La Incertidumbre parte tres. #RodolfoGarcíaMateos

Llega a nuestra redacción la esperada tercera parte de La Incertidumbre, del querido escritor jalisciense Rodolfo García Mateos.

Disfruten

 

 

La incertidumbre (Parte 3)

 

 

 

Saben que al dejarnos protegerlas, nos protegen: James Ellroy, A la caza de la mujer

 

 

 

¿En qué consistirá el verdadero heroísmo? ¿En lograr ser un hombre pudiente, con esposa renegona e infiel pero inamovible, teniéndoles pagados puntualmente los colegios a los hijos y domingos familiares sin falta? ¿O en entender a fondo que La Vida es un simple vendaval que secuestra nuestros cuerpos, nos convence de protegerla y nos embauca para perpetuarla, sin que valga la maldita pena, y por ende el verdadero heroísmo entonces sería frenarla con nuestras caducidades individuales, cueste lo que cuesta: soledad, enfermedad, envejecimiento, abandono, tristeza, agonía y hastío?
La decisión irrevocable de no tener hijos es, sin lugar a dudas, la mitad de un suicidio.
Qué cómodo resulta para una mujer, de repente, determinar que ya va a tener niños, y con ellos una agenda repleta de deberes: levantarse, despertarlos, peinarlos, prepararles licuados y lonche, llevarlos a la escuela, ir al supermercado, recogerlos al mediodía, vigilar que deglutan la carne y las verduras, ayudarles por la tarde a memorizar las tablas, etcétera-etcétera… en lugar de caer en la cuenta de que lo único que en realidad está haciendo es multiplicar el suplicio por egoísta: Porque no se atreve a enfrentar sola las horas; porque necesita darle sentido a sus ocasos; porque no repara en que su linda niña de seis años pronto tendrá setenta… y cáncer, y osteoporosis, y nietos drogadictos, y será viuda, y pobre, e incapaz de masticar, y ciega; pero antes quizá sea violada, engañada, maltratada, talvez explotada, humillada, despreciada, defraudada; razones por las que en su momento igualmente tendrá hijos: para sentirse querida, ocupada, entretenida y jovial.
Agrega Pierre Mérot: “Los padres saben muy bien que prolongan en sus hijos la infelicidad que son ellos mismos, actúan con crueldad al hacer niños y arrojarlos a la máquina de la existencia.” “La reproducción se parece al juego del piojoso: la gente se pasa de generación en generación una carta que nadie quiere. ¿Dónde está escrito que la vida sea algo tan interesante que haya que imponérselo constantemente a los demás? ¿Por qué, una vez aparecida en nuestro planeta, habría que conservarla a toda costa?”

Lo sabe de cierto la mayoría de las madres y lo alcanza a asimilar la minoría de los padres: se es responsable de lo que tu hijo hace, de lo que vive y de todo lo que le pasa.

No se debe arrojar al mundo a nadie más cuando a duras penas la vamos librando los que estamos, horrorizados. “Tener hijos es el opio del pueblo.”

Expone el fisiólogo Marcelino Cereijido en su libro Hacia una teoría general sobre los hijos de puta:

“A sabiendas de que la selección natural otorga preferencia a los machos poderosos y dotados, capaces de derrotar a sus rivales en la lucha por las hembras, uno se pregunta ¿cómo habrán hecho algunos individuos esmirriados para preñar a una y dejar descendencia? Veamos, por ejemplo, cómo se las arreglan algunos escarabajos: un machito-alfeñique observa copular al poderoso, se excita y se masturba hasta llegar al borde del orgasmo. Justo en ese momento, sus compañeros van a molestar al fortachón al punto en el que éste debe hacer un paréntesis y salir a correrlos. La oportunidad es aprovechada por el alfeñique, quien copula y fecunda a la hembra en un santiamén.

“Esta lucha por el control del coito, fertilización y legado de nuestros genes para que nos reproduzcamos ‘nosotros’ y no ‘ellos’ jamás ha cesado.

“El varón recurre a la cópula frecuente e indiscriminadamente porque deja mayor descendencia, por placer o para demostrar dominio. En cambio, por la multitud de inconvenientes, así le encantara copular, la mujer resulta muchísimo más selectiva, cuidadosa y renuente a hacerlo. Luego, en la sociedad hay un número incomparablemente mayor de hombres dispuestos a copular que mujeres que quieran hacerlo. Esas asimetrías en el deseo de copular y embarazar establecen automáticamente un mercado. De modo que siempre surgirá el proxeneta que use su poder (y el de las sociedades, legislaciones e instituciones machistas) para someter a las mujeres y obligarlas a ejercer la profesión. Si hay putas, es porque el macho tiene sobradas maneras de forzar a las mujeres.”

Expuesto con esa claridad… quien no quiera entender, entonces que se vaya a la goma. Todo lo que hacemos los humanos, todo lo que disputamos, todo lo que indirectamente ambicionamos, todo lo que hemos creado para volverlo laberíntico, críptico y entretenido, se reduce a explotar las sensaciones, efectos, domesticaciones, consecuencias, desavenencias, dilemas, ostentaciones, añoranzas, lutos y predicamentos que derivan de la fricción del glande con la vagina. El dinero, la arquitectura, las profesiones, las marcas, la elegancia, las artes, el crimen, la transa, los estereotipos, los valores, las oficinas, las escuelas, el prestigio, la alcurnia, los cines, los mercados, los conciertos, las autopistas, el concepto de adolescencia, la frontera de la juventud, las tablets, el Facebook (de eso va la trama de Red social), la cerveza light, el narcotráfico, la fayuca, los lentes 3D, los enlatados, las caricaturas, las corbatas, las piyamas de franela, los babydolls, la joyería, la coctelería, las pizzas a domicilio, las armas, las planchas, los autos, todo de todo se explica en función de las ansias de comunión sexual con cuerpos deseables. La tracción de los genes nos impulsa hacia otros cuerpos; sus órdenes son nuestros deseos; el placer, la tranquilidad y la satisfacción dependen de nuestra obediencia, de que dispongamos nuestros organismos enteros al servicio de sus mandatos y les demos lo que imploran: el festín de la perpetuación.

Y aun así habrá señoras que afirmen que no es verdad, que miento o que Dawkins, Cereijido, Woody, Beigbeder, Houellebecq y yo somos maniacos sexuales. Que ellas nos expliquen entonces por qué sus obedientes maridos, miembros ínclitos del Opus Dei o de los Legionarios, o al menos del PAN, tan millonarios como desapasionados, que dicen sólo pensar adónde llevarán a la familia de día de campo o en las siguientes vacaciones, con sus Master Cards pagan por ver el porno a contraluz de X-Art o se aferran a la nostalgia de lo que nunca volverá con sus membresías a Teenylovers.com; y eso si no es que son invitados frecuentes al Men’s o a cenas de empresarios insignes a los que terminan atendiéndoles erecciones a medias sendas ucranianas y jovencitas de otras buenas familias que hacen de damas de compañía para costear sus estudios fatuos.

Al final de las cuentas, ¿para qué sirve la riqueza, el poder político, la reputación, el buen vestir, los lujos y la bitácora de batallas ganadas, si en el momento presente no sentimos el éxtasis de valoración que sólo puede brindarnos una mujer idealizada mientras nos arranca un orgasmo?

Imaginemos una mesa de restaurante; se sientan tres amigos: el primero presume que esa semana concretó un negocio que le dejará ganancias por quinientos mil pesos; el segundo llega ostentando su nuevo convertible rojo –que al fin cuando un hombre puede comprarse uno es porque ya, con canas o calvicie, evidencia que se le hizo tarde para lucir bien en él-; y el tercero revela que el domingo pasado se encamó a aquella suculenta secretaria por la que todos babeaban… ¿Quién creen que ganó? ¿Quién creen que será el más envidiado por los otros dos? ¡El último, claro! No importa si los quinientos mil o el convertible servirán para encamar mujeres a mediano plazo; eso aún no llega. En los hechos, el tercero es el que alcanzó la verdadera meta.

Los hombres sabemos que así es y ya. Ahora, la descripción anterior no es condenatoria; al contrario, las mujeres deberían vernos como lo que somos los hombres: unos pobres animalitos tensos, desatados, pidiendo nada más eyacular para poder quedarnos quietos y calmados un ratito.

De hecho, bien lo apuntó Lydia Cacho –que algo sabe del tema- durante cierta entrevista televisiva: hay que dejar de ver a los hombres como cerdos calientes; hay que entender sus ansias y saciar sus ímpetus; sólo así la prostitución, la esclavitud sexual y sus proxenetas se volverían prescindibles. Palabras más, palabras menos, eso dijo ella; lo que agregaría yo es que algunos hombres también pretenden –o dizque intentan- “preñar” a muchas mujeres pero para demostrarles a los demás (hombres) que pueden perfectamente con el paquete, aumentando con éste –con el harén- los dominios de su comarca espectral, su “territorio” en el mundo imaginario. Pero claro está que al no lograrlo, entonces necesitan más y más meretrices para subsanar la consigna fijada.

El asunto es que la suplantación del plan original de todos modos se felicita con aplausos en el mundo masculino, pues el que presume que se pagó tres escorts el fin de semana es igualmente envidiado y admirado por sus amigos porque en los hechos obtuvo el lujo incomparable de tres cuerpos femeninos orbitando en torno a sus genitales.

Y si no hay más remedio, el refugio por excelencia para los hombres son los strip clubs porque, pese a que la mayoría no esté consciente de ello, viven muy asustados y tristes pues presienten que a sus cuerpos -contrario a los de las mujeres, que crean vida- no les queda más que degenerarse y morir; entonces, igual que en los conciertos o en los partidos de futbol, en los burdeles el foco de atención confluye en un solo punto, el cual además resulta que es una mujer desnuda: la única imagen indiscutida de idolatría unánime, el único Dios Todopoderoso que nos pone de rodillas, el Sol verdadero que nos hace gravitar por donde se le antoje. Así pues, mis congéneres se consumen algunas horas distraídos de su desdicha. No por nada los hombres se suicidan en proporción cuatro veces más que las mujeres.

Por su parte, la mujer generalmente repele al macho con el que ya procreó un par de hijos… máximo.

Mujeres, es hora de que lo admitan. Como están programadas y amenazadas por la sociedad a mantenerse casadas y públicamente fieles, la creciente repelencia que desarrollan sobre sus maridos es lo que las va volviendo insoportables, cada vez más exigentes, demandantes e insaciables:

Que porque quieren sentir que tienen seguro a su hombre, pero a la vez seguirlo apeteciendo; que porque quieren que las cele en dosis exactas, pero sin acosar; que porque dizque quieren que las resguarde, pero también quieren aire y distancia; que porque quieren que tenga el pene como snorkel en la superficie el día y a la hora en que a ellas se les ocurra, y en ningún otro momento porque sino lo tildan de imprudente, molesto e impositivo. Es decir: según esto no quisieran mandar a su maridos al demonio, la sola idea la tienen prohibida y más aún las palabras “separación” y “divorcio”, pero con el silencioso y paulatino boicot de sus actos, sus muecas de hastío, su voluntad desganada, su agradecimiento nulo, su entusiasmo esfumado y su pasión desértica (todo lo cual muchos condensarían en la palabreja “amor”) van generando un ambiente, una vibra, que intencional e inconscientemente tiene como fin expulsarlos de su lado.

Bien vista, una esposa regañona, hostil, malencarada y gélida es una bomba contenida, que por dentro aspira a estallar con toda su fuerza y arrasar con el marido -pues su maquinaria genética la apremia para probar apareamientos con otros hombres-, pero que ahí se queda nada más contando el tiempo, segundo a segundo, pitando la cuenta regresiva que nunca llega.

Pero eso ocurre porque vergonzosamente, desde los tiempos de la recolección y la caza, los hombres siempre han necesitado una mamita que los reciba al regresar a la cueva. No importa si efectivamente es la madre o una esposa, una novia o inclusive una hermana solterona: el menesteroso hombre requiere que haya una mujer que lo espere en casa después de la jornada laboral, tras la batalla en la jungla, para sentir cobijo y arrullo; da igual si la susodicha resulta más martirizante que los miedos que enfrentó. Por eso tantos hombres pueden pasar sus decadentes vidas completas como niños aleccionados, a duras penas traviesos castigados, sin jamás independizarse de la mamitis truqueada: para ellos siempre será preferible la dinámica madre-hijo con sus esposas, en lugar del enfrentamiento cara a cara con la orfandad.

Las mujeres evalúan a los candidatos para ver cuál podría ser buen padre; en eso se resume todo aquello que exigen durante la juventud. Tras reproducirse, al “ganador” (nótese cómo me burlo de la supuesta medalla) se la pasan corrigiéndolo y rediseñándolo con el objeto de que efectivamente se desempeñe como buen padre, según el arquetipo de padre-hombre ideal que se hubiera anidado en la mente de cada una (“¡Llegaste borracho otra vez, poco hombre!” / “¡No digas palabrotas frente a los niños!” / “¿Ya te vas con tus amigotes? ¡Eres un mal ejemplo!”). En eso se abrevia la vida conyugal con hijos.

¿Para qué obsesionarse con durar en pareja? El matrimonio no es un maratón, no es una prueba de resistencia que se gana al cruzar la línea de meta de la muerte.

Hasta hace unas décadas, las parejas se mantenían unidas con el noble propósito de no traumatizar a los hijos. Desde la actualidad y en delante el reto será individual: cada hijo de padres separados deberá superar el trauma, comprendiendo de fondo que no hay nada que lamentar pues todo se resume en que el esquema de vida matrimonial es un fiasco.

El matrimonio civil es la promesa de dos ante la gente de que van a intentar llevársela bien juntos; el matrimonio ante la Iglesia es la misma promesa pero supuestamente dirigida a Dios –entendido éste como La Conciencia que vigila a todas las conciencias-, acto que necesitan las parejas a las que no les basta, para sentirse comprometidos realmente, sólo con empeñar su palabra al prójimo, ni aunque sea en su nombre. No obstante, a veces, el no hacer ninguna manda pública es señal de un tácito juramento interior –más auténtico, al haber surgido de la convicción personal- que puede resultar mucho más inquebrantable.

Dentro de dos generaciones ni siquiera conocerán el concepto de matrimonio más que como parte de la prehistoria. Los tapatíos hoy día están durando casados un promedio de ocho años, según una estadística confiable (lo cual no es mala idea: cambiar de pareja cada ocho años puede ser llevadero). Si bien los adultos actuales todavía se lo inculcarán a sus hijos como un sacramento o un estado civil acatable, éstos crecerán sin ver parejas que lo conserven y en consecuencia no se lo infundirán a sus respectivos hijos. ¡Listo!: dos generaciones más, y el matrimonio estará extinto.

 

El proceso degenerativo de la pasión arranca con el hecho de que los hombres en una, dos o tres sesiones agotamos la demostración de todas nuestras virtudes y destrezas eróticas y sexuales.

Las mujeres se administran –todavía- para no parecer demasiado desinhibidas. Entonces, como nunca han terminado de animarse bien a bien a todo, nos tienen progresivamente novedades que nos sorprenden y placen.

Ellas, mucho, mucho después se enfadan porque mientras nosotros creemos que todavía somos espontáneos, ellas ven lo mismo de siempre.

La mujer añora sorpresas, estar nerviosa, no saber qué es lo que van a hacerle, y si ya ha engañado –si ya ha experimentado con otros- pensará que no es tan difícil y que podría buscarse una aventura pronto; si no, no: el hartazgo se origina, sobre todo, luego de pensar en cuántas otras posibilidades de vida, cuántas opciones de pareja, se están sacrificando al seguir soportando al mismo individuo. Y es que, sin saberlo, ella quiere que el coito represente las promesas de una vida diaria pletórica de castillos en el aire, de entretenimientos inagotables; pero con su hombre ya sabe qué se siente la posibilidad de fecundar con él, ya sabe qué promete y qué demuestra pues ya sabe perfectamente qué es vivir con él.

En tanto, el hombre quiere volver a hacer su demostración de habilidades, y ser aprobado y aceptado por una mujer que le corresponda así, dejándose hacer. (Aunque con una nueva a la postre desencadenaría lo mismo, una vez esfumada la sensación de novedad para ella.)

El hombre, por miedo a las renuencias, a que la pareja esté dando instrucciones, limitaciones y restricciones, deja de creer en su iniciativa, en su talento erótico, en su improvisación sensual. Entonces se desanima y deja de intentarlo. Es así que empieza a coger sin contextos, sin disposición creativa, ahora sí: “como siempre”.

Y ella dice: “El sexo entre nosotros es monótono”, y él se desapasiona aún más y también se queja.

-¡Ya no me sorprende! -quisiera decir ella.

-Ya no se sorprende de mí -quisiera poder decir él.

Y así ambos buscarán quién los reivindique. “¡Él sí me sorprende!”, celebrará la mujer (las primeras dos o tres veces) acerca su amante. “¡Yo la sorprendo!”, les presumirá a sus amigos, refiriéndose a distintas, hasta que se le pase la euforia, él.

La obtención constante de placer, en la monogamia, depende de la capacidad individual para creer que la misma persona le sigue premiando la autoestima. Una seducción anhelada, idealizada, hace que estalle de júbilo la autoestima a lo largo de todo el acto. Sólo el ser la recompensa más esperada puede servir para mantener a la pareja. Lamentablemente se agota el don de cumplir expectativas en incesante reinvención y renacimiento, pues ¿quién puede ser siempre un trofeo?

A las mujeres les afecta un engaño porque sienten que, mientras les pusieron los cuernos, vivieron en el error pues siguieron con sus días cotidianos pensando en su hombre como un ser excepcional, fiel como ninguno y entonces estallan de desesperación considerándose increíblemente estúpidas. En cambio a los hombres nos pone como energúmenos nomás pensar en que otro, cualquier otro, se sintió campeón a costillas de nuestra dama. La mujer se enfurece porque su esclavo veneró a otra diosa: “sirviente desleal”, inestable, veleta, errante. Y el hombre se enrabia porque su diosa fue profanada por otro pedernal: las autoestimas de ambos sufren al sentirse insuficientes para haber mantenido la fidelidad del otro.

Por eso el hombre históricamente ha sido capaz de desfogarse con cuantas lo admitan sin que se merme en lo más mínimo la exclusividad religiosa que le dedica a su pareja estable: para él, su infidelidad física no se convierte en un engaño dentro de la proyección mental de su propia vida; le es posible verse a sí mismo como monógamo y convencerse de que es prácticamente otro –un Mr. Hyde– el que anda de picaflor nomás para hacerse el envidiable ante sus cuates. Y por el contrario la mujer puede restringirse físicamente más tiempo, pero es infiel desde el principio por la sencilla razón de que en ningún momento considera a su hombre lo máximo, pues a ninguna le basta el reflejo de ella que su pareja le produce. ¿Cuál es entonces el primer eslabón de la infidelidad? ¿La mujer al no idealizarlo, al estar inconforme de origen, sembrándole la preocupación de que podría cambiarlo en cualquier momento? ¿O el hombre, que inconscientemente busca espantar esa preocupación descargando la congoja de su insuficiencia dentro de mujeres a las que no diviniza?

Más detalladamente el clásico dilema sobre cómo es capaz el hombre de ser infiel físicamente, sin serlo emocionalmente, y cómo la mujer se reserva más tiempo, se resuelve fácil: Para la mujer el sentido de la vida en pareja es estar evaluando permanentemente a su hombre, mientras para el hombre el sentido de la vida –en concreto- lo encuentra en ser evaluado y aprobado por las mujeres en general, aunque principalmente por la suya. Lo único que está en disputa, pues, es el desempeño del varón.

El hombre que falla hace que su mujer sienta que no vale seguir poniéndolo a prueba y lo despide porque él simplemente ya está descalificado para seguir siendo el sentido de su vida femenina: ya no tiene caso continuar aplicándole el incesante examen a ver si merece ser el que la cuide, la provea y la atienda (ah, y aporte su esperma) mientras ella -y sólo ella– se apresta a procrear.

Pero el punto es que el hombre precisa sentir que podría ser aceptado por otras mujeres –aunque, a decir verdad, también la mujer quisiera experimentar el ser atendida por otros caballeros-, y eso sumado a la ansiedad por eyacular lo lleva a no desperdiciar la más mínima oportunidad de desplegarle su espectáculo animal a hembra alguna. La infidelidad para él, entonces, es una simple y llana, inocua, confirmación de su ego. Pero su sentido de todo, de sus actividades, del porqué trabaja, la razón de su agenda, de lo que pretende construir, ganar, nombre y respeto, de todo, no cambia: es para su pareja, su equilibrio mental y emocional, su sentido de la vida misma, la encarnación del deber por el que hace todo.

Para un hombre, su dama puede congregar la razón de todos sus actos, la única percepción que busca convencer; sin embargo, asimismo se le antoja corroborar que lo que hace está bien, que quien es basta; y es ahí donde pide el visto bueno de otras damiselas, sin dedicarles mayor dependencia psicológica.

Pero lo anterior no lo entendería una mujer, que simplemente determinará que su hombre ya la traicionó. Ya reprobó. Está descalificado.

Y en contraparte, igualmente a un hombre no le cabrá en la cabeza cómo fue que su mujer probó los servicios, el funcionamiento, las promesas tácitas contenidas en el quehacer sexual de otro macho; nada podrá convencerlo de que su pareja no pretendía cambiarlo como su abastecedor y guardián sino concretamente vivir también un flashazo de otra vida interior, otra posibilidad, un escape que no echa por tierra todo lo que él ha hecho hasta la fecha… aunque así lo sienta y así parezca.

Las mujeres –al contrario de los hombres, quienes nos cuestionamos fatalmente si en realidad habrá otra que nos permita ofrecerle nuestros servicios- no necesitan confirmar que otros varones estarían dispuestos a vivir dedicados a ellas; pero cuando descubren que también pueden aprovechar sus encantos y vivir por unas cuantas horas la aventura de ser atendidas, protegidas y eyaculadas por distintos machos, calmando con ello sus ansias de poliandria, entonces empiezan a darse el gusto cada que pueden: he ahí el porqué la promiscuidad es pareja.

Si la infidelidad aterroriza y se condena es porque presagia abandono. La mayoría de los hombres son infieles sin pensar en abandonar a sus parejas; en cambio, la mayoría de las mujeres engaña planeando dejar a sus hombres: la naturaleza de sus fines lo determina.

El mecanismo de defensa primigenio que nos azuza a ponernos paranoicos ante el mínimo indicio de infidelidad inminente se activa porque, por un lado, las mujeres no quieren que las dejen botadas con todo y chiquillos, mientras que los hombres no queremos chambear de oquis para escuincles que no contengan nuestros genes. Tan simple como se oye; de ahí que las relaciones fruto de la atracción natural para pronto las convirtiéramos en grilletes de posesión y exclusividad, y peor tantito: que permanezcamos encerrados bajo los esquemas oficializados de amor carcelario que se construyeron sobre los cimientos de esa sujeción irracional. Así que, ¿no podríamos mejor mirar por encima del hombro a ese mecanismo genético cada vez que intente flagelarnos, sin hacerle caso y emitiendo una sonrisa pícara para continuar con el mentón en alto y la emoción intacta?

¿Para qué colmarnos de pesares si de cualquier manera nuestras vidas son idénticas a las de las cucarachas? Ellas –casi siempre en pares- buscan entre las tinieblas un lugar suficientemente oscuro, cálido y húmedo para dejar sus huevos, pretendiendo así que sus crías logren sobrevivir cerca de donde puedan encontrar alimento. Igualmente las familias humanas se arrinconan en casas y envían a sus hijos a colegios con tal de que ahí crezcan, se agrupen y se entrenen para posteriormente obtener alimentos y otras frivolidades; en ambos casos, después de cumplir la entrega de estafeta de La Vida, sólo queda esperar el pisotón de la muerte… no importa cuánto tarde.

El propósito del ser humano, el fin concreto, después de encauzarse hacia la reproducción y una vez cumplida la paternidad, es poder morir con la serenidad, o inclusive la placidez, de pensar que sus procreaciones –hijos, nietos, etcétera- cuentan con los aliados necesarios para lograr su supervivencia; dichos aliados pueden ser: suficiente dinero, linda pareja, buenos amigos, poder, bienes materiales, un oficio sin mucho riesgo y buena fama pública; idóneamente todo a la vez. Por eso a sus descendientes intentan “educarlos”, o sea: a su entender les dan tips para que alcancen esas metas, esas garantías fantasiosas de supervivencia que a ellos les permitirían el anhelado R(est). I(n). P(eace).

Pero para que los padres se convencieran de que esos tips mágicos contenían los mensajes óptimos, los consejos perfectos y en conjunto resultaban el mejor legado que podrían proporcionarles a sus hijos, tuvieron que haber creído al cien por ciento en que aquéllos condensaban valores inobjetables, valores que a su vez les fueron transmitidos por sus respectivos padres y que circularon como dogmas sociales en la época en que se desenvolvieron (en forma de tips/educación, por supuesto).

Muy probablemente cada generación no aplicó esos valores en su vida cotidiana; pero como creyó en ellos con firmeza, entonces seguramente sí se esforzaron en aparentarlos al menos de dientes para afuera, lo cual siguió preservándolos inalterables, irrefutables, intactos; y es así como los infaustos valores se convierten en expectativas hacia los vástagos (la fórmula está fácil: valores heredados + expectativas a descendientes = a tips/educación por infundir).

En otras palabras, el mentado éxito, la autorrealización, la pretendida elegancia, el allegamiento de buenas relaciones, las ambiciones incesantes, la moral, la fe y todos los demás tips que una generación recibió con respecto a cómo vivir se lo hereda a la siguiente… arruinándola con las mejores intenciones. Y llevamos milenios repitiendo la misma fórmula.

Sobrevivir es lo único que hacemos… sobrevivir lo más posible… hasta el final… hasta no ver que hijos, sobrinos, nietos y bisnietos a su vez garanticen la supervivencia de sus respectivos continuadores. Pues cucarachas, humanos o mosquitos sólo somos eso: continuadores. Únicamente somos vida en curso, como en cualquiera de sus otras formas.

Si aventuráramos una observación distante de la vida en la Tierra, desprejuiciada y virginal, advertiríamos que todo es puro movimiento: de cuerdas, de átomos, de bacterias, de insectos, de animales, todo en agitación, todo en licuación, en reacomodo sempiterno, inútil, todo en explosión, en impactante revolución.

Concedo, por cierto, que me he conmovido cada una de las veces que he pillado (bajo el lavabo, junto a la coladera de la ducha y en el patio) a una cucaracha viva justo al lado de otra que maté previamente o que yace ahí debido a que se volteó por bruta, lindo gesto con el que la vivaracha firma su sentencia de muerte pues facilita su ejecución; y tanto o más me sacude, hasta erizarme la piel de los brazos, cada que he sabido de parejas humanas solidarias al extremo de que la vitalidad de uno de ellos se extingue cuando el otro la pierde.

 

La felicidad constable de las mujeres no es superior hoy día de post-feminismo que en los tiempos en que se pactaban los matrimonios. Para una mujer sentirse feliz en pareja siempre ha sido, en los hechos, una mera decisión; decisión que mana de creerse feliz; y el creerse feliz es resultado de ver cumplida la lista de condiciones -preferiblemente al pie de la letra- estipuladas en el esquema de vida conyugal feliz que cada una haya adoptado según testimonios familiares, ejemplos de primera mano, charlas de café descafeinado, telenovelas, teleseries, chick flicks, baladas pop y bestsellers a los que hubiera estado expuesta a largo de los años. Y la única diferencia entre el Antes y el Ahora radica en que el esquema de vida conyugal feliz anteriormente se centraba en la imagen moral que la pareja debía mantener ante la sociedad y hoy se sienta en que no queden incumplidos cada uno de los deseos, caprichos, curiosidades y antojos que las féminas colecten del mundo global.

Hasta hace algunas décadas, una mujer casada podía compararse con las demás señoras de la colonia, y allí quedaba la cosa; podía llevar el registro de los destinos aciagos de cada una de sus vecinas y conocidas, de sus cuernos bien puestos, de sus carencias y humillaciones, sus golpes de suerte y alegrías, y de ahí no pasaba: podía sentirse bien porque simplemente era una más, “normal”, con su propia cornamenta, sus penurias, vergüenzas y también con sus eventuales motivos para festejar, reír y presumir.

Si querían desquitarse, la revancha se complicaba: no podían verse con un hombre a solas sin correr el riesgo de desatar maledicencias, y tampoco era tan fácil comunicarse por teléfono pues la interconexión fija, entre casas, implicaba un peligro alto de concitar sospechas. Así que bien podía transcurrir el tiempo: las demás señoras seguirían ahí, iguales, envejeciendo ellas también, no pasaría nada y no habría por qué desesperarse; podían hornear más pan, regar las plantas, contemplar la puesta de sol, planchar, leer y caminar con el sereno del amanecer.

En cambio ahora no hay tregua ni descanso. Por ejemplo, según una encuesta efectuada en España, 80 por ciento de las mujeres casadas acepta que coquetea en el trabajo. La tecnología, las redes sociales, la panacea de la vida profesional, la múltiple oferta de canales de televisión, la inacabable producción de películas y la obligación dogmática de acudir a fiestas y antros someten a cada individuo a medirse contra el resto del mundo, y ya no a un entorno limitado: Oficios, fenotipos, hábitos, costumbres, adicciones, recreos, parafilias, artes y deportes que alguien de un lado del planeta ni siquiera hubiera aventurado que existían en el opuesto, se transforman de súbito en un pendiente por experimentar.

Toda fijación o predilección anidada culturalmente proviene de una razón biológica que a todas luces puede parecer inescrutable. El cielo es azul porque es el único color que resiste la luz; por tanto es el color que, de entre todos los que hay en la Tierra, se le devuelve a la estratósfera y el mar a su vez lo refleja. Las rayas de las cebras destantean a los leones, que ven a blanco y negro. Las yemas de los dedos se arrugan al contacto con el agua precisamente para volverse antiderrapantes y así poder sostener objetos mojados. La tradición de llevarles rosas a las damas se remonta a los tiempos de la recolección, cuando entregarle flores a la hembra valía como promesa pues era la fragante y colorida evidencia de que permanentemente el macho estaría atento para detectar los frutos más vistosos, los más bellos, los mejores, y por ende se los llevaría a casa; y preferimos el sistema métrico decimal porque tenemos diez dedos, lo cual ayuda a nuestra noción espacial. Efectos fisiológicos como la excitación producida por alcohol, estupefacientes, enervantes y psicotrópicos pronto se entienden gracias a argumentos trillados como el aumento de temperatura o la relajación, la irrigación, la serotonina o la dopamina… Pero otros no suelen ser aclarados. El prurito tan difundido de que a las mujeres les excitan los falos grandes se explica en función de que en sus entrañas sienten que llegan más adentro, lo cual da la impresión de garantizar el éxito indudable de la inseminación. Los dotados van por el mundo creyéndose efectivísimos para preñar por el sólo hecho de poder depositar su semen en un punto más arrinconado y los demás tenemos que vivir resignados a supuestamente dejar el esperma apenas en el recibidor.

Asimismo, instintivamente muchas mujeres disfrutan del sexo rudo, fuerte, gozando que las agiten, carguen y zarandeen con brusquedad porque así presienten que serán bien protegidas por ese macho (intuyen que “es natural que sean los individuos más brutales y crueles, los que disponen de mayor potencial de agresividad, los que sobrevivan en mayor número a una sucesión de conflictos de larga duración y transmitan su carácter a su descendencia”, anota Houellebecq); en consecuencia corren el riesgo de que ese mismo hombre use dicha fuerza pero en su contra. Se excitan como nunca, se sienten seguras con ellos, y tarde o temprano terminan golpeadas. “Me gustas hasta cuando te enojas”, alcanzan a revelar despistadamente algunas.

 

Durante siglos, el cuestionar la estructura hegemónica de vida, tan férrea, moralina, incontrovertible y prácticamente universal, bastaba para que pudiera considerarse como un acto sano de rebeldía. Sin embargo, hoy día la cruzada es más difícil: Como la actualidad registra una gran diversidad de modelos de vida (matrimonios gays, “amor libre”, swingers, entre muchos), se cree que ya no hay imposición cuando en realidad es peor, porque para rebelarnos necesitamos combatir más paradigmas -que sus adeptos forjaron igual de impositivos, fundamentalistas- si no queremos terminar abducidos por ellos. Antes, pues, podíamos identificar a un solo tirano; hoy son numerosas las pequeñas dictaduras que instalaron los guerrilleros.

A los que en su momento mandamos al carajo a los padres nos queda la tranquilidad de no tener que soportar a nadie, contrario a los obedientes y los adaptados que hasta el fin de sus días aguantan a cualquiera sin chistar. Pero es tras mandar al carajo lo que constituyó el amaestramiento familiar, o sea lo que creímos que debíamos mostrarle a la sociedad, cuando se detona el verdadero milagro: el estado de ánimo se separa de la circunstancia que te rodea y se hace la felicidad.

Cuando al fin ya no tienes o por fin decides que no te debe importar quién o quiénes (llámese madre, esposa, amantes, hermanos, abuelos, fans o “posteridad” alucinada) califiquen tu supuesto “éxito”, entonces ahora sí “finalmente” ya no tienes de qué ocuparte más que de tu pura, llana, simple, absurda y total existencia.

Ilumínate a ti mismo con vida, con amor; ilumínate a ti mismo con memorias. Como vamos, olvidaremos el dolor; encontraremos la vida otra vez, reza una canción japonesa.

Y pese a todo, lo más triste es que el mundo seguirá funcionando de la misma manera.

No importa que se insista en que todas las preseas sociales que salimos a recolectar tienen como propósito obtener sensaciones básicamente de salvaguardia, de todos modos nos ponemos en riesgos citadinos, nos subimos a aviones y nos trasladamos en automóviles –la verdadera mayor causa de muerte-, nos hacemos enemigos, peleamos contra todos, defraudamos confianzas, explotamos a los que se dejan y coqueteamos sin parar, paradójicamente para sentir que los próximos episodios de nuestras vidas estarán asegurados: para estar “serenamente” casados y en pos del aumento, para comprar otro coche, para abonarle a la hipoteca de la casa, para ir ahorrando lo de la universidad de los hijos y hasta para terminar de pagar los féretros. ¿No es increíble? La felicidad es sentirnos a salvo, y acompañados por personas queridas y confiables nos sentimos más a salvo aún. Pero el colmo es que nos la pasamos arriesgándonos para cerrar el círculo.

El problema es que el frenesí de la productividad y la independencia ya permeó a las mujeres actuales y es por eso que culpan a sus hombres de sentirse “estancadas”, de “frenar” sus “posibilidades”, y aun después de lanzarse al ruedo terminan creyendo que el mundo no les hizo suficiente justicia; no toman en cuenta que los hombres podemos organizarnos en diversos niveles jerárquicos enmarañados (el rico, el cumplido, el galán, el palero, el valiente, el culto, el desinhibido, el reflexivo, el servicial, el fantoche, el ocurrente, el leal, el revolucionario y el genio), pero ellas no porque todas al mismo tiempo quieren ser La Reina-Presidenta-Estrella Pop-Actriz-Atleta-Jueza-Matrona-Princesa-Única Diferente Y Centro de Atención Absoluta, sin tonalidades ni escalas de grises, ambición que antes ellas vivían, reitero, dentro del sigilo de sus hogares, comparándose apenas con conocidas, familiares y vecinas, y con el descargo de pensar que la suerte dependía de sus maridos, exculpando así a sus propios egos y conciencias.

Pero ahora todas quieren salir a sumarse a la vida zombi: a perseguir el dinero, a esclavizarse en pos del “éxito” sangriento, a atacar y ser atacadas, a vivir mecanizadas y deshumanizadas como nosotros los varones, igualmente inmersas en la guerra de egos, imposiciones y grillas que es el pan de cada día tanto en la más pequeña empresa como en el emporio supuestamente más glamoroso. ¿El saldo de esto? Exactamente el estado actual de las cosas.

 

Hace mucho que los significados que condensa el dinero no están al servicio a los humanos, sino al revés: secuestra nuestras voluntades y maldice nuestras vidas.

De por sí, no deja de ser increíble ver las mansiones más lujosas con cercas electrificadas, cámaras de seguridad, bóvedas, cajas fuertes, habitaciones de pánico, escoltas y sistemas de alarmas conectadas a celulares y estaciones de policía. ¿O qué decir de tener que trasladarse en un auto blindado? Yo, que no tengo nada que atraiga a los ladrones, vivo tan tranquilo y no me resulta atractiva la idea de ser propietario de una finca repleta de joyas, aparatos electrónicos de punta y ornamentos accesibles sólo en el mercado negro asiático, nomás para esperar muerto de miedo el mal día en que se metan a saquearla.

Todo lo hemos entendido mal hasta la fecha; todo lo que creemos del proceso evolutivo está torcido. La vida es exactamente lo contrario de lo que nos han dicho.

Hay que destruir todas las nociones que nos impusieron, los paradigmas que nos siguen refregando, los referentes que hemos ido recogiendo a ciegas.

Difunde Stephen Hawking en El Gran Diseño: “El universo apareció espontáneamente, empezando en todos los estados posibles, la mayoría de los cuales corresponden a otros universos. Mientras que algunos de dichos universos son parecidos al nuestro, la gran mayoría es muy diferente. Las irregularidades del universo primitivo son importantes porque si algunas regiones tenían una densidad ligeramente mayor que las otras, la atracción gravitatoria de la densidad adicional habría reducido el ritmo de expansión de dichas regiones en comparación con las de sus alrededores. Como la fuerza de gravedad va agrupando lentamente la materia, puede llegar a conseguir que se colapse para formar galaxias y estrellas que pueden conducir a planetas y, al menos en una ocasión, a humanos. Si la energía total del universo debe permanecer siempre igual a cero y si cuesta crear un cuerpo, ¿cómo puede ser creado de la nada todo el universo? Es por eso por lo que se necesita una ley como la de gravedad. Como la gravedad es atractiva, la energía gravitatoria es negativa: debemos efectuar trabajo para disgregar un sistema gravitatoriamente ligado, como por ejemplo la Tierra y la Luna. (…) Pero antes de que la energía gravitatoria negativa pueda superar la energía positiva de la materia, la estrella se colapsará a un agujero negro, y los agujeros negros tienen energía positiva. Es por ello por lo que el espacio vacío es estable. Cuerpos como las estrellas o los agujeros negros no pueden aparecer de la nada. Pero todo un universo sí puede. En efecto, como la gravedad da forma al espacio y al tiempo, permite que el espacio-tiempo sea totalmente estable pero globalmente inestable. A escala del conjunto del universo, la energía positiva de la materia puede ser contrarrestada exactamente por la energía gravitatoria negativa, por lo cual no hay restricción a la creación de universos enteros. Como hay una ley como la de gravedad, el universo puede ser y será creado de la nada. La creación espontánea es la razón por la cual existe el universo. No hace falta invocar a Dios para encender las ecuaciones y poner el universo en marcha. Por eso hay algo en lugar de nada, por eso existimos.”

Todo lo que ocurre en la materia gris es reforzamiento de métodos, un reforzamiento iónico, en el que cada quien se hace una idea de algo, toma referentes, paradigmas, esquemas, muchas veces inculcados, otras tantas inextricables, luego se construye nociones –de moral, de lo que es valioso, de cómo deben ser las cosas, de cómo se explica lo que ve-, y todo lo que derive de ellas continuará dibujando su interpretación de la vida, prefigurando sus reacciones, convirtiéndolo en un engrane que operará en la medida en que otros encajen o no con sus formas y a lo que en conjunto consideren y llamen funcionar (no por nada canta Drexler: “el mundo está como está por culpa de las certezas”).

Una prueba de esto es que –y cada quien repase el historial de sus actos para que compruebe que es irrefutable- no “aprendemos a tomar decisiones”: tomamos decisiones y después aprendemos a vivir con ellas; en ese orden y no al revés.

Creemos que nos preparamos para tomar mejores decisiones a mediano plazo, para actuar como superhombres en el futuro, y sin embargo las decisiones vagas, explosivas y espontáneas que vamos detonando trazan nuestros destinos -codo a codo con las situaciones que nos son ajenas-, y son éstas finalmente el germen de las justificaciones, adaptaciones y adecuaciones de sea lo que sea en que nos hayan convertido.

Entre más tarde una persona en darse cuenta que es mentira que haya un “Dios” estilo Santa Claus gobernándolo todo y echándole ojo a cada uno de nosotros; que es mentira el amor (ya quedamos: como pasión durable), mentira la viabilidad de la monogamia y la fidelidad, y de una vez también que es mentira el supuesto desinterés de las amistades, más tardará en descubrir la felicidad verdadera: en la que la asimilación de la soledad, la resignación al envejecimiento, a la enfermedad y a la muerte para entretanto no dejar de tener presente la inminencia de que perderemos a los que queremos y así entregarnos a ellos sin reservas antes de que eso suceda, lo cual permite el deleite de casi todo lo que nos depara este caos caníbal, este Apocalipsis salvaje que nos hace pensar que es equilibrio.

Y la solución no está en el retorno a la Edad Media, sino en entender -de manera genuinamente progresista-, para empezar, que los humanos no somos “animales sociales” como establece el dogma. ¡Mentira! Si así fuera, cada quien aceptaría de buena gana su rol dentro de la comunidad sin quejas, envidias ni codicias. En realidad somos animales solitarios, y es por eso que somos miméticos, que nos la vivimos remedándonos. Desde nuestra condición solitaria, individual, observamos la interacción ajena y aspiramos a ser parte de ella; sin embargo, todos experimentamos exactamente lo mismo, todos parejo, rodeados y solos como en La Casa de los Espejos. Entonces, una vez entendido esto, la primera solución es que deberemos aislarnos más.

Prueba de que las congregaciones y los consensos no han sido la panacea es que cíclicamente los problemas quieren resolverse con propuestas contradictorias: En algunos temas lo que se dice que falta es “coordinación”, como entre corporaciones policiacas, entre municipios, partidos y países; mientras en otros se insiste más bien en el “deslindamiento”, ya sea por conflicto de intereses, multipropiedad, monopolios, o para preservar la autonomía de dependencias y comunidades. Era tras era ha sido lo mismo: uniones (imperios, dictaduras, cruzadas, califatos) contra separaciones (democracias, derechos civiles, sectarismo, sindicatos), y viceversa: acuerdos para llegar a coordinaciones y acuerdos para llegar a deslindamientos, imponiendo unos u otros y luego sustituyéndolos por el contrario, ¡cuando lo único que pasa es que simplemente no podemos conciliarnos! Es hora de cambiar el modelo y darle la oportunidad al aislamiento.

Así, el futuro que nos espera se vislumbra interesante: Como pronto la interconexión virtual estará totalmente extendida y será cien por ciento funcional para el intercambio de ideas, plataformas, negocios y entretenimiento, y las actividades que requieren la interacción en persona se irán reduciendo a las mínimas indispensables que involucren el contacto con productos y materiales, entonces buena parte de la sociedad trabajará desde su casa, y desde sus monitores elegirán a quién conocer personalmente (como ya está ocurriendo); y como para ese momento el mito del amor se habrá derrumbado, las ansias de esclavizar sentimentalmente a otro ser humano se encontrarán por lo general suficientemente moderadas, de modo que los desfogues sexuales se consumarán sin tantos pruritos.

Trabajarán en casa, estarán aislados, periódicamente follarán con variedad y sin apegos, y en la vida real habrá menos contacto, y por lo tanto menos daño y menos violencia… aunque ese belicismo seguramente será muy intenso en el mundo avatar, en la “blogósfera”, en el terreno virtual de nuestra vida pública, que psicológicamente tendrá consecuencias fatales, pero por lo menos las calles estarán en paz.

 

La inminente inmortalización gradual del ser humano deparará escenarios increíbles: por culpa de, o gracias a los milagrosos adelantos de la ciencia, quienes hoy día son niños ya tienen una esperanza de vida de ciento cincuenta años… salvo por accidentes o el otro resultado de los avances científicos: los cánceres fulminantes debido a la ingesta de medicamentos y conservadores, y a la combustión de fósiles en el ambiente. De ahí en delante ya no habrá límite: prótesis, transplantes, regeneraciones, diseños genéticos, cultivos de células madre, todo = a perpetuación.

Las próximas generaciones entenderán que todas las fuentes de placer, euforia y sensación de bienestar son viles anzuelos íntimamente relacionados con la aspiración a la supervivencia que lanzan los genes raptados al servicio de La Vida y con la ilusión de la reproducción como extensión de la supervivencia individual; conocerán, pues, la sinrazón natural y sus mecanismos, y lograrán domar dichas sinrazones mecanizadas de sus naturalezas. No querrán vivírsela como orates buscando sentir que los llama a todas horas La Reproducción, como en la Sexocracia vigente, y saboteándola acto seguido como nosotros lo hacemos con condones, parches, chips y píldoras del día siguiente.