La Incertidumbre parte cuatro. #RodolfoGarcíaMateos

Casi todo llega alguna vez a su fin y esta es la última entrega de la serie filosófica La Incertidumbre, de nuestro escritor tapatío Rodolfo García Mateos. No será la última vez que tendremos algo escrito por él.

Disfruten

 

 

  La incertidumbre (Parte 4)

 

 

 

                                     A todos algún día nos pasa algo que nos convierte en filósofos: la muerte de un ser querido, el fracaso de un proyecto profesional, la derrota de una esperanza política. Al que le va todo bien, no ha terminado de ponerse a pensar nunca, porque no le hace falta: las cosas le van sobre ruedas y no piensa.

Fernando Savater

 

 

El ego es la compensación de la autoestima. Cuanto menor es la autoestima, mayor es el ego que se necesita para rescatarla. La autoestima puede vivir satisfecha; el ego es insaciable.

La gran diferencia en la fortaleza anímica de la autoestima entre hombres y mujeres radica en que ellas nutren su vanidad apenas alcanzan las certezas mientras nosotros necesitamos las pruebas últimas de todo.

Por ejemplo:

Un grupo de hombres se junta para ir al antro. En el camino los más seguros de sí mismos empezarán a soltar juramentos con respecto a que ahora sí van a terminar cogiendo.

De esa manera, aun cuando logren bailar con alguna, sacar su número o hasta besarla –lo cual los tendrá bastante orgullosos-, se quedarán con un dejo de fracaso, de incumplimiento ante los demás, por haberse puesto la más alta de las expectativas.

En cambio el juego de un grupo de mujeres que salga a esa misma discoteca será más sutil e inteligente. Se arreglarán para atraer a los más guapos a su alcance, afanadas en superar las pruebas criticonas de las rivales, y habrá de bastarles con lograr que se les acerquen los que ellas decidan.

Verán a sus pretendientes derritiéndose por ellas, desgañitándose por invitarlas a ir “a alguna otra parte”, ingeniándose eufemismos, ternuras y confiabilidades, a ver si acceden, y a ellas eso les bastará para haber rebasado sus expectativas, que no eran, claro, las del fin último de un acostón (digo, en la mayoría de los casos).

Y es que mientras el hombre ansía eyacular lo más pronto posible, la mujer quisiera poder decir: “Hey, paciencia… esto es cosa de más de nueve meses”.

“¿Qué tienen las mujeres en la cabeza, exactamente? A veces, cuando se miran desnudas, de pie, a un espejo, se ve en su mirada una especie de realismo, una fría evaluación de su capacidad de seducción, que ningún hombre podrá alcanzar jamás”, propone Houellebecq. ¿Qué es? ¡La certeza de que habrá disputas por su vientre para procrear! La hembra es el imán, el magneto; y los hombres, los metales disparados hacia el centro de atracción.

 

El coqueteo es una forma de medirse con mucha gente al mismo tiempo. Cuando una persona coquetea, demuestra que todos los que la han pretendido antes y todos los que la pretenden en el presente no han dado el ancho y que tiene el presentimiento de que esta nueva persona, a quien ahora le coquetea, pareciera superar a todos.

Por eso es tan regocijante, tan vivificante y tan enorgullecedor ser blanco de un coqueteo. Así evitamos cualquier medición directa (atlética, intelectual o económica), de uno en uno, y vencemos hipotéticamente a muchos de un solo jalón.

A un hombre le suelen coquetear más si tiene pareja porque, así, las mujeres sienten que no necesitan esperarse a evaluar la confiabilidad de éste, pues ven un certificado de garantía en el hecho de que una congénere suya esté a su lado. Además, una mujer ve en otra la talla exacta de su reto: basta con que detecte que el hombre se está deslumbrando por ella, para que sienta que la otra fue pan comido.

¿Cuál es entonces la fuente de la satisfacción genuina?

Empecemos con algo más fácil. ¿En esencia qué buscamos cuando presumimos haber encamado a una hermosura monumental? ¿Difundir la primicia de placeres inauditos, sobresalientes, exquisitos, que obtuvimos gracias a ella? No creo, porque la belleza y las siluetas perfectas no son garantía de sensaciones insuperables: más bien la temperatura, los movimientos, la viscosidad, los aromas, la “química” -o la complementariedad de los sistemas inmunológicos disímiles-, el ritmo, las texturas, los vapores, la furia, los traumas, el agradecimiento, la empatía y el ahínco son los que inciden en mucho mayor medida en los placeres consiguientes, y no el puro maniquí. ¿Entonces qué? ¿Queremos manipular a los demás haciéndoles creer que nuestro cuerpo obtuvo un éxtasis indescriptible al haberlo engañado con la pantomima de que se estaba alienando con un organismo supremo con miras al perfeccionamiento reproductivo? Bonita presunción esa de enorgullecerse por haberle mentido con preservativos, anticonceptivos y píldoras del día siguiente a nuestras máquinas de genes, pero aun así no es suficiente. ¡¿Entonces?! Pues lo que celebramos es la valoración a nuestra existencia, proveniente de una fuente cotizada. Ya de por sí, no existe sensación más gratificante que la de un cuerpo vivo que te acepta, que se enciende, se satisface e intenta libar tu ADN. Pero para nadie es un secreto que a mayor cotización de la fuente -convenida por la sociedad en un efecto dominó imitativo, muchas veces gregario-, más autorizada, respaldada y válida será la glorificación que podremos adjudicarnos.

 

A la mayoría nos inculcaron que siempre teníamos que estar listos para cambiar lo que tuviéramos por algo “mejor”: el coche, el empleo, la casa, la novia.

Con el tiempo fui entendiendo que eso no era sensato. No hay nada más nocivo que el estúpido mensaje de: “No hay progreso sin afán de superación, y no hay afán de superación sin estar descontento con lo que se tiene”.

Durante años creí en el ascenso vertical: en ir dejando atrás todo lo que ya no me sirviera para mi meta, mi sueño y ambición. Pero acabé por entender que lo que realmente tiene sentido es entregarse a la vida horizontal, es decir, a tomar con deleite y conformidad, sin ansias, todo lo que la cotidianidad -con sus imprevistos y sus prioridades discretas- nos ofrece en nuestro entorno, empezando por los seres cercanos.

Se tiene por fracasados a quienes no toman o no han tomado las decisiones más ambiciosas y lucrativas para su “futuro”; pero a veces el gran heroísmo consiste en haberse abstenido, precisamente, de tomar las decisiones más provechosas y fatuas, o incluso en haber optado por las opuestas. Gracias a ello uno no se la pasa pagando con el presente la fianza de un futuro que entre más se desee y planee más estorba para poder apreciar las bondades del momento.

El punto es nunca renunciar a la autenticidad ni dejar de tener claro lo que se le quiere aportar a la sociedad, aunque falte un fondito en el banco. El dinero no llega cuando se busca; nadie quiere soltárselo a los que lo ambicionan, a los que lo persiguen. Quien quiera encontrarlo simplemente porque sí, ahí está al alcance en la posibilidad de los fraudes, en el narcotráfico, en los desvíos entre empresas y gobiernos. Pero también si se cree y se confía en la función que a uno le toca ante la comunidad, -quizá, sí, más tarde que temprano- ha de llegar el estipendio que premie, pero como resultado de la autenticidad, como consecuencia a nunca haberse rentado para connivencias infames, a jamás haber intentado desfalcar a nadie, a no haberse entregado al cautiverio de empleos que sólo pagan por adelantado la indemnización correspondiente a haber arrebatado, para sus fines, vidas enteras.

Al cabo que la meritocracia no premia el trabajo ni el esfuerzo, tampoco el talento o el ímpetu; los grandes negocios se acuerdan en burdeles o comilonas, los puestos se conceden según la camaradería o la simpatía instantánea; todo en realidad se resume en conquistar voluntades: para ser admitido, ascendido, patrocinado, para ser heredado, delegado, para ser socio. El Sistema se alimenta de la explotación: a algunos les toca que los inviten a desempeñar ciertos trucos para sacarle provecho, y a otros les toca que los vean en todas partes como perfectos explotables.

Es falso que exista alguna diferencia entre obtener el dinero por la vía del esfuerzo, del aumento gradual del sueldo, de comisiones por ventas, por un hueso del gobierno –gracias al nepotismo o al amiguismo-, mediante becas o subsidios, por mesadas familiares o por el patrocinio de cierto millonario; no hay formas más meritorias que otras, todo se reduce a encontrar quién te lo suministre y a cambio de qué: simplemente cada quien se mueve y se vende como puede.

El apego a las cosas entrena para el apego con las personas. Quienes están dispuestos a cambiar su computadora o su auto por un nuevo modelo a la primera, también sacrificarían a su pareja o sus amigos al instante.

Uno hace a las cosas, y no las cosas lo hacen a uno.

 

Hay una sola polémica en la que no influyen ideologías, ni tendencias filosóficas, ni contextos de vida, sino que se debate, casi sin excepción, entre la opinión de las mujeres y la opinión de los hombres: es la polémica sobre si puede darse o no la amistad mixta.

Es necesario, antes que nada, descontar las seudo-amistades entre hombres y mujeres que se dan en circunstancias profesionales, intelectuales y de negocios; y no porque se pudiera decir que sean exclusivamente por conveniencia y bluf, sino porque estamos tan solos, vulnerables y en riesgo permanente de todo tipo que es un consuelo pensar que una persona ya no se encuentra en el mar de los desconocidos, inclusive como enemig@ potencial, sino que ya pasó al pequeño y etéreo pero reconfortante grupo de los que estarían a tu favor.

Las mujeres, casi en unanimidad, dicen que sí puede existir la amistad mixta porque les resulta muy cómodo mantener en lista de espera a todos sus pretendientes dándoles el mote de “amigos” para que así, antes de llegar a sentirse solas ante el fracaso de un amor, puedan tener listo el refugio a escoger.

Estadísticamente la felicidad es mayor en la medida en que se tengan más opciones de parejas para reproducirse. Las mujeres lo saben a la perfección y por eso defienden a ultranza su derecho de conservar a su séquito de candidatos fingiendo ingenuidad e inocencia y enalteciendo la supuesta amistad desinteresada como virtud divina presente en todos los hombres de buena voluntad. (Reinas al fin, su naturaleza les sugiere que deben tener a su servicio un ejército de zánganos; prevén que no basta un sólo varón para protegerlas y consentirlas, necesitan sentir que serían muchos los que las defenderían y atenderían.)

Los hombres, en cambio, decimos que no puede existir la amistad mixta porque sabemos que de nada sirve tener lista de pretendientas o pretendidas con el mote de “amigas” pues a la hora de necesitar refugio ante el abandono sabemos que no contaremos con la plena certeza de que estarán dispuestas a consolarnos al instante.

Las mujeres saben bien que sus “amigos” estarán pre-parados para recibirlas, pero los hombres no podemos estar seguros de que nuestras “amigas” estarán abiertas para ello, sino que, al contrario, intentar algo nos pondría en riesgo de ser rechazados, lo cual sería sal en la herida del abandono amoroso.

Ni los hombres ni las mujeres podemos dejar de evaluar a los opuestos durante los momentos de cualquier interacción cotidiana: Vemos qué tanto nos atrae (los segundos que dura la primera mirada y las expresiones faciales instantáneas son toda una declaración instintiva), nos simpatiza o nos interesa una persona, aunque (si resultó favorable la evaluación) nos contengamos de continuar con los siguientes pasos rumbo a la reproducción. Es inevitable. Es natural.

Por eso las amistades mixtas son meras farsas en las que se actúan el uno para el otro el papel de pareja: charlan (o sea: emiten sonidos para engatusarse mutuamente), comparten perspectivas y emociones, van al cine, se cocinan lo que saben hacer rico, se divierten, se protegen uno a otro, se apoyan, descubren lugares, prueban cosas desconocidas, se envían cadenas ñoñas de mails para ver lo mismo y comentarlo, se abrazan, se conocen cada vez más a fondo, pasean, se recomiendan sus gustos, funden afinidades, y a todo eso no le llaman infidelidad ni curiosidad por probar cómo sería tener una relación amorosa distinta, sino hipócritamente “amistad”.

Los hombres, al estar dispuestos por naturaleza para preñar a cualquier mujer, son capaces de esperar el momento adecuado para dar el salto sexual cuando alguna lo decida; por eso muchos aguardan en calidad de amigos, con paciencia y distancia, a menos que se enamoren obsesivamente.

La mujeres, al revés, como son las que seleccionan (para dizque mejorar la especie, o para optimizar las posibilidades de que sobrevivan sus crías), no aceptan ser plato de segunda mesa y entonces para ellas el tiempo transcurrido sin que el hombre en el que están interesadas dé el salto, con el salvaje desaire que eso implica, será razón de más para rechazarlo cuando al fin lo intente.

Los contados hombres que se unen a la opinión femenina de que la amistad mixta se puede dar son los que defienden los mismos intereses por los que las mujeres hacen su truculenta apología: cuentan con un número considerable de “amigas”, muy seguros de traerlas de un ala, creyendo que serían su salvación en caso de sentirse solos y menesterosos.

Además, aquel mito con respecto a que entre amigos se pueden dar deslices sin sentimientos ni remordimientos es un fiasco, porque después inevitablemente ambos le darán mil vueltas, por lo menos, a la idea de cómo habría sido calificado su desempeño, a la duda de cómo se habrá transformado su imagen en la mente de la otra persona, y a la intriga de si habrá incidido lo vivido en la conciencia del otro, o si lo afectaría –en caso de tenerla- en su relación formal.

Toda excepción confirma. Y a esa excepción se le conoce como el amigo gay.

 

Pregúntenle, chicas, a sus madres, a sus abuelas y bisabuelas si conservan algún amigo que hubiera aparecido cuando ellas lucían radiantes de fertilidad y que haya mantenido hasta la fecha la dosis exacta de distancia y entrega, de la compostura y el entusiasmo que se requieren para cumplir con el requisito… Todo es atracción, aprobación genética entre especímenes, entre machos y hembras; no hay más.

 

Otro caso es el de las amistades entre parejas.

Cuando ya ha pasado la edad hormonal incontenible, y cuando ya por tranquilidad es inconveniente permitir que falsos “amigos” y “amigas” pretendientes irrumpan en la pareja, sigue siendo necesario convivir, sobre todo para no dejar de medirse con los demás, aunque sea de una forma bastante civilizada.

Las parejas se aglutinan y entonces desempeñan una nueva dinámica que en realidad es una variación de la misma durante la soltería:

Los hombres debaten, se presumen sus bienes y sus logros, se compiten sus personalidades, sus elocuencias y elegancias, sintiendo que el público femenino –las parejas de sus rivales amigos- habrá de calificar cuál es El Hombre de la reunión.

(Todo esto porque, entre hombres, una vez superado el comparativo de cuál es el más guapo, más cómico y mejor bailarín, el que sigue es sobre quién puede brindar un mejor banquete, quién es el más rico y poderoso, pues así se resuelve quién es el macho que puede proveer de alimentos óptimos y seguridad inexpugnable a la diosa-mujer y a las crías.)

Las mujeres, entretanto, se enfrascan en duelos iguales de protagonismo, simpatía y manejo de situación, depositando a veces sus triunfos en los que pueden enlistar de sus hombres, demostrándose entre sí quién es La Mujer de la reunión según criterios, en algunos casos, medievales de virtudes femeninas o, en otros, con base en proezas posmodernas de independencia, liberación y emancipación.

Para ser exactos, las mujeres primero se evalúan entre sí a ver cuál es la más hermosa, la más joven, la aparentemente más fértil y saludable, o sea: la más ATRACTIVA; luego, porque los humanos nos hemos impuesto la idea de que otros valores cuentan, se critican la indumentaria, el peinado y el maquillaje, en función de si éstos lograron sofisticar los focos corporales que pretendían resaltar; y finalmente se juzgan por conductas, modales y conocimientos, sin que éstos les otorguen sensaciones victoriosas más que a las que no pudieron ganar en las ternas anteriores. (Todas las mujeres que han vivido con la cruz de la belleza a cuestas saben bien que las habilidades, las destrezas y los talentos no son más que criterios de desempate entre ellas; no importa si la competencia es contra hermanas, amigas, primas, vecinas o en pleno escenario de Miss Universo.)

En las reuniones entre parejas cada asistente encuentra la medida de sí mismo en los efectos que produce en el conjunto de los demás dúos, pero ya todo se da sin disputarse las conquistas, sin llevarse otra cosa a la cama que no sea la noción del triunfo o de la derrota, de la envidia que se provoca o de la certeza de ser envidiado.

Quizá la convivencia con las parejas de los demás hasta alimente un poco el catálogo de los sueños eróticos, eso cada quien lo sabe de cierto en sí mismo, pero al final de cuentas se reconoce como una dinámica inofensiva, comparada con la guerra enérgica de las amistades en soltería.

Sinceramente, ¿quién puede negarse el dulcecito de llevarse a la imaginación a la pareja ajena? Tanto para hacerse un ratito la hipótesis de cómo vive el otro su sexualidad –“el jardín vecino siempre es más verde”, ¿no?-, como porque, a veces, las parejas de los amigos son –con todos los acartonamientos, diplomacias y distancias que conlleva el nexo y ante la dificultad de tener encuentros a solas con el sexo opuesto- lo que más se le parece a una “amistad” mixta, es decir: a la ficción del idilio.

Algo por demás interesante ocurre en el caso de los grupos de amigas que son esposas de quienes a su vez son amigos: cada una de ellas sabe perfectamente -porque su respectivo marido se empecina en convencerla de que él es excepcional y por ende considera indispensable desacreditar a los demás- que los esposos de sus amigas son o han sido infieles, que se han ido de putas o inclusive que tienen otra familia, “casa chica”. Talvez durante décadas todas se carcajean, burlándose en secreto las unas de la ceguera de las otras, pero en su fuero interno cada una se aferra a sentirse la única que sí es lo suficientemente chingona como para mantener a su macho domado y fiel.

Un amigo es alguien con quien puedes ser tú mismo sin tapujos, sin diplomacias ni protocolos, con los convencionalismos al mínimo (igual que las falsedades) o en la nada (pues ni siquiera sigue siendo necesario dar pruebas de amistad, porque eso sólo es señal de que ésta aún no se completa auténticamente), pero también alguien a quien se le acepta como es, sin ningún interés más que el de la reciprocidad, y sobre todo sin ninguna predisposición a favor.

Un hombre y una mujer tienen la máxima predisposición a favor: la de la atracción natural; sus hormonas los imantan y manipulan a sus neuronas para que disfracen la atracción bajo la burka del agrado asexuado, de la simpatía y de la eufemística amistad. Por eso para las amistades mixtas no se exige la misma demostración de confianza, las mismas pruebas de lealtad ni la misma autenticidad al cien por ciento, porque no se empieza a edificar desde cero sino con los cimientos que pone la naturaleza animal.

De hecho, un hombre celebra aún más cuando “conquista” la amistad de otro hombre pues cree estarse ganando su voluntad, admiración, confianza y valoración -por entero- debido a sus facultades; sin embargo, aun cuando esto ocurra, siempre habrá una motivación egoísta, así sea la de ganar a través del nuevo amigo, o ya sea la de hacer de él un discípulo que lo dignifique, volviéndose para éste una figura de autoridad con la que estará en deuda.

Las amistades más reales –basadas, sin excepción, en la envidia oculta y en la rivalidad benigna- se quiebran cuando alguno deja de poner lo que el otro espera para seguir dando; las “amistades” mixtas se diluyen en el tiempo cuando no alcanzaron a convertirse en pareja.

El ser humano convive en amistad para poder reducir mientras tanto su estado de alerta, para sentir protegido su hábitat, para encubrir su vulnerabilidad. De paso encuentra la posibilidad de vivir a través del otro y tener una proyección de sí mismo, y por eso exige que sus amigos de preferencia sean semejantes suyos, para que la medición y la competencia constantes que conforman la dinámica de la convivencia sea en la igualdad más posible de circunstancias; pero en el fondo no dejan de ser individuos ocupados de sí mismos, con pactos de mutuo auxilio ante el desahucio y la amenaza.

Tan es la vida fértil una lucha a ultranza que por eso las canas, la decrepitud, las arrugas, la senectud en su conjunto, enternecen y conmueven. Siempre sentimos paz y confianza por los ancianos –pese a que sospechemos que sus biografías podrían incluir crímenes y abusos-, pero no porque sean débiles e impotentes –de hecho, esto ocurre también cuando estamos enterados de su poder actual y su soberbia pasada-, sino porque simplemente no parecen fértiles y por ende no son amenazantes.

Así las cosas, es posible la amistad con personas que ya salieron de la etapa reproductiva: en ese caso se trataría de una alianza geriátrica, de una compañía que aleja la angustia de la inminente destrucción, un consuelo pacífico y espiritual –aunque, aun así, la última forma egoísta- que se presenta antes de morir.

De hecho (y aquí va la buena), es precisamente la alianza geriátrica –digamos, esa consolación y solidaridad mutua ante las enfermedades, las incapacidades y las susceptibilidades de la agonía- el verdadero objetivo por el que se consideró conveniente inculcar, de generación en generación, la ilusión del amor que permanece tras haber cumplido con la reproducción y la crianza; en otras palabras, la humanidad ha mantenido la fantasía del “amor real” para poder pudrirse en compañía.

Es cierto aquello de que “los amigos son la familia que uno elige”, pero los únicos y verdaderos lazos incondicionales (aunque muchas veces resulten los más crueles, los más abusivos y los más traidores) son con la familia y la pareja. Habrase visto que alguien prefiera salvar de la muerte a un amigo que a un familiar. ¡Cualquiera descuartizaría a su “mejor amigo” a cambio de mantener con vida a uno de los “suyos”!

Sólo la inconsciencia es absolutamente incondicional, y esa inconsciencia incondicional únicamente se da ante el vínculo de la consanguinidad.

El egoísmo es el motor de todo y la Naturaleza nos hace creer que sobreviviremos a través de los nuestros. Lo demás son rodeos absurdos rumbo al puerto universal de la reproducción exclusiva.

 

 

La fama la obsequian los afines a la vocación, los gustos, las preferencias y la forma de vida del afamado. Eso explica el porqué las vocaciones que parecen las más fáciles, como la de actor o cantante, provocan una fama tan desmesurada: todos creen que podrían actuar y cantar como sus ídolos si tuvieran la oportunidad en grande, tal y como actúan en la vida diaria y cantan en la ducha o en el karaoke.

Por eso también tantos niños quieren ser futbolistas: antes siquiera de enterarse que se puede ser científico o antropólogo exitoso, ven cada sábado y domingo que meter gol es lo que da satisfacción a su familia, que el futbolista es un ídolo del padre y que es ese el oficio más a su alcance por sus habilidades incipientes.

Sin embargo, el afamado abusa de sus seguidores. En vez de reparar en que está rodeado, en mayor medida, de gente a la que le importa un comino su existencia, de gente que no ha gastado ni un minuto de su vida en pensar en él, de gente a la que ni le va ni le viene si vive o muere, se apresta a torear los comedimientos de los contados que lo reconocen, como si el cúmulo de expresiones de admiración que hubiera recolectado con anterioridad le permitiera dividir al mundo en dos: en los que lo acosan con lisonjas y los que se contienen las ganas.

Toparse con una celebridad brinda la sensación de salir a cuadro en la única dimensión que al parecer en la actualidad da fe de estar vivo: la pantalla. Eso explica el que la vida de una celebridad se vea rodeada de reporteros y paparazzi improvisados: los fans que registran en sus celulares el momento en el que ellos mismos salen a cuadro, es decir, cuando se topan al que sí sale a cuadro, para demostrar que ya pasaron lista en la dimensión conocida… y todo nomás porque los famosos parece que están muy a gusto con sus autoestimas, lo cual despierta de inmediato el deseo general de sentirse así: conformes consigo mismos.

Por eso no hay persona a la que no le guste que le digan que se parece a una celebridad; de esa manera creen que irradian una autoestima satisfecha ante los ojos –influenciados por la evocación farandulera- de todos los que interactúan con ellos.

Pero la cruz del famoso será que ya nadie se comporte a su alrededor con naturalidad. Para un actor, por ejemplo, es indispensable captar las conductas naturales de la gente. Los grandes actores lograron aprender a colarse en “el traje y la piel de todos” los que nunca serán, para poderlos representar (o “imitar la condición humana, transponerla estéticamente”), basados en la observación minuciosa. Paradójicamente, con el paso de los años navegando en la fama, quizá las únicas fuentes de aprendizaje para ciertos papeles pasen a ser las actuaciones de otros porque a su alrededor ya nadie siguió comportándose con llaneza.

Una buena actuación es haber logrado entender hasta hacer suya una vida ajena, es haberse concentrado en sentir con cada nervio su personaje y que al gesticular todas las microexpresiones consecuentes, éstas luzcan honestas: concentración absoluta y empatía total. Por eso a muchos espectadores les place cachar las señales de incompatibilidad, de incomprensión, de fallida alienación en un actor; por lo tanto, en vez de ver obras en las películas más bien juegan (“Vamos a ver la nueva con fulano de tal, me encantan en las que sale”) a la distancia con los actores multidisciplinarios a ver qué circunstancias emocionales realmente los invadieron y cuáles no, preconizándolos por añadidura.

Cual mamífero irracional, el humano tiende a embelesarse más con los intérpretes que con los creadores. El valor de la idea, la realización, la propuesta filosófica, humorística o poética suele sepultarse a favor de sobrevalorar las exhibiciones de los animales. La expresión “Qué bonito canta” tal Ruiseñor, se suelta sin darle importancia al hecho de que sus letras sean puras sandeces de amor iluso (sandeces que además universalizan el sufrimiento, porque nadie puede hacer coincidir su estado emocional permanente con el repertorio de baladas enamoradizas que escucha todo el día, pero ese es otro tema). Ver a un actor o actriz que pareciera que ha vivido muchas existencias, según lo hemos atestiguado a través de sus personajes, inspira en los espectadores el ímpetu de experimentarlo todo vivencialmente. Por el contrario, saber descubrir la obra creativa detrás de la historia y los personajes invita a la reflexión, a la paz interior que brinda el entendimiento, y al conocimiento de uno mismo.

Por eso es odioso que muchos de los que se sienten cinéfilos, crean que lo más importante de una película son las actuaciones. Una película es un todo donde a cada momento va destacando algo en particular: a ratos se impone la cinefotografía (los movimientos y desplazamientos de cámara, los ángulos, la luz, el retoque, la edición), a veces los diálogos son joyas conceptuales –lo cual es un recordatorio de la autoría del guionista o del novelista en cuya obra se basa el filme-, también hay escenas en las que resalta la instalación, en otras las locaciones, en unas más los vestuarios, eventualmente distrae la tecnología e inclusive por lapsos domina la música, pero permanentemente lo más importante es el discurso que se va hilvanando (entendido éste como la propuesta de perspectiva para el tema que toca), y también, sí, durante una tanda de minutos todo se puede llegar a centrar en el despliegue histriónico del elenco, pero hasta ahí. El actor está al servicio del personaje -o más aún: del propósito de la obra-, y no al revés.

Algunos “próceres” de la actuación suelen pringar de su propia personalidad a todos y cada uno de sus personajes, y con semejante mamarrachada se sostiene su estrellato: así logran que la gente crea que por convertir sus papeles en una extensión de sí mismos, dotándolos de sus más brillantes monadas, son millonarios.

A los actores se les admira principalmente porque saben cotizar, y de hecho vivir muy bien, de sus puros movimientos: de hacer creer que pueden remedar, ejecutar e inclusive mejorar cualquier movimiento humano. ¿Y quién no quisiera promoverse así? Pero lo que más se les envidia es que aparentemente están liberados de tener que ser ellos mismos… aunque en sus fueros internos eso sea imposible.

En los actores, pues, siempre he visto egos ansiosos, mientras que en el creador detrás de la película –ya sea el director, el guionista o el novelista original- puede detectarse al ser que sufre e intenta entregar un retrato del mundo, a ver si de algo nos sirve. Aunque de cualquier manera, quien sea que se dedique a la creatividad artística, a la difusión cultural o como desee llamársele a dichas monerías, no deja de ser un animal más queriendo refrendar su existencia, refregándosela al prójimo, aspirando estúpidamente a ser lo máximo en un momento dado para un público imaginario.

Como el lenguaje de la literatura y del cine no son idénticos, la responsabilidad del resultado general de la película es del director, para bien o para mal; su función es haber orquestado a la perfección lo que habrá de ser percibido por nuestros sentidos, su perspectiva es la que tendremos todos. He ahí que sea un error comparar una cinta con su inspiración literaria. El placer que produce leer: “la mulata de los senos atónitos”, simplemente no puede trasladarse al lenguaje audiovisual –sin importar con cuánto tino se consiguiera a una mulata que tuviera esa expresión en los pezones-, pues lo que desata la frase es una sensación evocativa –de asociación de ideas- en el cerebro; pero igualmente hay secuencias que consiguen ofrecer –con la vitalidad que permite la realidad cinematográfica- lo que al lenguaje textual le estaría impedido… como la escena, para mantenernos en El amor en los tiempos del cólera, en la que Javier Bardem, encarnando a Florentino Ariza, reanuda tímidamente el vaivén dentro de su secretaria tras escucharle a su tío la noticia de la herencia: segundos de genialidad fílmica que superan cualquier narrativa simplemente por instantaneidad visual y empatía automática.

El escritor imagina de una forma que no es posible reproducir en ninguna mente, pero especifica lo más posible de modo que el producto queda listo para hornearse. El director lleva el producto horneado, según su infinitesimal escenificación, y lo pone a la vista de todos.

Hay una especie de venganza cruel de parte de los famosos hacia sus seguidores. Es como si les recordaran a cada uno de los que se les acercan para lisonjearlos que son lo que ellos jamás podrán ser, mientras que a quienes ni los hacen en su mundo no se lo pueden restregar porque ni aspiran, ni buscan, ni quieren ser como ellos, empezando porque ni los conocen.

El respeto y el afecto superficial (pero jamás la aceptación sexual sincera) sí se aceitan con dinero y propinas; el poder “blando” (el del convencimiento, a diferencia del “duro”, que es el de la violencia y la guerra) mueve voluntades, pero la fama transforma para mal. El famoso cree necesario administrarse democráticamente cuando siente que hay pugnas por saludarlo, adopta el entrecejo de quien cree que merece una secta en torno suyo y mantiene la pose que le ha funcionado; eufórico por dentro, se transforma en la figura que infiere que los demás esperan y así sigue hasta que se harta y perpetra un cortón que siente justo y necesario pero que devela el impulso original que tan sólo resistió, con muchos trabajos, para mantener su carisma sin mermarlo.

Lo imperdonable es que los padres introduzcan a sus niños en la farándula. El hecho de que aparentemente el ser una celebridad con sueldo jugoso esté considerado en la actualidad como la máxima utopía no significa que sea una vocación que tome un niño con libre albedrío. Ahí están los casos de Michael Jackson y Macaulay Culkin, con sus respectivos hermanos, de Britney Spears y su hermana Jamie Lynn, de Lindsay Lohan y su hermana Ali, de Amanda Bynes, Ricky Martin, Angus T. Jones, Justin Bieber y muchos otros: cuando apenas empiezan a comprender el mundo ya están inmersos en un mar de percepciones torcidas irreversible. Las vidas de los niños que fueron introducidos a la fama por sus padres quedan pervertidas (¿de qué otra manera denominar al hecho de que se perciban a sí mismos como semidioses antes siquiera de terminar de desarrollarse físicamente?), esclavizadas, predeterminadas contra su voluntad, y eso no es otra cosa que explotación infantil.

Y ni qué decir de los que permiten que sus hijas, apenas adolescentes, se lancen a la vida anoréxica y orgiástica del modelaje.

 

Miremos bien: No nos diferenciamos en nada de los leopardos o las zarigüeyas; tampoco de las ardillas, las suricatas o los cervatillos. Volteemos alrededor: hay humanos de pie, otros sentados, algunos más caminando. A las demás especies les importa un bledo copular frente al resto. Nosotros no tenemos coito en público, pero nos las ingeniamos para ver a otras parejas copular: las vemos en el cine, en la tele, en internet, en los videos porno; nos hacemos los pudorosos, los que no copulamos en público ni vemos copular al aire libre, y sin embargo acabamos de mirones… como las demás especies, pero con morbo.

Igual que las demás especies (imagínese a unos gatos monteses en la pradera y luego a humanos en oficinas o centros comerciales), nos acercamos a nuestros semejantes, jugueteamos un poco, pasamos el tiempo, nos alejamos de nuevo.

Por igual volteamos cada que advertimos una nueva presencia, de alguien caminando o ingresando al lugar donde nos encontramos, exactamente como los coyotes o los conejos y todos los demás animales: atentos al peligro aunque estemos tranquilos. Basta la duración, en milésimas de segundo, de un codazo o un puntapié, para detectar a la perfección, viendo la posición de los ojos, la temperatura en la piel según su tonalidad o acaso una pose claramente comunicativa, si el contacto fue indeliberado o conllevaba un mensaje.

A través de la empatía instintiva, sumada quizás a la atenta observación y conocimiento de la lógica conductual, podemos saber con exactitud y certeza todo lo que está viviendo en el momento cualquier ser humano. Por ejemplo, a todos en diferentes circunstancias se nos ha facilitado intuir atinadamente si alguien está siendo sincero, o sospechar que miente. De la misma manera todos hemos detectado cómo es que ciertos adultos patéticos piropean niños pero por convenencieros: para cínicamente barbear a sus padres, pues todos sabemos perfectamente que nada ablanda más a éstos que ver a sus criaturas recibiendo buenos tratos, halagos e inmejorables augurios.

Es curioso cómo cuando un hombre y una mujer (o dos hombres o dos mujeres, o en la combinación que se prefiera) se van excitando, calentando, mientras se despojan de la ropa actúan como si fueran puro instinto cuando por dentro el hombre piensa racionalmente y con palabras precisas: “¡Sí, ya la hice, voy a coger!” (¿Qué se dicen las mujeres? No tengo idea.)

Nada disfrutamos tanto, nada nos fascina como ver la animalidad del coito: deshacernos de los convencionalismos conductuales, de los protocolos lingüísticos, y simplemente fluir, con el placer y la agitación, con los ojos cerrados y los jadeos, con las exhalaciones y los gemidos, con los dientes pelados, el sudor, la saliva, el cabello por donde sea… el espectáculo de nuestra animalidad ajena a todo aprendizaje absurdo como máxima expresión de nuestra condición humana.

 

Cuando los varones nos acercamos en cualquier circunstancia cotidiana requerimos toda clase de ruidos y señales de no agresión: “¡Qué onda!” / “Mi querido…”, palmadas en la espalda, abrazo, estrechamiento de manos, sonrisa; no porque realmente proporcione un agrado real el encontrarse a un seudodesconocido, sino porque en todas las especies los machos tienen algunos códigos para poder arrimarse declarando que no habrá confrontación. Pero en lo que respecta a cualquier congregación de mujeres y hombres, ¿quién puede negar que las hembras van –incluso a contracorriente de su etapa reproductiva, aferradas a esa única forma de llevar la vida- segundo a segundo irradiando su atractivo mientras los machos se la pasan al acecho?

Sinceramente, ¿quién puede dejar de ver cómo en una oficina o una tienda o dondequiera que se dé un intercambio mixto hay un olisqueo, una evaluación instantánea encabezada por la hembra, para aprobar o no al macho, exactamente como los felinos y los chimpancés? Todo lo que traemos en la mente, todos los pretextos que usamos para acercarnos, la gran variedad de ruidos guturales o la riqueza de imágenes proyectadas en un parlamento, todo es insignificante: a las mujeres les pedimos la aceptación para el apareamiento y a los hombres les damos señales de no agresión; nos sentimos bien al tener aliados, al sentirnos protegidos (ya sea por familiares o supuestos amigos), y vamos por los días y los llanos repitiendo lo mismo pero con toda clase de estupideces en el cerebro, convenciéndonos de que estamos haciendo miles de actividades distintas e importantes. ¡Ja!

Vivimos para que nos perciban, y casi nadie encuentra otro modo de darle sentido a cada instante si no es a través de ello. Pero lo peor es que, en ese afán, nos hermetizamos por completo y quedamos impedidos para adivinar siquiera la integridad de los otros, los compañeros de este viaje de vida, nuestros contemporáneos, nuestros vecinos de celda en el tiempo-espacio.

Para prueba de que a todo mundo le importa más que nada el cómo es percibido basta recordar a quienes se tropiezan en la calle y lo primero que hacen es voltear a ver el borde imprudente. Total, no se cayeron, sólo trastabillaron, tuvieron que dar algún pisotón equilibrista, pero no pueden seguir su camino y ya, no: voltean a ver al culpable para que alrededor no crean que están idiotas sino que sí pueden descargar su responsabilidad. Igualmente a quienes les falla un despachador electrónico de boletos de estacionamiento hacen ademanes (porque el brazo es lo único que se asoma desde su ventanilla) para que los automovilistas de atrás en la fila entiendan que el asunto está fuera de su control.

Basta con que cualquiera se frene un momento y se pregunte: ¿Para qué me estoy acicalando? ¿Para qué quiero llegar puntual a mi cita? ¿Para qué estoy planeando cómo gastar mi aguinaldo? ¿Para qué quiero ir a París? Y en todos los casos, por una vía rápida o tras algunos vericuetos –un sentido del deber inminente o aplazado-, la respuesta siempre es: Para que me perciban lo más parecido al diseño de mí mismo que me he y me han creado.

Declamaba Paz: “El murmullo es mental, yo soy mis pasos, oigo las voces que yo pienso, las voces que me piensan al pensarlas.”

Pero lo triste es cuando la ansiedad por vivir para la atención ajena –esperando encontrarnos en el reflejo que los demás nos proyecten- aborta los deleites originales de las experiencias. Por ejemplo, como quien acaba de escalar Machu Picchu y no hace otra cosa que tomar video o fotos antes siquiera de sentarse a contemplar el panorama; o como quien no sabe qué hacer con una serie de sensaciones y reflexiones si no pretende comunicarlas, por lo menos hipotéticamente, ¡escribiendo sobre ellas!

 

La vocación de escritor es la excusa idónea de quienes odiamos “trabajar en equipo”; es –y qué bueno que exista- el oficio más individualista de todos. El único inconveniente es que, antes de escribir, las ideas y las historias son como el dinero: en abstracto el dinero es todas las posibilidades de lo que se pueda comprar con él, y sin embargo al final sólo se gasta en una sola cosa; igualmente, todas las formas estilísticas que podían adoptar las ideas y todas las variantes narrativas de las historias se reducen a un solo texto, que afortunadamente volverá a diversificarse cuando se transforme en el sinfín de evocaciones e interpretaciones personales de cada lector. Lo importante no es lo que se escribe, sino lo que se termine leyendo.

A pesar de que uno quisiera plasmar la totalidad de su mente, de sus procesos de concepción figurativa y verbal, nunca se completa el envío; pese a que sea la utopía del filósofo, es imposible transmitir el mecanismo exacto de reflexión. Transferir las sinapsis exactas de un cerebro a otros es la utopía más ilusa.

¿A quién le habla el escritor realmente? Primero, a él mismo antes de llegar a sus conclusiones: al antiguo ignorante que era uno mismo frente a los hechos. Aunque Paul Auster lo ve al revés; confiesa: “Siempre sentí que uno escribe para otra persona, y sólo ahora comprendo que a quien te diriges es a tu yo futuro.”

Lo cierto es que ambas visiones no se contraponen sino que concurren en un vértice espectral: redactas dirigiéndote a quien fuiste, revelándole las ideas al ciego que eras pero para que lo tenga bien presente el que serás a futuro.

Escritores y filósofos lo único que hacemos son justificaciones retóricas del funcionamiento de nuestros cerebros bajo la coartada de promover y proponer cada uno un tipo de mentalización singular, una cosmovisión, que en cualquier caso es caso perdido. Puesto que las innumerables vidas están expuestas a igual número de variantes no podemos comprobar que nuestras propuestas conceptuales le beneficien a nadie, pero suponemos en función de nosotros mismos y eso basta: si a mí me dio resultado esta cosmovisión, entonces seguro le surtirá efecto al noventa y nueve punto nueve por ciento de mis semejantes. Y de hecho es gracioso: no sólo escritores y filósofos, todo mundo cree que sus fórmulas para vivir y sobrevivir deben ser imitadas por una razón tan ridícula como irrefutable… ¡porque se mantienen vivos! Cualquier hijo de vecino, al conservarse con vida, cree que se ha ganado el derecho de enseñar cómo hacerlo. Ahí tienen la causa por la que el mundo entero reparte sus consejos rimbombantes a manos llenas.

Tarde o temprano debemos enfrentarnos al hecho de que estamos solos ante el envejecimiento, las separaciones, la pérdida de todo lo que amamos y la muerte en soledad. No hay más. Y a nadie hay que culpar cuando el panorama deja de ser rosa. Lo peor que acaso llegan a hacer algunas personas es empujarnos para que caigamos en la cuenta. ¿Pero para qué seguir haciéndonos guajes demasiado tiempo creyendo que tenemos compañía, pareja, hijos, nietos, si tarde o temprano tendremos que plantarle cara a la realidad? Bienvenidos sean entonces los abandonos de los padres, de las parejas y los amigos: entre más pronto aprendamos a ser felices en solitario, mucho mejor.

 

 

 

Rodolfo García Mateos