#ElRadar: Nuestro destino entre los escombros. @AntenaSanLuis

Nuestro destino entre los escombros

19 de septiembre de 1985. Eran las 7:17 de la mañana, y recuerdo ver la mesa del comedor del departamento familiar, lucía esplendorosa con un ramo de rosas rojas que reposaban en el jarrón de cristal cortado favorito de mi mamá. Mi hermana Paola de 7 años compartía risueña las Zucaritas que engullíamos encantados. “Pásame las fresas Chucho”, me decía como para coronar la escena robada de cualquier comercial.

A las 7 de la mañana con 19 minutos el candil que se posaba sobre el comedero empezó a agitarse con violencia, las rosas sacudían las gotas frías del cambio de agua, mis papás salían disparados de su recamara para tomarnos de las manos y, serios pero sin angustia aparente, conducirnos por las escaleras rumbo a la planta baja. Vivíamos en el apartamento 404.

Familias enteras de vecinos daban los buenos días con rostros de preocupación. Después de aterrizar en el empedrado del estacionamiento y, tras revisar que todo estaba normal, subimos todos a terminar los rituales matinales para ir rumbo a un día común más.

Ya instalados en el Caprice beige -que para nosotros era como ir en el Concorde en primera clase- tomamos Insurgentes sur rumbo a Ciudad Universitaria. Mi papá que recién había colgado momentáneamente los micrófonos en Radio Mil, y solía darse el lujo de escuchar radio hablada por la mañana, cosa que no hacía desde hacía mucho tiempo pues su primer turno era justo el de 6 a 8 am, infructuosamente quiso sintonizar la XEW. No había señal.

Casi llegando al Periférico, al dar las 7 de la mañana con 32 minutos, la ciudad era ya un hervidero, tráfico complicado y pocas señales de radio en el aire. Algo no andaba bien.

32 años después, el destino tenía listo otro 19 de septiembre para los mexicanos. Justamente después de rendirse honores mediante el simulacro anual que recuerda al mundo nuestra capacidad de supervivencia, un terremoto de 7.1 grados vuelve a cimbrar la gran ciudad. Un hecho acaso insólito ocurrido en la apoteósica era de la información.

De inmediato Twitter hizo lo suyo. La red social más influyente de nuestros tiempos disparó alarmas informativas, de prevención, de pánico… Facebook, un poco más lento, anunciaba los afanes del terremoto mediante el clásico interés provinciano sobre lo que acontece en el gran mundo que es la Ciudad de México: “Amigos, amigas de CDMX ¿se encuentran bien?” los contactos comenzaban a preocuparse por sus allegados. El rumor de algo terrible comenzaba cobrar matices de realidad.

Vuelta a 1985. El Radiolocalizador de mi papá, que era funcionario público en la Delegación Coyoacán, comenzó a sonar, surgieron mensajes de pánico que no eran fáciles de descifrar. Se detuvo en el primer teléfono público que encontró para llamar a la oficina. Un intendente le comentó que la vieja Tenochtitlán se había venido abajo, que todo estaba colapsado.

Dio la vuelta en u para regresar a la casa, la señal de la XEW se restableció y finalmente pudimos comenzar a escuchar azorados los reportes de una ciudad devastada. Ya reinstalados en el piso familiar, intentó con insistencia llamar al mundo, pero nada fue útil, las líneas telefónicas caídas no permitían saber qué destino había atravesado a todos fuera de nuestras cuatro paredes.

La televisión oficial, Imevisión, con Don Pedro Ferríz Santacruz a cuadro, sólo reportaba sordos informes y poco a poco fueron surgiendo imágenes de un zona de guerra, Beirut, Afganistán, Irán, ¿De qué realidad paralela había escapado esa dimensión desconocida?
Televisa estaba fuera del aire, la radio seguía reportando con un Jacobo Zabludovsky como impávido testigo del Apocalipsis prematuro de la ciudad que le vio nacer. De un optimismo moderado pasaba el periodista de origen polaco a una desnuda y horrorizada crónica de la montaña de cascajo entre la que circulaba a bordo de su automóvil con teléfono.

2017. Desde aquí, en la ciudad de San Luis Potosí, los más enterados ya habían retuiteado que en la Roma se había colapsado un call center, varias casas, edificaciones diversas. Otra vez, como hace 32 años, la misma colonia había sido la más afectada. Los tuits de auxilio llegaron de inmediato vía celebridades, comunicadores, políticos y los llamados “tuitstars”. La era informativa a todo lo que daba comenzó a instalar virtuales centros de acopio, cuentas de banco para donativos. Los grandes Topos, socorristas profesionales, ya habían fijado su propia plataforma de apoyo económico vía internet. La gente, en menos de una hora que había sucedido el temblor, estaba dispuesta a hacer llegar la ayuda desde lo más lejos, lo más pronto posible.

Sin duda, las redes sociales son la comunicación del mundo. El presidente Peña Nieto no sería el mismo sin su cuenta de Twitter. Nosotros tampoco lo seríamos. No lo sería nadie. La realidad se actualiza con la facilidad del pulgar. Estamos en la era del “scroll”.

Los saldos del terremoto de hace 32 años perduran, así como perdura la corrupción de cientos de complejos habitacionales gestionados por alguna agencia del gobierno donde, con materiales de cuarta, nos espera en cualquier capricho de la madre natura una muerte de quinta.

Perdura la trapacería de la rapiña urbana, de la deshumanización de los que aún sin tener sus casas en escombros, robaban la ayuda humanitaria que hoy fluye de todo el país y el mundo.

Pero también perdura la por momentos extraviada convicción de que sólo una sociedad unida rescata a un país de los escombros.

Hoy, a 32 años, los mexicanos vuelven a dar una lección al mundo. Esta vez la lección se ha entendido con mayor inmediatez y vanguardismo: “Vi a los hipsters de la Condesa quitarse sus camisas para comenzar a ayudar entre los escombros” escribe el periodista Héctor de Mauleón en El Universal, un día después del segundo sismo, del 19 de septiembre, el día que ya se ha instalado cómodamente en el imaginario de todos los mexicanos.

Hoy, a 32 años, los mexicanos vivimos otro espeluznante terremoto que nos ha recordado los 20,000 muertos del 85. Aún conservamos el sabor del polvo en la boca, el pánico disparado, la constante, a veces esquiva, de ser mortales.