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Rodolfo García Mateos

Gravedad y sus tres caídas

 

Gravity

Afortunadamente, apenas una semana después, el mexicano más famoso del mundo ya no es el “Chapo” Guzmán, sino Alfonso Cuarón.

La noche del dos de marzo, en el Teatro Dolby de Los Ángeles, su nombre fue repetido con respeto, admiración y agradecimiento por cada uno de los seis que pasaron a recoger su Oscar antes de que él lo hiciera como Mejor Director.

De las diez nominaciones que tenía Gravedad, cayó solamente en tres categorías: Mejor Actriz, Mejor Diseño de Producción y Mejor Película. Pero como era de esperarse, ganó en Cinefotografía, Efectos Visuales, Mezclas de Sonido, Edición de Sonido, Partitura Original y Edición o Montaje, además del que lo embona todo: la Dirección.

Gravedad nos regala lo máximo que el séptimo arte puede ofrecer: la simulación de una experiencia que nos sería ajena, remota, y lo hace de manera muy vívida.

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Pero la película que estaba de verdad por encima del resto era El lobo de Wall Street. Terence Winter (el cerebro de la serie Boardwalk Empire) hizo que en su guion cupiera todo: las memorias de Jordan Belfort, un humor alleniano de tiempo completo y la recurrente descomposición scorsesiana a la que nos tiene acostumbrados con sus personajes; en El lobo de Wall Street ocurren tantas cosas que luego dan ganas de recrearlas en la memorias, de comentarlas y de revivirlas viéndola otra vez. Y es que Martin Scorsese, con su sello, no da tregua para el respiro: de principio a fin la narrativa de cámara es de una fluidez vertiginosa, trepidante, con un ritmo frenético que la instaura –sin exagerar- en otro nivel de cine.

Sin embargo, lo de la Academia no es premiar el cine más revolucionario cada año. Frente a El Origen y Red Social, ganó hace tres años ¡El discurso del Rey! Ante la omnipotente El árbol de la vida se impuso hace dos años El Artista, estupenda, pero todo menos innovadora. El año pasado triunfó Argo cuando Beasts of the Southern Wild había dado un paso adelante en la estética del naturalismo cinematográfico, cuya influencia constataremos en los próximos tiempos.

La Academia perdió la oportunidad de dar la sorpresa con El lobo de Wall Street y así reconocer a la verdadera mejor película del año. En su lugar cayó en lo predecible: la que había tenido a favor la tendencia; la misma que ganó Globo de Oro, BAFTA y hasta en los Spirit Independent Awards: 12 Años Esclavo.

En el área de Mejor Película, la desventaja de Gravedad –haciendo un paralelismo con la literatura- es que en el recuerdo pasa a quedar como un cuento, digamos, y no como una novela. Pese a ser tan extrema, la anécdota es muy corta, breve. En cambio 12 Años Esclavo reúne todos los elementos de una película completa, con una historia desarrollada a lo largo precisamente de doce años, muchos personajes, varios nudos dramáticos: es, pues, una novela cinematográfica. (Así las cosas, El lobo de Wall Street vendría a ser auténticamente homérica.)

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El mayor mérito de Steve McQueen en 12 Años Esclavo es haber sido fiel a lo que hizo en Hunger y Shame: llevar la imagen a sus últimas consecuencias. En su opera prima no escatimó la sordidez de las celdas ni la violencia contra los reos. Y en su obra maestra no concedió censuras al mostrar al prototipo de hombre actual, obsesionado con el sexo, experimentando todas las promesas de placer y topándose siempre con la saciedad imposible. Es así que en su tercera entrega no se frena a la hora de instalarnos ante las golpizas, los latigazos, las vejaciones, los abusos, el sufrimiento, la sangre, las laceraciones y la impotencia que viven los personajes. En ese sentido 12 Años Esclavo es como La Pasión, de Mel Gibson: un espectáculo que raya en el gore y que genera un sentimiento de justicia histórica al convertirse en un registro indeleble y cien por ciento realista. Tal y como las monjas suspiraban al salir de las funciones de La Pasión diciendo: “Así fue”, con las gargantas cerradas y los ojos llorosos, seguramente igual terminaban de ver 12 Años Esclavo los afroamericanos: suspirando por sus antepasados… “Así fue”.

Por eso no me molesta en lo más mínimo que ganara 12 Años Esclavo. A sabiendas de que a los miembros de la Academia no se les da eso de resaltar la obra que más le aporta al cine (ya saben a cuál me refiero), entonces la congruencia de McQueen basta, pues su estilo es desafiante, incómodo y doloroso para el espectador.

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La tercera película en importancia, después de 12 Años Esclavo y Gravedad, resultó Her, de Spike Jonze, que ganó el Oscar a Mejor Guion Original.

Sin duda es la película más visionaria e inteligente. Nos demuestra que el ideal de conexión interpersonal perfecta es una falacia. Que jamás encontraremos ese reflejo feliz –de comprensión, sintonía de ánimos, de altibajos emocionales simultáneos- en nadie; en más: en nada. Todo esto con el broche de una carta que en realidad le dirige Jonze a Sofia Coppola, donde le agradece que crecieran juntos y le asegura que cada uno seguirá llevando parte del otro, porque evolucionaron juntos (como el Sistema Operativo “Samantha”).

Alfonso Cuarón, en conferencia de prensa posterior a la ceremonia, aclaró que Gravedad fue realizada en la industria cinematográfica británica, pero que “surgió de la cultura mexicana” (o sea, de donde provienen él y su hijo Jonás, autores del guion), y por lo tanto “el pensamiento” de Gravedad “es mexicano”.

“El pensamiento” de Gravedad resulta de haber colocado a una mujer, Ryan Stone, quien había perdido el sentido de la vida, sola en el espacio ante el resurgimiento de su instinto de supervivencia. La “gravedad” metafórica entonces es emotiva, instintiva; porque aun situada en gravedad cero, ella siente el impulso, la atracción hacia la Tierra, el único lugar donde es viable continuar con vida.

Si hay un festejo en México por los óscares a Cuarón y a Emmanuel Lubezki, no creo que sea porque los villamelones se suban al barco de la soberbia patriotera, en el que lo conseguido por él (ser el primer y único cineasta, no sólo mexicano sino latinoamericano en la Historia, en obtener un Oscar a Mejor Director) genera por añadidura que todos los demás mexicanos seamos chingones, no: lo que ocurre es que simplemente atestiguamos, con asombro, que sí es posible, a pesar de las supuestas desventajas de ser mexicano, competir y destacar en el mundo de las estrellas, allí donde creíamos que sólo podían brillar los que tenían las “ventajas” que nos fueron negadas.

Por último, Leonardo DiCaprio pudo significar el premio de consolación para El lobo de Wall Street. Sin embargo, en sectores amplios de la crítica estadunidense proliferó una interpretación errónea sobre la película: asumieron que se trataba de la glorificación de los excesos. Nada más falso. Aparte de exhibir ante el mundo al tipo de truhanes que condujeron a Estados Unidos al filo de la quiebra y que estafaron a millones de personas honestas, Scorsese cierra con un plano que muestra a todo un auditorio embelesado con las lecciones de Jordan Belfort en su seminario. El mensaje es claro: mientras siga habiendo tantos idiotas que admiren, idolatren y aspiren a ser como ese tipejo, la historia se seguirá repitiendo.

 

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P.D. La más reciente ceremonia del Oscar fue espantosa. Si bien Ellen DeGeneres arrancó picante, aquello luego se volvió viejo y gris, de un conservadurismo patético.

1- Tomarse un selfie no convierte en moderno lo anticuado.

2- Repartir pizza no es gracioso, ni entretenido, ni chispeante.

3- Es increíble que le hubieran exigido a U2 una versión acústica de su canción “Ordinary love”, para no reventarles los oídos a los ancianos.

 

Rodolfo García Mateos