el pánico a la espera de la muerte-, es una decisión que rebasa el derecho natural.

La compañía, la atención y la mera presencia de otros humanos nos ayudan a distraernos de lo insignificantes que somos nosotros mismos, y gracias al acto sexual -la Máxima Distracción, el único Espectáculo Verdadero para dos personas, la Gran Simulación de que vale estar vivos- solazamos todos nuestros impulsos nerviosos (soldados obedientes de las “cuerdas” y sus “genes” que nos habitan y gobiernan), embaucándolos con el júbilo de su presunta permanencia… permanencia que no nos incluye.

El estallido de vida en el Universo (con nuestras conciencias incluidas, por supuesto) es un efecto cuya causa es posible detectar, pero que ni remotamente, bajo ningún argumento –no importa si buscamos entenderla a través de la Biología, la Psicología, la Física Cuántica o la Filosofía, o incluso poniéndola como fin posterior según distintas religiones-, jamás, ¡jamás!, se justifica. Pero cabe recordar que la búsqueda de explicaciones y justificaciones es una manía exclusiva del ser humano; lástima que nos tocó serlo.

Entonces, la tristeza.