La Incertidumbre parte dos. #RodolfoGarcíaMateos

Llega la esperada parte 2 de La Incertidumbre, del pensador jalisciense Rodolfo García Mateos.

 

Disfruten

 

La incertidumbre (Parte 2)

 

 

 

-Podría gritar y llorar, ir a terapia, divorciarme. Podría vengarme, tener una aventura. Eso ayuda. Nos ha ayudado. O podría sólo esperar, ¿no? Esas son mis opciones. ¿Qué? ¿Crees que no quiero seguridad? ¿Una garantía de que siempre conocerás a alguien? ¿De que nunca te dejarán? ¿De que nunca hallará a alguien que le guste más? Te tengo noticias: nunca la tendrás. Lo mejor que puedes hacer es echarle ganas, construir una historia, acumular años, tener hijos, eso ayuda, todo ayuda. Dificulta más el irse. Pero nunca conoces realmente a alguien. Por eso bebo: parlamento de Ira & Abby (2006)

 

 

 

Las experiencias amorosas iniciales, en la adolescencia, son tan gratas porque cualquier actividad detona la emoción de la novedad: ver televisión en la sala de la casa de la novia, charlar en la banqueta hasta tarde, ir al cine o caminar entre besos en el parque (y ni qué decir de las primeras reuniones, cuando aún no se es adulto, en casa sola, con cervezas), cualquier nimiedad se vuelve grande pues llegamos “vírgenes” a esos acontecimientos y nos descubrimos, jubilosos, capaces de vivirlos.

Luego ya nada es suficiente.

De jóvenes, las chicas crean un concepto de hombre ideal que se adapta fácilmente a un estereotipo cualquiera: Cristiano Ronaldo, Leonardo Di Caprio, Taylor Lautner, Robert Pattinson, Channing Tatum… Pero tras años de experiencia en las relaciones, y sobre todo tras haber atestiguado la ambición de todas por figurar por encima del resto, ya no son estereotipos sino listas de características las que exigen que debería tener el merecedor de tal condecoración, inconscientemente para que así sean imposibles de amalgamar en un solo mortal. Y es que, como les incomoda constatar que todas sus congéneres, sin excepción, se sienten igual de grandiosas, cada mujer busca sentirse inapelablemente única a través de un hombre que sea realmente singular.

Los hombres, en cambio, somos nosotros mismos los que divinizamos a cada mujer para así sentirnos ungidos por ella. El que declara “Por ti iría a la luna”, ergo se enaltece: “Soy capaz de ir a la luna.” “Haría cualquier cosa por ti”, da por resultado un: “Si me impulsas, sacaría de mí la fuerza para hacer cualquier proeza.”

Por eso las damas suspiran ante romances cinematográficos o literarios donde el galán es vampiro, ángel, viajero del tiempo, inmortal, salvador del mundo, súper poderoso o inclusive si envejece a la inversa: cada una cree que solamente un varón sobrehumano podría hacer que las demás al fin se rindieran y reconocieran que ella sí es La Sobresaliente. Habrase visto que los hombres necesitemos personajes de féminas sobrenaturales para inspirarnos romanticismo. Uno le declara a la mujer amada –porque de verdad lo cree- que es la “máxima obra de la Creación”, la criatura “más perfecta del Universo”, y uno mismo automáticamente sale ganando con ello al ser merecedor de su cuerpo y compañía. Sin embargo, la mujer sabe que cualquier sujeto, el que sea y cuando sea, le va a decir precisamente que es su “ángel”, que no hay nada más hermoso que ella sobre la faz de la Tierra, que tampoco nada más maravilloso que su pura presencia y que lo es “Todo” para él; por lo cual nunca valorará plenamente el escucharlo de un hombre para creérselo: no. Es así que el hombre encuentra su propia distinción del resto de su género en la mujer, mientras la mujer jamás encuentra la suya…

La fijación de ciertas mujeres por la ceremonia de la boda se entiende en el mismo sentido: Las que tuvieron fiesta de Quince Años ya conocen la sensación de que durante todo un día sean vistas con admiración, respeto y envidia; recibiendo halagos, regalos y piropos. Así las cosas, es lógico que deseen repetir el acontecimiento. Entretanto, a las que no les tocó contar con ese evento, de cualquier manera anhelan su gala equivalente a la Toma de Posesión de la Reina de Inglaterra: siendo las que atraigan todas las miradas, las del vestido impresionante, las que por un rato inolvidable rebajan a calidad de súbditos y espectadores a todos sus familiares y conocidos mientras marchan hacia el altar.

 

Todo ser humano, si pudiera, sería cruel, desconsiderado y déspota; abusaría sin remordimientos y esclavizaría a cuantos alcanzara sin cargos de conciencia. Como la mayoría pronto se da cuenta que eso es casi imposible, puesto que el prójimo lo impide, es entonces que se ven orillados a desarrollar cualidades conciliatorias: las personas se vuelven gentiles, solidarias, respetuosas, lindas. Pero denle a alguien la oportunidad de abusar de otro y lo hará; denle el momento de agredirlo, de humillarlo, y lo hará… y lo seguirá haciendo.

Los secuestros, las mafias, la corrupción, el pandillerismo, la suntuosidad insultante, la miseria dejada a su suerte, la desesperación, la insatisfacción crónica, la infidelidad, la traición, el fraude, la tiranía, todo eso existe porque no hay quien no desee plusvalías para su cuerpo, para su vida. Si la función del Estado es cuidar que no se violenten la propiedad y la integridad de los ciudadanos, y para lograrlo amenaza con mayor violencia y castigo, es porque la ambición es como un espíritu maligno que tiene a cada uno poseído. Pero sin ambición no habría riesgo entre nosotros.

Y que nadie se excluya: todos somos culpables por el estado actual de las cosas. El integrarnos a la orquesta de las ambiciones dócilmente, el participar mecánicamente en la vida tal cual está, sin reflexionar, es lo que le sigue echando brasas al fuego de este infierno.

Todo es cuestión de cambiar nada más unos cuantos conceptos en el pensamiento, remodelar un par de paradigmas que han sido los gérmenes de la putrefacción en la humanidad. Es el punto de partida para que dejemos de ser gallos de pelea que se ponen su propia navaja en la pata, para dejar de ser palomas disputándose una cornisa, es para dejar de ser leones que se comen a las crías de su hembra ajenas a su paternidad, para no ser más hormigas sin antenas en plena lucha libre, para renunciar a querer ser el gorila alfa que pone a todos los demás quietos. Todo se resume en utilizar la inteligencia para ser felices únicamente en calidad de animales omega y listo… como en el ejemplo de González de Alba: “Cuando machos de rana de árbol japonesa (Hyla japonica) croan al mismo tiempo, las hembras no logran diferenciar entre ellos para así elegir al mejor. Por lo tanto, los pretendientes deben lograr un acuerdo y croar de uno en uno.”

 

 

¿Qué nos diferencia realmente de los mosquitos? Al igual que ellos, los humanos nos desplazamos, nos alimentamos, nos guarecemos, molestamos, hacemos ruido y causamos comezón.

Muy bien: resulta, pues, que nosotros podemos matar mosquitos y cucarachas, podemos destazar reses y atrapar liebres; también podemos usar prótesis dentales y sillas de ruedas; además podemos encender ventiladores o calentones cuando la naturaleza nos regatee la temperatura ideal, podemos utilizar electricidad para “suplir al Sol” y así alumbrar las noches, mitigando nuestros miedos y ayudándonos a evitar ataques y amenazas; y por último, también podemos comer bufets de animales variopintos, carbonizados con sazón y sin haberlos tenido que cazar… y sin embargo un simple perro doméstico ladrándonos o pelando sus colmillos en la banqueta bastará para recordarnos, con el sobresalto, que continuamos en la jungla natural.

Radicamos en urbes, las distancias son amplias entre las personas que se conocen, todos necesitan consuelo, se ven orillados a desplazarse en armatostes (aviones, autos, en fin) y a comunicarse a través de aparatos (smartphones, Skype, etcétera). Es deprimente y patético, comparado con la posibilidad de la comunión original en la pradera.

Por más herramientas que hayamos creado, seguimos exactamente igual que en la prehistoria: naciendo, creciendo, reproduciéndonos, muriendo; atacándonos, defendiéndonos, custodiando nuestro territorio, temiéndole a los diferentes; comiendo, enfermándonos, durmiendo.

¿Nuestro gran mérito entonces radica en que la conciencia nos permite vivir más, resolviendo problemas con inteligencia e ingeniándonos alternativas para demorar nuestra expiración? ¡¿Pero para qué carajos pretendemos sobrevivir tanto?! Con la abrumadora tecnología y demás vericuetos desarrollados, todo lo que compone nuestro supuesto mundo solamente sirve como vehículo para que hagamos lo mismo y único que nos es dable hacer: atraernos y reproducirnos. ¡¿Qué más dan los pocos días de un mosquito frente a los doscientos años que durará un humano próximamente?!

Los humanos no hemos evolucionado como se nos hace creer dogmáticamente; la atracción natural de los cuerpos, como sucede entre los cervatillos del bosque o las cebras de la sabana, se mantiene intacta gobernándonos por completo. Trasladar a nuestros monitores ese campo de selección primitiva es precisamente lo que hace el Facebook, por ejemplo. Pareciera que la evolución de las tecnologías, la ciencia, la arquitectura o las vías de entretenimiento, constatan irrefutablemente la evolución de la humanidad. Pero lo cierto es que mental y emocionalmente no hemos avanzado en lo más mínimo. Todo lo contrario: nos la pasamos sumidos en la angustia, en el estrés, en el sufrimiento, en la insaciabilidad, y no sólo no hemos inventado nada que nos alivie, sino que todo lo que nos arrimamos creyendo que nos va a apaciguar siempre resulta que nos hunde más en la zozobra, porque acaba convertido en otra pista más que terminó siendo falsa, otro castillo en el aire, otro señuelo que no condujo al consuelo.

Y es que nadie –pese a que cada uno de nosotros lo intenta a diario- consigue ser lo suficiente como para embonar las expectativas con las que lo presiona el entorno (que a su vez se constituye del conjunto de individuos que se presionan a sí mismos intentando orquestar el espacio que los rodea), a su noción de sí mismo como espécimen; y es así que entonces siempre busca más… más… y más: más de los demás y más del mundo.

La realidad cruda no depara muchas esperanzas para anclarse a ellas, sólo una, y tiene que ver con lo que de verdad importa: la forma de vivir y convivir mientras duramos (total, ¿ya qué?, “ya somos pasajeros de este tren”).

Detengámonos en algunos conceptos que José Antonio Marina incluye en su Teoría de la inteligencia creadora:

“La inteligencia humana es una inteligencia animal transfigurada por la libertad. La inteligencia creadora obra haciendo proyectos. El más arriesgado proyecto de la inteligencia es crear un modelo de inteligencia, es decir, de sujeto humano, es decir, de humanidad.

“La subjetividad humana, libre y creadora, contemplada como ideal, y proyectada como máximo despliegue de la inteligencia, talvez pueda servirnos como criterio último de nuestro comportamiento, incluido el de nuestra inteligencia.”

“La manera más inteligente de ser inteligente es crear la dignidad humana como proyecto supremo.”

Así que ahí está: en esencia, exactamente la misma peculiaridad que nos amarga la existencia es la que puede salvarnos. Esa facultad para vernos haciendo algo diferente, viviendo otra circunstancia, en otros escenarios o experimentando otras sensaciones, que es la causa de la mayoría de las frustraciones que nos embargan, de la tristeza y la desesperación, también nos abre la posibilidad de conducirnos como especie adonde nos lo propongamos.

Qué lástima que tal proyección no pueda darse en tanto sigamos gobernados ciegamente por los automatismos de nuestras biologías. Pero lo cierto es que basta comprender esos automatismos para salir de la ceguera y rebelarnos en su contra, que es justo a lo que nos reta el etólogo Richard Dawkins en El gen egoísta, el mejor retrato textual del tema que nos concierne:

“Las máquinas de supervivencia empezaron como receptáculos pasivos de genes. Sólo podían otorgar algo más que una membrana para protegerlos de la guerra química desatada por sus rivales y contra la devastación provocada por un bombardeo molecular accidental. En aquellos tempranos días se ‘alimentaban’ de moléculas orgánicas que se encontraban a libre disposición en el caldo. Esta vida fácil llegó a su término cuando el alimento orgánico que se encontraba en el caldo, que se había formado lentamente bajo la influencia energética de siglos de rayos solares, fue utilizado en su totalidad. Una rama mayor de dichas máquinas de supervivencia, hoy denominadas plantas, empezó a utilizar directamente la luz solar con el fin de construir complejas moléculas a partir de moléculas simples, realizando nuevamente, a una velocidad mucho mayor, el proceso sintético del caldo original. Otra rama, hoy conocida con el nombre de animales, ‘descubrió’ cómo explotar los trabajos químicos realizados por las plantas, ya sea comiéndoselas o comiendo a otros animales. Ambas ramas principales de máquinas de supervivencia perfeccionaron, más y más, ingeniosos trucos destinados a aumentar su eficiencia en sus diversos tipos de vida, dando así origen a continuas formas de vida. De tal forma evolucionaron sub-ramas y sub-subramas, cada una de las cuales se distinguían por una manera particularmente especializada de ganarse la vida: en el mar, sobre la tierra, en el aire, bajo tierra, sobre los árboles, dentro de otros cuerpos vivientes. Esta división en subramas ha dado origen a la inmensa diversidad de animales y plantas que hoy tanto nos impresiona.

“Tanto los animales como las plantas evolucionaron hasta tener cuerpos formados por muchas células, copias completas de todos los genes que fueron distribuidos a cada célula.

“Los cuerpos pueden ser colonias de genes, pero en cuanto a su comportamiento se refiere han adquirido, indudablemente, una individualidad propia. Un animal se mueve como un conjunto coordenado, como una unidad. La selección ha favorecido a los genes que cooperan unos con otros. En la feroz competencia por los recursos escasos, en la lucha implacable para devorar a otras máquinas de supervivencia y para evitar ser comidos, sin duda existiría un interés para la coordinación central más bien que una anarquía dentro del cuerpo comunal.

“Los animales se han convertido en activos vehículos buscadores de genes; máquinas de genes. El comportamiento característico, según emplean el término los biólogos, es determinado por su rapidez. Las plantas se mueven, pero muy lentamente. Cuando se aprecia su movimiento en películas pasadas a alta velocidad, las plantas trepadoras parecen animales activos. En su mayor parte el movimiento de las plantas es, realmente, su irreversible crecimiento. Los animales, por otra parte, han desarrollado formas de movimiento cientos de miles de veces más veloces. Más aún, los movimientos que realizan son reversibles y repetibles infinitas veces.”

 

Puesto que somos máquinas secuestradas por “intereses” genéticos indomables -o construidas expresamente para obedecerlos-, no deberíamos armar tanto drama cuando se susciten las infidelidades. No cualquier ser humano cuenta con la suficiente madurez y valentía para asumir una separación repentina, y menos aún –pa’ acabarla de amolar- imputándose el peso de la culpa ¡por haber seguido sus instintos!, así que muchas parejas bien podrían conservar la relación que se han labrado tierna y exitosamente pues la convivencia cotidiana con una adecuada conexión mental y emocional no florece con facilidad.

Pero lo que a todas luces resulta desmesurado es que se crea por todas partes que un desliz sexual conlleva un ultraje tan grande, una humillación tan sanguinaria, al grado que la víctima debe penalizar a su pareja con el alejamiento y el desentendimiento por el resto de lo que les quede de vida: sin más conversaciones, sin más conciertos en compañía, sin más películas compartidas, sin más comidas juntos… desapareciendo el uno para el otro.

Y por supuesto que no me refiero a que intenten seguir la absurda idea femenina de transformar la relación de pareja en “amistad” asexual tras las infidelidades descubiertas. Entiendo que a las mujeres, intuitivas con respecto a que nos desplomamos sin ellas, tiende a dificultárseles sobremanera el no darnos por lo menos un seguimiento somero para poder tranquilizarse verificando cíclicamente que nos encontramos con bien, pero por lo mismo el desafío debe ser el que cuesta: comprender los impulsos y las necesidades psicológicas que llevaron al uno o al otro a engañarse, y no obstante seguirse dedicando la atención apasionada que merecen sus respectivos cuerpos. Pues aunque a veces se crea que lo mejor que una persona tiene para ofrecer es su mundo mental, todos sabemos que lo que realmente necesitamos más es sentir que nuestro cuerpo es apreciado por otro al que a su vez valoramos. Sólo en raras ocasiones dos mundos mentales convergen creando un mundo aparte colmado de comunión, un universo pletórico de referentes compartidos, cuya existencia vale la enorme pena preservar más allá de la decrepitud y la caducidad de los cuerpos; esas raras excepciones, acaso, son las que accidentalmente han fomentado la ficción y el ideal del amor –desapasionado, prácticamente asexuado, claro, pero al fin:- perdurable.

Y esa es precisamente la razón por la que entonces mejor deberíamos llamarlo “cariño”. Cariño perdurable. Porque eso es lo que en específico puede llegar a darse: cariño; y acaso, con suerte, cariño perdurable. Nada de “Pasión Eterna” ni “fueron por siempre felices”: Cariño Perdurable.

Lo máximo que con el paso del tiempo puede instaurarse en el nido de la pareja es una cotidianidad apacible, sin demasiado odio asociado a la persona que encarna y simboliza el sofocamiento del apetito sexual que implicó la monogamia forzada, y cuyo rostro no dejará de representar el obstáculo que impidió disfrutar sexualmente a otros cuerpos.

La clave está en no esperar sorpresas. Es fuente de paz saber que tarde o temprano todas las parejas, por más eufóricas que lucieran en un momento dado, se hundirán en las mismas tribulaciones, en los mismos pantanos, resignándose a “una ternura fraternal enmohecida por la rutina”, pero talvez asimismo proporcionándose el amor genuino: que únicamente consiste en procurar y ocuparse del bienestar primario de otro ser humano.

Bien visto entonces, eso de decretar Separación Irrevocable por causa de infidelidad no es más que una tradición secular, un fallo considerado dizque “por consenso” que es el procedente porque así lo establece la “ley” de la inercia histórica, cuando en el fuero interno todo mundo sabe que la condena al hielo vitalicio es demasiado categórica, demasiado severa, en función solamente de que el agravio presagió un abandono que muy probablemente ni ocurra, y porque pone en entredicho la suficiencia de un cuerpo para satisfacer a otro, falacia de la que deberíamos desengañarnos desde chiquillos; y para acabar pronto, porque no hay quien no conozca de primera mano la ingobernabilidad de su propia carne a la mínima atracción.

De hecho, los únicos hombres fieles son los fieles a la fuerza: los que están tan jodidos, de aspecto o autoestima, que no pueden ser infieles porque nadie los pela.

El romance es el impulso de renunciar a todo por una sola persona. Lo que sigue es querer recuperar algunas libertades sin perder a la pareja. El resto es la mina inagotable de gratas e ingratas sorpresas que brinda la inercia de dos vidas al coexistir.

 

El control sobre la pareja es parte de la representación que cada individuo aspira a ofrecer de sí mismo. Ciertamente la mayoría de las discusiones, las reprimendas y los chantajes se derivan de que uno de los dos sintió comprometida su imagen con el comportamiento del otro (“¡¿Tenías que alburear a mi jefe?! ¡¿Cómo crees que me hiciste quedar?!” “¿Y tú, por qué te la pasaste riéndote de todo lo que él decía? Parecías una hiena y se nota que se gustan. ¡¿Cómo crees que me haces quedar tú a mí?!”).

El Dalai Lama tiene una breve parábola para entender la esencia del problema, que va más o menos así: Un cliente entra a una joyería y elige un reloj; si éste se le cae al dependiente, el cliente no va a sentir ningún estremecimiento por el objeto; pero si el reloj se le cae después de haberlo comprado, ya en la calle, va a lamentarse terriblemente. La razón: porque lo siente suyo… Así que según cuánto dejemos que el ego nos arrastre, en eso radicará la levedad o gravedad que le confiramos a cada asunto.

Si la súper inteligencia de nuestros maravillosos cerebros surtiera un poquito de efecto en el control de las emociones, rápidamente podríamos desengancharnos y recordar que los actos de otra persona (sea pareja, hijo, hermana, empleado, amigo o lo que sea) en ninguna circunstancia los absorbe nuestra imagen: cada cual la suya. Y sin embargo la obsesión por vivir entregándole nuestra imagen al mundo -tal como la mascota que realiza la más aplaudida de sus gracias en cuanto ve llegar visitas- hace casi imposible desmarcarse de la inflación o devaluación que creemos que a ésta le propina la pareja según su aspecto, actitud, desenvolvimiento, vestuario, temática, optimismo, pesimismo, coquetería, calidez, frialdad, respeto y contención.

El asunto es que en épocas anteriores, con el hombre supuestamente sin salir del trabajo y la mujer en la casa todo el día, las parejas podían sentir (talvez de manera equivocadísima) hasta cierto punto bajo control lo que cada uno de los dos estaba haciendo, con lo cual podían mantener una relativa y muy figurativa vigilancia de la parte de imagen suya que se encontraba en la embajada del otro; pero ahora con el vértigo citadino y la tecnología omnipresente, la frustración y la reprobación es pan de todos los días; pues por ejemplo, mal acaba de poner él algo en su muro cuando ella ya se indignó, y mientras tanto ella ya saludó de manera indebida al ex novio que se topó en el Starbucks, cosa que un testigo ya le notificó a él en segundos por medio de su smartphone, hasta con foto…

No hay antídoto contra la obcecación generalizada por diseñar la representación de nosotros mismos -tristemente basada en los parámetros de lo deseable que por herencia nos impusieron y que siguen refrendándose de manera irracional en esta sociedad homogeneizada-, en la cual a fuerza deben ser parte integral nuestra pareja, nuestras posesiones, el estado de nuestros cuerpos, nuestra circunstancia, e incluso nuestro entorno. ¡Como si realmente algo fuera nuestro! ¡Como si pudiéramos controlar algo! ¡¿Hasta cuándo entenderemos que no tenemos nada y no podemos controlar nada?! Y todo este desastre debido, exactamente como en el caso de las mascotas, a que vivimos coaccionados con la esperanza de que habremos de obtener una recompensa, un premio; pero ese premio nunca aparecerá, o al menos no para quedarse.

Es así como jamás podremos entregarnos a la satisfacción plena mientras nos la pasemos siempre cumpliendo nuevas “metas” y empecinados en hacer la siguiente modificación a nuestra imagen esperando que ahora sí, al fin, los demás nos vean como lo soñamos. Las metas cumplidas ofrecen una borrachera, con su resaca efímera, y enseguida pierden todo sentido porque nadie está para andar celebrando victorias ajenas, más bien todos están encerrados en sus propios proyectos de triunfo, e igual ocurre con la imagen: la razón por la que nunca nos verán como queremos es porque cada quien está enceguecido de sí mismo; lo cual no es para lamentar, sólo hay que recordar que no existe ese imaginario jurado social que algún día nos condecorará honoris causa, y que si eventualmente concitamos -con cualquier mérito- la aparente ovación del prójimo se debe a que seguramente se suponen beneficiados indirectos de lo que hicimos, así sea de nuestro presunto “enaltecimiento” momentáneo.

 

El Principio de todo es la autoestima de espécimen. El mundo se divide en Cristianos Ronaldo y Lioneles Messi: entre quienes quieren refrendar su supremacía y los que buscan superar sus desventajas; no hay más, cada quien encaja en uno de los dos moldes o en una combinación de ambos. Ronaldo, a quien le habría bastado con posar calzoncillos para ser rico, famoso, cotizado y seductor, necesita barrer con todos los gladiadores que se le pongan enfrente en los coliseos futboleros para así sentir que de verdad es un encanto de la Madre Naturaleza; mientras en el caso de Messi el esfuerzo por sobreponerse a su deficiencia de hormona del crecimiento y a sus complejos consecuentes fue tan grande que rebasó al resto de los mundanos en su oficio. ¿Resultado? Los dos mejores futbolistas del planeta.

A partir, pues, del atractivo que nos endilguemos serán los retos que nos pongamos, el nivel de belleza que buscaremos en las parejas y las obsesiones específicas que nos caracterizarán con respecto a cómo queremos ser percibidos por la sociedad.

Se dice, por ejemplo, que Stephen Hawking no era muy aplicado antes de que se le manifestaran los síntomas de la esclerosis lateral amiotrófica; lo que sí es seguro, es que de haber tenido el rostro y el cuerpo de Bradley Cooper, máximo sería Bradley Cooper. Me explico: en caso de verse y moverse como Cooper, quizá se hubiera conformado con –pongamos de nuevo- modelar calzoncillos o talvez se habría vuelto mujeriego y hubiera engordado en tabernas, pero con un esfuerzo moderado pero estable por refrendar su relativa supremacía, como en el caso preciso y en la proporción exacta en que lo hizo Bradley Cooper (intentando ser considerado, además de guapo, buen actor), entonces Hawking sería un equivalente de Bradley Cooper… ¡pero de ninguna manera se habría ocupado, por encima de cualquier otro hombre sobre la faz de la Tierra, de la Física Cuántica, los Agujeros Negros y de la procedencia del Universo de la Nada absoluta si su enfermedad no lo hubiera maldito con la deformidad y confinado a la inmovilidad en la silla de ruedas! Él mismo ya lo sugirió.

A través de todas las virtudes que desarrollamos, pretendemos disfrazar cuán pobres nos sentimos como especímenes.

Los ejercicios para esculpirse, los empeños al vestirse y acicalarse, las aplicaciones de perfumes y bótox, y todos los accesorios, lujos, armaduras, bienes materiales, propiedades, renombre, títulos, diplomas y demás parafernalias que alguien quiera adherirse a lo largo de su vida no reflejan más que su profunda sensación de cortedad con respecto a cómo desea ser visto y considerado; en síntesis, su incapacidad de vivir como va: sin déficit de autoestima.

En los saldos de las autoestimas también inciden la intensidad del cariño familiar, el devenir de la infancia, los abandonos y las tragedias -o la ausencia de éstas-, el contacto personal con la violencia, las locuras con las que hubieran tenido que lidiar y la suerte en la sexualidad. De lo anterior derivarán las nociones que los individuos se construyan sobre los méritos que deben realizar y las gracias que necesitan ofrecer, las fijaciones de posesión que los consternarán y la forma en que canalizarán la resignación y el entendimiento de las pérdidas.

Posteriormente sólo se irán volviendo adictos a la combinación exacta de neuropéptidos secretados a través de las emociones, pensamientos y sentimientos a los que a su vez se fueron acostumbrando. Es decir: así como todas las concepciones proceden del reforzamiento de métodos y por ende la obsesión por los temas hacen a los maestros, y así como se entiende a la perfección que los arriesgados e intrépidos son adictos a las descargas de adrenalina, igualmente los habituados a cualquier tipo de emoción (chantajes sentimentales, bravuconerías, coqueteos, depresiones, corajes, berrinches, imposiciones, sometimientos) serán presas de la necesidad –adicción- de volver a sentir sus mismas descargas una y otra vez; y aunque quieran nulificarlas de un día para otro, no podrán sino hasta desengancharse y suplirlas por otras combinaciones de neuropéptidos derivadas de emociones, pensamientos y sentimientos distintos. De ahí que nadie pueda cambiar de la noche a la mañana.

Esos elementos bastan para comprender plenamente a cada animal humano, pues la bitácora de los antecedentes biográficos hace predecibles con exactitud cada una de sus decisiones. Hasta la más mínima variante en el comportamiento de un ser humano es deducible según el bagaje de su historia personal; todo lo que piensa, todo lo que cree, lo que describe, lo que le abruma, le desploma o le confunde es deducible en función de su entendimiento o su ignorancia de la naturaleza humana, de su autoconocimiento y de cuánto le cueste –por incompatibilidad- hacer encajar a su percepción de la realidad los estándares de vida que le impusieron.

Así, el poder interpretar lo que a cada uno le falta sentir, o lo que le sigue oprimiendo, el porqué de sus fijaciones, de su vehemencia al expresarse, de su irascibilidad o sus miedos, de sus búsquedas y sus frenos, de sus estímulos, cruces, imposturas, llantos y complejos, para poder conectarnos con su estado emocional y ofrecerle consuelo, no resulta difícil: sólo es necesario haber asimilado la lógica de los organismos y su despeñadero de justificaciones ambiguas: la mente humana.

Aunque en eso de entender la Naturaleza hay que tener presente el principio de Heisenberg, que reza: “No deberíamos olvidar que lo que observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza determinada por la índole de nuestras preguntas.”

Como hombre es viable decir que estás “enamorado” de una mujer en cuanto te invade la veleidosa certeza de que ninguna otra te inspiraría tantas ganas de dedicarle más devoción que a ella, con tal de poder seguir contemplándola embelesado. Al derivar dicha “certeza” de descargas hormonales que conducen a una idealización efímera, producto de la orden genética de mantener la mira fija hasta cazar a la presa, entonces nos sentimos minúsculos ante la majestuosidad de la hembra. El asunto es que la descarga hormonal se pasa, la idealización se disipa y luego solamente quedamos enganchados, adictos al efecto de “enamorarnos”, ansiosos por recibir periódicamente esa orden bioquímica explosiva de poner la mira fija hasta cazar y penetrar, y así volver a sentirnos –ad infinítum-, débiles, nerviosos, pequeños y embelesados frente a cada nueva diosa/presa.

El extremo del goce erótico para muchos hombres, vale recalcar entonces, no está en realizar lo más parecido al porno sino en idealizar la posesión de una hembra y saborear la conquista.

Como conquistar es vulnerar un cerco defensivo o apropiarse de un nuevo dominio, podemos asentar que el placer máximo del macho intrépido consiste en lograr la seducción de su presa, bajo el entendido de que seducir es desactivar la resistencia –si la hay- de la hembra.

En la medida en que el macho más quiera imponerse, vencer, humillar y conquistar, mayor será su producción de testosterona y sus ganas de eyacular; y asimismo en proporción a la frecuencia de sus eyaculaciones sobrevendrá la producción de testosterona, y con ella las ganas de imponerse: ese es el ciclo inexorable del animal que no siente la reproducción en su propio cuerpo, y tal frustración la canaliza en pura agresividad. Tan es así que lo único que eventualmente ha detenido y contenido a ciertos hombres de aparearse con alguna hembra en oferta ha sido el miedo o el “respeto” (por igual medroso) que le tuvieran, acaso, al hombre encargado de su custodia: fuera éste el marido, novio, hermano, padre, padrastro o abuelo. Por eso es indispensable que una mujer, en edad de desarrollo, cuente con una figura masculina lo suficientemente respetable, temible, para alejar a los moscardones que la sobrevuelen.

Y mientras el hombre se excita y se emociona con la idea de que podrá preñar a una hembra nueva, la mujer por su parte (exceptuando a las que ejercen el coito como deporte) se apasiona y lubrica, subrayo, cuando el hombre le ha proporcionado la sensación de que habrá de cumplir todos sus requisitos a futuro; goza al sentir que un animal complementario –el cual ella a su vez también puede idealizar en tanto se crea la promesa que éste ofrece de mejorar su vida y reproducción- vuelca sobre su cuerpo, y en el interior de éste, todo el vigor de sus habilidades genéticas, su fortaleza natural y quizás hasta la prueba más pura e inconsciente de considerarla una prioridad por encima de sí mismo. Por eso están en lo correcto quienes afirman que las mujeres nos ven a los hombres más que nada como “proyectos” de certidumbre: para ellas lo que vale es el futuro teórico que supuestamente les concederemos.

 

La selección natural actúa en la atracción tal y como lo hace en la adaptación del cutis al clima: la piel morena surge para soportar el sol y el calor, mientras la blanca se aguanta bajo la sombra y el frío. Por eso los besos son una auténtica prueba, pero al paso del tiempo el organismo se acostumbra al sistema inmunológico de la pareja y la algarabía hormonal disminuye, aunque los besos empiecen a tener significados más profundos y cadencias más sincronizadas. Además, besarse con una persona nueva desata el mayor afrodisíaco, que es el nerviosismo, el cual deja de presentarse en los besos que se vuelven habituales.

La excitación primigenia ya no es posible encontrarla en una relación larga más que en nuevas personas, pero esa excitación es solamente la más reconocible: luego vienen muchas otras formas de excitación que pueden explotarse sucesiva, progresiva y hasta perpetuamente en un amor duradero; nomás no hay que rendirse y tomar la vía rápida.

El verdadero dilema de la vida es aprender a llevarla bien en pareja o sabiamente resignarse y darle la bienvenida permanente a la soledad. O libas gota a gota tu prisión en pareja, o te entregas sin miedo a los vientos de la soledad.

Es lógico que a menor inteligencia -entendida como la capacidad de un individuo para crearse el interés más apasionante por todo lo que le rodea o recuerda, proporcionándose una obsequiosa conversación interior y dejando la opción del aburrimiento totalmente anulada-, mayor necesidad de compañía… así sea a través de las tecnologías o del entretenimiento mediático. E igual de lógico es que en pareja quien menos necesita la compañía, el que menos depende del otro, toma el control y domina: gana simplemente porque no siente que tenga algo que perder.

No obstante, no hay nada más patético que la dinámica en la que vive enfrascada la (inmensa y abrumadora) mayoría de la gente: Si están en pareja se la pasan quejándose los unos a las espaldas de los otros, jurando separación inminente o vociferando acusaciones mutuas de ser el peor error de sus vidas. Y si se encuentran solitarios, entonces se la pasan lloriqueando por no tener a nadie, porque no hay quien los quiera, quien los acepte como son, y porque se sienten desangelados, desafortunados y anormales.

Bien podría todo mundo estar jubiloso con su condición momentánea: si es en pareja, perfecto: hay que agradecer todas las ventajas, la compañía, la solidaridad, la organización de las tareas en común y hasta la posible existencia de ese mundo aparte que acaso lograron crear uniendo sus dos mundos mentales. Si, por el contrario, uno está solo, ¡pues qué mejor!: no hay compromisos, obligaciones, chantajes ni regaños (los cuales necesitan los hombres más infantiles), el mundo está abierto para ligar a diestras y siniestras, para intentar y reintentar, para satisfacerse uno mismo, para empobrecer o no hacer nada, si eso es lo que a uno le da la condenada gana. ¡Ah, pero no!: ¡pareciera que el hobby colectivo es maldecir la situación en la que cada uno se encuentra, sea la que sea!

La tribulación deriva de no decidirse nunca entre una y otra opción y dejarse invadir por la tentación punzante de que quizá sería mejor estar en la situación contraria. Por eso dicha mayoría (quedamos que inmensa y abrumadora) quiere siempre sacar lo mejor de ambos “estados civiles”:

Los casados buscan sentirse como solteros, en la calle, en el trabajo, en los centros comerciales y en los antros; saliendo con amigos, amigas, coqueteando, teniendo amantes o pagando putas. Esa actitud los conduce con frecuencia a anhelar la efectiva recuperación de sus solterías, y con eso en mente –sin intención, de forma inconsciente- boicotean la calidad de sus convivencias conyugales, como intentando poner entre la espada y la pared las ganas de la pareja de continuar con la relación. Sin embargo luego, obvio, les da pánico la alternativa real de separarse y es así como seguirán, inconformes y rencorosos, juntos pero ávidos y rabiosos, haciendo el ridículo como solteros maniatados y a la vez perpetuando sus matrimonios en ruinas. Todo porque los humanos buscamos prioritaria y desesperadamente el “amor estable” para enseguida poder desplazarlo al segundo plano; es decir, para mantener en nuestros cerebritos ratoneros la seguridad de que tenemos quien nos respalde, reciba y consuele… pero para así poder andar por el mundo (trabajando, compitiendo, coqueteando, seduciendo, inventando, luciendo, jugando, apostando y peleando) con la tranquilidad de que las fallas resultantes de los riesgos que tomemos no nos dejarán en la bancarrota anímica.

Si no se quiere caer en eso, nomás no hay que olvidar que lo único que puede mantener y prolongar indefinidamente la ilusión de estar enamorados es el miedo. Sólo el miedo constante, diario, a perder a la pareja nos puede dar ese “extra” –instintivo y omnipotente- para que no se agote el deseo de seguir conquistándola noche tras noche sin privilegiar otros objetivos.

En tanto, muchos de los pocos solteros continuamente les mendigan y actúan mimos y farsas matrimoniales a sus parejas fugaces, esporádicas, y hasta les mienten como mienten los maridos “cumplidos” o los niños “bien portados” –diciéndoles lo que quieren escuchar, ocultando lo que les reprobarían o celándolas como si de verdad fueran a retenerlas-, cuando no tendrían por qué hacerlo puesto que basta una sola pregunta para resolver todo el entuerto: ¿Estoy dispuesto a aguantar a una mujer caprichosa, exigente, berrinchuda y mandona a cambio de que me haga eyacular de vez en cuando?

Porque esa es la única ventaja neta de tener a una mujer de planta, y no es cualquier cosa: saciar la necesidad de eyacular (imagínense la tensión y el coraje que se acumulan en el cuerpo masculino para que salga el disparo por la uretra, en promedio, a cuarenta y cinco kilómetros por hora) es el acto de benevolencia más generoso y altruista del que pueda ser beneficiario un hombre, pues se trata de los únicos segundos en que no nos sentimos muertos en vida: en que probamos la sensación de que somos parte activa de la expansión y retracción del Universo.

Sin embargo, el saldo de mantener cerca a una mujer, y batallarla con la decadencia hormonal a cuestas, nomás para ahorrarnos la dificultad de conseguir eyaculaciones con damas lejanas y aún desconocidas, no necesariamente es positivo: el peor flagelo que existe es vivir para intentar complacer a alguien, y sufrir por los actos de esa misma persona. Y además, digámoslo con orgullo: ¡El amor propio también es una forma de vida!

En conclusión: Si se decide vivir en pareja, no hay que quejarse; y si se decide vivir en solitario, hay que saber gozarlo. Como se oye. Punto.

 

El software infinito que nos hemos creado -religiosidad, entretenimiento, metas, obsesiones, consignas, nociones de las cosas, espectáculos, artes, formalidades, leyes, depresiones gratuitas- nos somete a eludir la confrontación con el instante que vivimos.

Y no conformes, aparte fabricamos un basural de hardware (medios y sistemas de comunicación y transporte, artilugios, gadgets, etiquetas, urbanismo, fronteras, mansiones, video vigilancia, mecanismos de defensa, armas, estadios, burdeles, vestuarios, torneos, dinero, virtualidad), igualmente para eludirlo de nuevo… pese a que cada acto que atestiguamos, cada película, cada noticiario, cada convite, cada partido, nos demuestra la intrascendencia de nuestras torcidas abstracciones y nos recuerda nuestra animalidad irremediable: que nuestros deseos son en realidad involuntarios; que nuestras conciencias son un estorbo; que el comportamiento humano es una red de reacciones empíricas y que la dictadura de La Vida la ejercen las moléculas y los genes.

Los viajes, el conocimiento científico, la cultura, la ficción, la variedad de parejas, de oficios, la experiencia y la experimentación: el contacto con las diversas fuentes de realidad sirve acaso como vía para desenterrar el autoconocimiento y de ahí pasar al verdadero destino, que es el goce animal de la incertidumbre, de nuestra presencia transitoria, de nuestro cuerpo en el espacio que nos rodea, sin más interrogantes ni angustias.

Hasta el momento, vivir es efectivamente seguir nuestros instintos, a veces con, y otras veces sin, miedo extra. ¿Entonces qué sigue? ¡Ahora venzamos la tiranía de la naturaleza y coexistamos eludiéndola!: sólo eso sería la verdadera inteligencia, y exclusivamente una sociedad que viviera así merecería el cacareado vocablo de “humanidad”. El uso de herramientas, por más avanzadas que sean, el desarrollo de tecnologías que nos lleven a una extendida vida virtual, y la prolongación desmesurada que pueden hacer de nuestras existencias la ciencia y la medicina no bastan para que consideremos que nos encontramos por encima de las condiciones naturales a las que estábamos conferidos.

Pero bueno: concedamos por un momento la inferencia –humana, por cierto- de que el homínido es el pináculo de la evolución; concedamos, por tanto, que las demás formas de vida “aspiran” a convertirse en humanos: entonces lo patético es que no le hagamos honor ni justicia a semejante “expectativa” de la Naturaleza… comportándonos como cucarachas. Si incluso los perros, todos los cuales antes fueron lobos, pudieron reducir su salvajismo aunque sea una nonada y amansarse a fin de obtener su alimento mediante una vía más apacible y segura, ¿por qué nosotros no podemos emprender una transformación a la altura?

La vida es una desgracia en tanto no seamos capaces de consumirla abandonando el amaestramiento Premio-Castigo; en tanto no podamos sentirla sin priorizar las percepciones de los demás, sin pasárnosla procurando nuestra imagen viva y nuestra biografía post mórtem.

Si tan sólo se asimilara que el ÚNICO reto de la vida es aceptar de buena gana el cuerpo que nos tocó y conducirlo hacia la enfermedad, la agonía y la muerte, sin frustraciones y sin desesperación, pacíficamente, otro sería el panorama de nuestras existencias.

 

 

 

Rodolfo García Mateos